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  • CRONICA. Ñaña

    ‘Ñaña’, es el nombre de la obra escrita y dirigida por Claudia Tangoa que se presenta en Amaru Casa Cultural del distrito de Barranco. La sala de esta vieja casona ha sido acondicionada con sillas y muebles, buscando la visibilidad de los espectadores y, a la vez, tratando de no perder la calidez y la cercanía. Ello favorece a la atmósfera íntima del espectáculo.

    ‘Ñaña’ presenta la historia de dos hermanas desde la perspectiva de una de ellas: la mayor. Ella es una joven limeña  cuya familia, originaria del oriente peruano, adopta y se hace cargo de una joven en estado de abandono.

    La sucesión de anécdotas que conforman la dramaturgia de esta obra es planteada desde el lenguaje narrativo y el dramático; sumando a ello distintas capas de realidad.

    Así, al inicio del montaje las actrices se presentan y exponen, desde su rol de intérpretes, el contexto de la obra. Se dirigen al público y, rompiendo la cuarta pared, narran las circunstancias en las cuales la madre de la hermana mayor se vincula con la niña.

    La mujer se entera que la menor ha sido violada por su padrastro y se hace cargo de la denuncia policial. Posteriormente, luego de que la niña pasa varios años bajo custodia del Estado, la familia logra acogerla y trasladarla a Lima.

    Esta parte introductoria se sostiene en los monólogos de las actrices -que alternan roles como intérpretes y como personajes – y por breves inserciones de diálogos o representaciones de las situaciones narradas.

    Este juego de narración-actuación es administrado con tino, tanto a nivel rítmico como informativo. Y permite que la obra decante paulatinamente hacia el universo del lenguaje dramático.

    Ello sucede en lo que podría identificarse como la segunda parte del montaje. Ésta se sostiene en la dinámica de interacción entre las dos hermanas: la mayor, ofreciendo soporte y contención; la menor, no siendo capaz de adaptarse a su nueva vida.

    La estructura dramatúrgica concatena una serie de situaciones cotidianas y desacuerdos periódicos para conformar, progresivamente, lo que será el conflicto central de la obra: la contradicción entre el anhelo de la hermana mayor de acoger a la joven, y las dificultades de ésta para adaptarse a su vida en Lima.

    Es aquí donde ‘Ñaña’ asume uno de sus mayores riesgos. Y es que, al plantearse la historia desde la perspectiva de la hermana mayor, es su universo cultural -imaginario de vida, de trabajo, de vivienda, de relaciones- el que entra en conflicto con el de la joven adoptada. Así, se camina por el borde de una mirada limeñocentrista sobre ‘el deber ser’.

    Sin embargo, el fino trabajo de las intérpretes, con su cuidado detalle en las miradas, gestos, sonrisas y reacciones, transmite complicidad y empatía. Y desde esa empatía expone el grado de complejidad de la relación entre los personajes.

    Quizá la mejor muestra de ello es el momento en que la joven logra ponerse en contacto con su antigua familia, con el fin de retornar a su pueblo. Y es que el trabajo actoral expone tanto la emoción de quien llama, lista para partir, como la mezcla de decepción, alegría y alivio de su hermana y cuidadora.

    Así, ‘Ñaña’ -con profunda atención en los detalles del texto y la puesta en escena- invita al público a dejar atrás sus premisas culturales y sociales para empatizar desde la sonrisa, la emoción o el dolor.

    ‘Ñaña’ sale del circuito de salas tradicionales de la ciudad de Lima y se adapta con solvencia a las características de una vieja casona barranquina. El espacio escénico está delimitado por una alfombra y un breve pasillo. En este territorio se representan diferentes ambientes geográficos y temporales. Para ello se recurre a una escenografía  y utilería mínimas: un par de sillas y algunos cambios de vestuario.

    Algo aparatosa resulta la instalación de luces. Pero ésta no afecta la perspectiva del montaje. Y es que todos los equipos se encuentran fuera de escena. Con ello, el intimismo de la puesta se ve favorecido con el delicado y eficiente diseño lumínico con que cuenta.

    Finalmente, la música y la proyección de videos aportan en la construcción de atmósferas narrativas y poéticas, además de ofrecer alternativas rítmicas al montaje.

    ‘Ñaña’ es una obra que habla del abandono, del abuso y de los espirales de violencia. De la salud mental y del descuido por parte del estado de las poblaciones más vulnerables.

    Plantea una batalla (todavía) perdida por el encuentro, pese la distancia cultural. Se acerca al planteamiento de un ‘deber ser’ desde occidente-Lima, pero reta al público a la posibilidad de conocer otras formas de sentir.

    [Lucy: “…y de vez en cuando dirijo mis obras de teatro”.

    Elisa: “¿Y por qué de vez en cuando”.

    Lucy: “Porque es difícil. El teatro es complicado, demanda mucho esfuerzo, mucha plata. Es jodido”.

    Elisa: “Ah, no te gusta”.

    Lucy: “No. Sí me gusta. Lo que pasa es que, ¿cómo te explico? Cansa. El teatro cansa”.

    Elisa: “La chacra también cansa. Pero me gusta”].

    Así, con inteligencia y ternura, ‘Ñaña’ cumple con la misión de confrontar dos universos distintos que viven dentro de un mismo país.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Claudia Tangoa.

    En escena: Anahí de Cárdenas, Verony Centeno.

    Asistencia de dirección: Telmo Arévalo.

    Dirección Audiovisual: Julián Amaru Estrada, Rodo Abdias Arrascue.

    Dirección Musical: Alejandro Rivas, María Laura Bustamante.

    Dirección de arte: José Balarezo.

    Diseño de iluminación: Julián Amaru Estrada, Rodo Rodolfo Arrascue.

    Producción ejecutiva: Silvia Tomotaki.

  • CRÓNICA. Ciudad cualquiera

    En el teatro del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico se viene presentando ‘Ciudad Cualquiera’, obra escrita y dirigida por Renato Fernández.

    ‘Ciudad Cualquiera’ está compuesta por  las historias de diferentes personajes que conviven en la misma ciudad. Así, se expone lo que le sucede al ‘chico que extrañaba pero al que no extrañaron tanto’, a la ‘abuela que no fuma (pero ahora sí)’, al ‘viejo de 25 años’, al ‘último romántico (que ya no lo es)’ o a la ‘psicóloga deprimida’; entre otros.

    Estas historias acontecen en el lapso ficcional de una semana, tiempo que transcurre entre que ‘el profesor más querido’ anuncia su futuro suicidio en la plaza principal de la ciudad y el día que debe cumplir con el acto.

    El montaje se vale de la presencia de cinco actores-narradores, quienes alternan la narración y contextualización de las situaciones de cada personaje con la interpretación de las mismas. Así, cada intérprete cumple más de un rol durante la puesta en escena.

    Para ello se plantea una convención que queda clara desde el inicio de la obra: los intérpretes ingresan con un vestuario neutro -como si fuera su indumentaria cotidiana- y cada vez que deben interpretar a algún personaje portan una o dos prendas que sirven para identificarlos.

    Esta alteración en el vestuario es visible para el público, ya que los elementos a usar se encuentran sobre dos mesas ubicadas a ambos lados del escenario. Así, reducida la parafernalia y expuesta la transformación, el rol de los intérpretes cobra mayor importancia; especialmente a partir de la exigencia actoral que demanda las visibles transiciones entre un rol y otro.

    La propuesta escenográfica también refuerza la decisión de centrar la atención en el trabajo del actor. Y es que en ‘Ciudad Cualquiera’ el espacio escénico se compone de un piso a dos niveles, una escalera que no va a ningún lado y una pared de fondo; todo en color amarillo.

    La ausencia de mayores elementos -salvo algunas sillas que entran y salen de escena- sobre los dos niveles del piso facilita la creación de las convenciones para la ubicación de las historias en los diferentes espacios ficcionales (casas, parque, calles, etc.).

    Las formas y los colores de la estructura escenográfica imprimen una doble lectura simbólica. Por un lado, la escalera de fondo y el color amarillo invitan a identificar a esta ciudad cualquiera con Lima. Pero, además, el tono juguetón de la estructura escenográfica refiere a un ambiente infantil, tierno, (pre) escolar.

    Esta última interpretación se alimenta del estilo amable -al límite de la condescendencia- que impone la narración y de la propuesta lúdica de los nombres de los personajes.

    Dicho esto, se puede afirmar que ‘Ciudad cualquiera’ se sostiene notablemente desde las interpretaciones, la propuesta escenográfica y las decisiones de la dirección. Logra, con solvencia, poner en escena un texto complejo que alterna narración y representación.

    Sin embargo, las exigencias de la propuesta dramatúrgica proponen más de una reflexión.

    Y es que ‘Ciudad cualquiera’, a partir de fragmentos, logra construir una gran atmósfera. Una atmósfera misteriosa, lúdica, infantil, reflexiva y, a la vez, contenedora de varias historias que componen la historia de un lugar.

    El texto se sostiene en las características del lenguaje narrativo. Una narración que acumula situaciones a partir de personajes que llegan a ser entrañables. Y, desde ese lugar la dramaturgia asume el riesgo de, al abrir tanto su abanico de anécdotas y personajes, al ampliar tanto sus referencias, no concretar una única historia o reflexión. O perdiendo ritmo.

    Y es que al no contar con una historia, anécdota o personaje que la sostenga en el tiempo -aunque las historias de la pareja de jóvenes y la del profesor suicida lo pretendan- la obra llega a un punto donde inevitablemente se siente larga y la atención decae.

    Este, evidentemente, es un riesgo que asume el dramaturgo-director. Así, la obra apela a que cada espectador pueda recoger las ideas que lo impacten mejor, aún bajo la posibilidad que éstas se diluyan en un cúmulo de frases bellas, inteligentes y tiernas.

    ‘Ciudad cualquiera’ es una propuesta inteligente y arriesgada. Con un aura que evoca a ‘Historia de Cronopios y de Famas’, de Julio Cortazar, reflexiona sobre el amor, el entendimiento, la incomprensión, la soledad, la necesidad de imaginar, la trascendencia, la vanidad. Lo hace también sobre la vida y la convivencia urbana, expone el modo en que diferentes vidas se conectan brevemente entre sí, los momentos de notoriedad social -vergonzosa o trascendente-, y la forma en que un personaje puede ser querido y respetado o resultar invisible para los demás.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Renato Fernández.

    En escena: Giovanni Arce, Andrea Luna, Óscar Meza, Marcello Rivera, Vanessa Vizcarra.

    Asistencia de dirección: Eliana Fry García Pacheco.

    Diseño de escenografía: Ana Chung.

    Diseño de vestuario: Magnolia López de Castilla.

    Diseño de iluminación: Mario Bassino.

    Diseño Sonoro: Francisco Haya de la Torre, Erick del Águila.

  • CRÓNICA. Hecho en China

    ‘Hecho en China’ es un espectáculo multidisciplinario presentado, bajo el apoyo de Iberescena, en el espacio cultural La Fabrica-Casa Vecinal del distrito de San Luis.

    ‘Hecho en China’ plantea una experiencia escénica y sensorial. Esta se pone de manifiesto aún antes de haberse iniciado la acción. Pues el público no se dirige a un recinto minutos previos a la función. En vez de ello, es citado a un lugar donde abordará un bus que lo conducirá a la ‘Fabrica de la Felicidad’. Este breve tránsito entre una zona residencial, rodeada de edificios de la oficialidad cultural (*), y el barrio obrero donde se ubica La Fabrica-Casa Vecinal, propone un viaje entre realidades distintas que conviven en menos de dos kilómetros de distancia.

    El arribo y el ingreso al espacio se realizan en una atmósfera de misterio. Las pautas de traslado se dictan en silencio. Ello, y el desconocimiento de la ruta que debe recorrer el espectador, genera un ambiente de expectativa.

    El público, ubicado en un patio y sin referente visual de un ‘escenario’, puede divisar a varios estrambóticos personajes emplazados a lo largo de un altillo. Uno de ellos, usando un micrófono, da la bienvenida a los visitantes. Se da inicio, así, a una secuencia de acciones que conforman un collage de imágenes sin un sentido, a primera vista, aparente.

    A medida que la puesta en escena avanza los intérpretes desarrollan sus acciones en diferentes puntos del espacio. Suben, bajan, se trasladan entre el público. Los personajes surgen de improviso y sus directivas sorprenden al espectador. Una anfitriona los dirige y ofrece lecciones de salud corporal. Otros personajes deambulan entre los asistentes e interactúan a partir de una conversación, una frase o una oferta (como la venta de bebidas).
    El carnaval de imágenes, el caos sensorial, se apodera del espacio. Ingresa un cantante de huaynos modernos e improvisa un concierto, un intérprete se desnuda, otros ofrecen servicios diversos; mientras personajes travestidos bailan entre el público.

    La calma llega. Un performer invita a los asistentes a probar una sopa recién preparada; entretanto, otro les lee la suerte. Ambos generan un ambiente de ritualidad cotidiana, desprovista de pompa y ceremonia.

    Se abren nuevos espacios donde se pueden ver espectáculos de feria. Y es que el lugar se ha convertido en un bazar popular. La calma cesa. Se inicia una procesión. La ritualidad andina convive con un pogo rockero. Todo ello rodeado de burbujas. Se reinicia la fiesta.

    ‘Hecho en China’ parece no tener sentido. No desde las lógicas escénicas convencionales, desde la narratividad de la palabra o el orden de acción-consecuencia. Más que proponer una historia, construye una atmósfera; a la que se suma la teatralidad de las imágenes y acciones. Su estética bizarra, su permanente generación de estímulos sensoriales, su caótica libertad, evoca al ambiente del emporio de Jirón Gamarra. Una ciudad/fábrica que incluye edificios y calles. Los materiales de desecho y reciclaje, la ropa y la basura, y un costurero que trabaja sin desmayo así lo confirman.

    Sin embargo, debajo de toda la parafernalia posmoderna, de la acumulación de acciones e imágenes, queda la sensación de superficialidad estética, de ausencia de contenido, de festejo autorreferencial.

    (*) La cita para tomar el bus es en la explanada del Ministerio de Cultura, en el distrito de San Borja.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Milagros Esquivel.

    En escena: Miguel Campana, Rossy Chávez, Ricardo Delgado Ayala, Milagros Esquivel, Hugo Espinoza, Emilio Iturbe Kennedy, Leny Luna Victoria, Augusto Montero, Alonso Núñez, Jackie Quino, Arnold Quiroz Bocanegra, Jorge Baldeón, Mirta Urbina Johnson, Diana Ruth Zamora, Moisés Najarro, Carla Martel.

    Colectivos artísticos implicados: Generarte, Angeldemonio, elgalpon.espacio, Raumkay, Colectivo Oso de Agua.

    Producción: Generarte.

  • CRÓNICA. Territorio vertical

    ‘Territorio Vertical’ es el título de una pieza de danza interpretada por Inés Coronado. Esta obra se presentó en diferentes espacios de la ciudad a lo largo de septiembre y octubre, adaptándose a contextos diversos. La dirección estuvo a cargo de Carla Coronado.

    En sus publicaciones en la red social Facebook la pieza se define como una “auto performance” en la cual “Inés explora la búsqueda del equilibrio generando gestos corporales que cuestionan los límites del cuerpo danzante, del cuerpo bípedo, del cuerpo ‘normal’”(*).

    Esta definición se aproxima al hecho que la intérprete se enfrenta, en escena, a una partitura de acciones y movimientos desde un cuerpo que -debido a un accidente- se ha visto limitado en su movilidad.

    Así, ‘Territorio Vertical’ tiene de performance, en tanto los límites físicos a enfrentar son reales; pero también de testimonio, si entendemos este desde las lógicas abstractas de la danza contemporánea.

    La estructura coreográfica de la pieza se divide en cuatro momentos que marcan una progresión desde el piso hasta el logro de la posición vertical. Esta sencilla línea narrativa se enlaza con una metáfora del proceso de recuperación y acondicionamiento corporal.

    Así, en el primer momento la intérprete se encuentra en el piso, y desde este espacio desarrolla una propuesta de movimiento que metaforiza el re-conocimiento corporal. En el siguiente cuadro, una pareja de barras con diferentes niveles de altura -cual barras asimétricas- definen el espacio coreográfico. El vínculo con estos elementos transita desde la imagen-acción, donde evocan a los pasamanos de terapia física, hasta su manipulación para la construcción de formas y la indagación en diversas posibilidades de composición.

    En el tercer momento se incorpora el uso de un par de muletas. El trabajo desarrollado con estos elementos permite la aparición de nuevas formas de traslado y construcción de imágenes. Finalmente, despojada de todo elemento, la intérprete consigue ponerse de pie y poner fin a su viaje físico y metafórico.

    El discurso que porta ‘Territorio vertical’ es conmovedor y potente. Por un lado confronta al espectador con la batalla física real de una persona y, simultáneamente, es un silencioso alegato político en favor del reconocimiento de las diferencias.

    Debe destacarse especialmente la sobriedad en el tratamiento de la condición física de la intérprete. La pieza evita en todo momento que su potencia dramática decante por la afectación o la amargura. Tampoco cae en la tentación de proponer un final edulcorado. De esta manera, se aleja ética y estéticamente del recurso de la condescendencia; tan habitual en el tratamiento público de las discapacidades físicas.

    Sin embargo, esta decisión de no subrayar en escena la condición de la intérprete carga consigo algunos matices que pueden llevar a la confusión. Y es que para un espectador que desconoce los antecedentes de la pieza, y de sus creadoras, pueden no quedar claras las premisas performáticas y testimoniales. Esto se debe a que Inés Coronado, desde su práctica como bailarina y acróbata, y su potente búsqueda creativa actual, logra moverse con fluidez, tono y eficiencia. Su ejecución bien podría parecer, y que bueno que así sea, la de alguien que ‘representa’ su condición.

    Ello plantea algunas paradojas a la dirección, ¿cómo ser consecuente con la búsqueda ética y estética y a la vez ser claro en el mensaje?, ¿cómo proponer con claridad un discurso de desde la diversidad corporal trabajando con un cuerpo entrenado?

    ‘Territorio Vertical’ arriba a estas paradojas desde su compromiso. Propone y confronta desde el reconocimiento de un cuerpo diverso. Y, a partir de él, de todas las diversidades. Evita el dramatismo porque su objetivo no es conmover, aunque lo consiga, sino la búsqueda -desde y a través del cuerpo- de un discurso igualitario.

    (*) Textos e imágenes tomadas de aquí y aquí.

    Co-creación e interpretación: Inés Coronado.

    Dirección: Carla Coronado.

    Escenografía: Carlos Olivera.

    Vestuario: Ana Chung.

    Edición de sonido: Mauricio Llona.

  • CRÓNICA. Casa de perros

    En el auditorio de ICPNA de Miraflores se presenta ‘Casa de perros’, obra escrita por Juan Osorio, bajo la dirección de Jorge Villanueva y la producción del Teatro de la Universidad Católica.

    ‘Casa de perros’ propone una historia ambientada en una hacienda en Oyotún, al norte del país, durante el primer año de la Reforma Agraria. A este lugar retorna un joven luego de un año de ausencia. Su llegada, y la forma en que se vincula con el pueblo, genera un permanente estado de tensión. Y es que él busca develar algunos misterios sobre sucesos que la comunidad, para su convivencia pacífica, ha optado por dejar en el olvido.

    La batalla del protagonista por lograr su objetivo -saber qué fue lo que pasó con su hermano muerto- se enfrenta a los intereses de su padre y su cuñado, quienes se encuentran en campaña política para gobernar el pueblo. Así, se expone con dureza cómo los intereses personales y la búsqueda del poder pueden estar por encima de los principios familiares.

    La progresión de la obra, que incluye la paulatina exposición de secretos personales y colectivos, se desarrolla en un clima de misterio. Éste se sostiene tanto en los planos de la realidad -el florecimiento de secretos- como en los de lo fantástico -la presencia fantasmal de un grupo de mujeres-.

    La complejidad del texto, y la abundancia de personajes, permite que la obra aborde diversos matices de esta comunidad cooperativista: la tradición agraria, la duda general sobre el futuro -seguir trabajando la tierra o tentar el progreso en la ciudad-, la búsqueda de un líder al cual someterse -expresando una especie de nostalgia del patrón-, la presencia de rencillas personales y políticas, y una constante atmósfera de inamovilidad barnizada por la superstición.

    Asimismo, la obra aporta una mirada sobre el rol de las mujeres en las comunidades agrarias durante estos particulares tiempos de cambio: la mujer como fuerza de trabajo, la mujer como engendradora de vida, la mujer en pugna entre el sometimiento y la búsqueda de un futuro diferente.

    Finalmente, ‘Casa de perros’ expone una manera de entender el ejercicio del poder que se sostiene, más allá de posiciones ideológicas, en una visión autoritaria y corrupta.

    Esta diversidad temática se hace posible gracias a un continuo balance en el protagonismo de los personajes principales e, inclusive, de los corales (el pueblo, las mujeres aparecidas).

    La puesta en escena cuenta con una escenografía minimalista y modular que le permite intercambiar espacios internos -la sala, la cocina- y externos -el campo, la plaza-. Así, mediante el traslado de algunos pocos elementos, el montaje consigue fluidez en el tránsito entre escena y escena.

    Misterio, extrañamiento e inmovilidad caracterizan el tono de la puesta. Su ritmo pausado, especialmente durante el primer acto, permite que toda la información que portan los diversos personajes sea adecuadamente atendida.

    Éste ritmo es intervenido, a modo de desfogue, por escenas corales sostenidas en el texto y/o el movimiento. Ello sucede, principalmente, en los momentos del trabajo campesino. En éstos, los intérpretes manipulan atados de caña, con los cuales componen cuadros coreográficos y teatrales.

    Esta apuesta de alternancia rítmica y visual no evita que la parsimonia inicial afecte a la percepción total del montaje. Y es que un texto que cuenta con tantas piezas para armar -personajes, anécdotas, secretos- corre el riesgo de resultar demasiado extenso. Así, la dirección asume los riesgos de plantear un estilo que prioriza el adecuado procesamiento de la información.

    Sin embargo, la estructura de develamiento progresivo permite que la última parte del montaje desfogue con solvencia los niveles de tensión acumulado. Y así, al llegar al desenlace final, construya una imagen ritual que plantee una atmósfera sanadora que purgue la historia de los personajes.

    ‘Casa de perros’ es una obra que se ambienta durante el periodo de la reforma agraria pero que no necesariamente la aborda de lleno. Está más cerca del drama familiar, al que se suman las intrigas de un pueblo chico, que del drama histórico. Es el protagonista, en su búsqueda de la verdad, el que devela matices particulares -relaciones de poder, democracia cooperativista, corrupción, manipulación- del periodo temporal y el territorio geográfico donde se desarrollan los eventos.

    El componente misterioso y fantástico guía al texto y es adecuadamente sostenido a lo largo de la puesta en escena. Así, los fantasmas de las mujeres, las menciones a los perros muertos y la enunciación de historias y supersticiones, componen una atmósfera sensorial de extrañamiento correspondiente a otro tiempo y espacio. Ello se conjuga en un correcto balance entre un estilo de actuación naturalista que se combina con momentos de carácter simbólico.

    Finalmente, la mención a los perros colgados, o el desenterramiento de cadáveres para darle una sepultura digna -imagen con la que termina la obra-, son claros guiños a una realidad más reciente. E invitan, junto a las claves políticas del montaje, a revisar los paralelos históricos que como sociedad seguimos repitiendo.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: juan Osorio.

    Dirección: Jorge Villanueva.

    En escena: Stephanie Orué, Ismael Contreras, Irene Eyzguirre, Jorge Armas, Mario Ballón, Julio Lázaro, Alejandra Campos, Sebastián Ramos, Beatriz Ureta, Daniel Cano, Carlos Acosta, Rolando Reaño, Katiuska Valencia, Muki Sabogal, Alfredo Carreño.

    Asistencia de dirección: Rodrigo Chávez.

    Composición musical: Benjamín Bonilla.

    Diseño de escenografía e iluminación: Marcello Rivera.

    Diseño de vestuario: Ramón Velarde.

    Asesoría de movimiento: Mónica Silva.

  • CRÓNICA. Simón el topo

    ¿Por qué su papá se burló de Simón?,  ¡si es su papá!

    Pregunta realizada por un niño durante el foro posterior a la función de ‘Simón el Topo’.

    En el auditorio del Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores se presentó el espectáculo familiar ‘Simón el topo’; dirección y adaptación de Alejandro Clavier sobre el cuento homónimo de la escritora española Carmen de Manuel.

    En el escenario se ubica una larga mesa. Detrás de ella unas repisas. Sobre éstas se ubican unos muñecos; son unos títeres que representan a un grupo de topos. Los actores ingresan e inician su preparación, mientras que en los parlantes del auditorio se anuncia la segunda llamada.

    Al iniciar la función los intérpretes colocan una torta sobre la mesa y explican a los asistentes que son parte de una fiesta sorpresa: es el cumpleaños de ‘Simón’, un joven topo. Cuando hace su aparición el agasajado -un títere manipulado por uno de los actores-, desde la platea y el escenario le cantan el ‘Feliz cumpleaños’.
    En agradecimiento, Simón decide compartir su historia. Pero para que esto sea posible se debe narrar en su idioma original: ‘el Toponés’.

    Estos momentos iniciales de la obra proponen con claridad las convenciones que guían al montaje: actores que cumplen roles de titiriteros y narradores, saltos entre el tiempo ficcional -de la historia de Simón- y el tiempo de la narración, la presencia de un protagonista y la existencia de un lenguaje inventado.

    La secuencia de anécdotas que expone la obra se desarrolla alrededor de la mesa central. En ella, Simón, sus familiares -padre, madre y hermano menor- y amigos presentan imágenes de su vida cotidiana.

    Mientras el montaje avanza se aprecia que a Simón no le gustan las mismas cosas que a los demás topos varones: no es capaz de matar a una lombriz, le gusta perseguir mariposas, recoge y colecciona flores, disfruta de bailar, no teme a llorar cuando siente dolor.

    Estas acciones lo convierten en objeto de burla por parte de otros topos, y de censura por parte de su padre. Así, Simón es obligado a comportarse de una manera que no le resulta natural: ser agresivo, hablar en voz alta, mostrarse competitivo.

    El protagonista se siente frustrado por no poder cumplir con estas obligaciones. Sin embargo, avanzada la obra, Simón conoce otro topo como él -al que le gustan las mismas cosas- y se vuelven muy amigos. Este encuentro le permite mostrarse como realmente es y buscar la aceptación de su familia.

    De esta manera, la obra presenta una progresión dramática sencilla para un tema complejo. ‘Simón el topo’ juega con los arquetipos usuales para identificar a un hombre homosexual -débil, sensible, afeminado-.

    Sin embargo, la obra trasciende estas simplificaciones y expone, desde la ternura natural de un niño (o de un topo), cómo la tensión que generan los gustos de Simón están relacionados con la construcción cultural en la que conviven los adultos -de la ficción y de la platea-.

    En este punto, el idioma inventado juega un importante rol. Pues otorga a cada espectador la responsabilidad de explicar(se) que es lo que pasa con el protagonista de la historia y la discriminación que sufre.

    De esta manera, ‘Simón el topo’ cumple el rol de ser un medio de entretenimiento familiar. Pero, además, es un artefacto que otorga a los padres la posibilidad de compartir y administrar la información de la obra con los hijos. Y es que los niños no van solos al teatro, y es éste un montaje que ofrece la oportunidad de generar un espacio de intercambio para adultos y niños.

    Dicha oportunidad se ve magnificada cuando, al final de cada función, se realiza un foro entre los actores y el público. Esta es una gran oportunidad para que los menores hagan sentir su voz y se puedan conocer sus ideas.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Texto original: Carmen de Manuel.

    Adaptación y dirección: Alejandro Clavier.

    Actores-manipuladores de muñecos: Martín Velásquez, Anaí Padilla, Luccía Mendez, Dusan Fung.

    Dirección de arte: Vladimir Sánchez.

    Música: Magaly Luque.

  • CRÓNICA. Vigilia de noche

    En el auditorio AFP – Integra del MALI se desarrolla la temporada de la obra ‘Vigilia de Noche’, original del sueco Lars Norén, en versión del argentino Daniel Veronese. La dirección del montaje estuvo a cargo de Carlos Acosta, y de la producción se encargó Imativa Producciones.

    Dos hermanos que no mantienen comunicación entre sí se reúnen -junto a sus respectivas esposas- en casa de uno de ellos, luego de cremar el cadáver de su madre. Así, los cuatro personajes se ven obligados a compartir tiempo y espacio pese a no desearlo. Ello será el inicio del surgimiento de una serie de rencillas y el develamiento de más de un secreto.

    Y es que, además de la tensa y distante relación entre los hermanos, la dinámica entre las parejas es bastante agresiva. Una de ellas vive una constante batalla emocional producto de una relación agotada, violenta, que se sostiene únicamente por  el vínculo sexual. La otra vive una crisis producto de la infidelidad de la esposa.

    Esta información que, en la búsqueda de mantener las apariencias trata de ser reservada, aflora hasta evidenciar todos los desencuentros sin ningún pudor. Así, reclamos, manipulaciones, llantos y peleas, se convierten en una constante a lo largo del montaje.

    Esta tensión acumulada, esta violencia verbal y sicológica llega a su clímax cuando la urna con las cenizas de la madre es volcada, desperdigando su contenido a lo largo de la sala.

    ‘Vigilia de Noche’ se desarrolla en un acto, con un código actoral naturalista. Su constante retorno a las discusiones y peleas llegan a un punto de no avance, de redundancia, de agotamiento. Ello se ve trasladado al montaje, perdiendo ritmo y alargando la percepción de duración de la obra.

    ‘Vigilia de Noche’, si bien refiere a las pulsiones y emociones humanas, posee características particulares propias de su origen. Ambientada en el invierno sueco, el clima impide que alguna de las personas pueda retirarse de la casa. Además de ello, ambas familias viven con una holgura económica donde, al parecer, su única preocupación es discutir sobre la insatisfacción de sus relaciones.

    El montaje local no encuentra en la obra la posibilidad de explotar su apasionamiento, su crudeza sexual, o el hartazgo de las relaciones. Consigue, a partir de la corrección del código actoral, que el texto se agote en su propia propuesta.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: Lars Norén.

    Versión: Daniel Veronese.

    Dirección: Carlos Acosta Ahumada.

    En escena: Giselle Collao, Yamil Sacin, Andrea Montenegro, Luis Alberto Urrutia.

  • CRÓNICA. Dramatis personae

    En el auditorio del Centro Cultural El Olivar se viene presentando ‘Dramatis personae’, escrita por Gonzalo Rodríguez Risco y dirigida por Ernesto Barraza Eléspuru. La producción del montaje está a cargo de Break.

    En ‘Dramatis personae’ tres jóvenes escritores, dos de ellos inéditos, se reúnen para llevar a cabo sesiones creativas. En ellas comparten sus ideas, dudas y obsesiones vinculadas a sus futuras obras. El lugar de reunión es un departamento ubicado frente a una residencia en la cual un grupo terrorista ha perpetrado un secuestro masivo (*).

    La dramaturgia propone una progresión paulatina de diferentes situaciones. Por un lado, se aprecia cómo cada escritor lidia con su proyecto y sus personajes, además de los paralelos que portan éstos con su propia vida. En simultáneo se desarrolla una serie de dinámicas entre los tres escritores: los celos y la admiración de los jóvenes hacia el mayor de ellos, el triángulo amoroso (¿o solo sexual?) entre la joven mujer y los dos varones, y la develación de un secreto. Finalmente, fuera de la casa, los disparos y las explosiones son la señal de la violencia que ocurre en el mundo real.

    La oposición entre los hechos del ‘mundo exterior’ (explosiones, disparos, secuestros, toque de queda) y la introspección compartida de los escritores potencia la sensación de vacío, soledad, indiferencia y vanidad que acompaña a estos personajes. Y es que, mientras afuera se vive una guerra, ellos solo se ocupan de sus personales obsesiones.

    Barraza Eléspuru y su equipo de actores consiguen que estas características de los personajes le aporten al montaje una personalidad particular: gris, sombría, sin esperanza. O, con la esperanza puesta en la siguiente línea a escribir.

    La puesta en escena de ‘Dramatis personae’ porta pausas y silencios que reflejan con propiedad la tensión de las relaciones y el vacío de los personajes. Sus pocos efectos sonoros y lumínicos consiguen potentes rupturas rítmicas que, sin apelar a grandes recursos técnicos, ponen en juego las dinámicas de la violencia ‘exterior’.

    Este manejo del pulso de la obra fortalece la atmósfera de misterio que acompaña el desarrollo del montaje y, en especial, las interacciones entre los escritores y sus personajes. Y es que ‘Dramatis personae’ plantea diferentes planos ficcionales al confrontar a los autores con sus propias creaciones.

    Estos encuentros permiten a los autores desentrañar el origen de sus obsesiones, encontrar caminos para el desarrollo de su escritura y, cómo no, descubrirse a sí mismo.

    Es en la irrupción de estas escenas, especialmente hacia la parte final del montaje, donde el ritmo general de la puesta en escena se pone en cuestión. Y es que el pulso acompasado de la obra -tan útil para generar misterio o plantear el vacío existencial- genera que los saltos entre planos ficcionales le resten intensidad a la constante de diálogos e intercambios entre los escritores, y entre éstos y sus personajes.

    ‘Dramatis personae’ propone un acercamiento a la violencia que se vivió entre 1980 y el 2000 desde los límites de la omisión. Los personajes tratan de no involucrarse y sumergirse en sus fantasías. Encerrados en un departamento, mientras más se apartan de la ventana -de la calle-  más lejos va quedando la realidad. Y así se conjuga el rol de escapistas con el del hastío de ser víctimas de una época indeseada.

    (*) En alusión directa a la llamada ‘Crisis de los rehenes’ sucedida entre diciembre de 1997 y abril de 1998.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: Gonzalo Rodríguez Risco.

    Dirección: Ernesto Barraza Eléspuru.

    En escena: Alexandra Graña, Stefano Salvini, Francisco Cabrera, Juanjo Espinoza, Malu Gil.

    Diseño de sonido: Loko Pérez.

    Producción General. Break.

  • CRÓNICA. El arco iris en las manos

    En el Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores se presentó ‘El arco iris en las manos’, obra escrita por Daniel Fernández y que fuera premiada con el tercer puesto en el Concurso Nacional ‘Nueva Dramaturgia Peruana 2015’ del Ministerio de Cultura. El montaje fue dirigido por Dusan Fung y producido por Imaginario Colectivo.

    ‘El arco iris en las manos’ expone la historia de una joven mujer transgénero (Mario/Marita) que se gana la vida como trabajadora sexual. Ella, en su decisión de iniciar estudios de contabilidad en un instituto, se ve confrontada con la compleja relación que tiene con su amante y con su propia madre.

    El diseño escénico de la obra está compuesto por tres tarimas ubicadas al borde del escenario. Un micrófono ubicado en la tarima central -más alta que las laterales-, y un catre a uno de los lados, son los únicos elementos escenográficos. Una linea de luces de colores, discreta referencia a escenarios discotequeros, se ubica al borde de cada tarima. Dos banderas -una gay, la otra, transgénero- coronan, desde lo alto, el escenario.

    A partir de estas características escenográficas -los diferentes niveles de las tarimas, la escasez de elementos- el montaje logra una adecuada fluidez entre los distintos espacios ficcionales de la obra. Pues los tránsitos entre el cuarto de Marita, la casa de su madre y los espacios urbanos son resueltos con sencillez y claridad.

    El texto, desde su estructura dramática, presenta tres bloques que coinciden con el paso del tiempo ficcional.

    Una primera parte presenta a los personajes, las situaciones y los conflictos. Por un lado, la relación de Marita con su madre. Una mujer cruel y manipuladora que la rechaza por su condición identitaria y laboral, pero que no tiene reparos en exigirle dinero. Por el otro, el vínculo con su amante. Un rufián que, pese a más de diez años de relación, le ofrece afecto a escondidas y le pide dinero. Así, mientras él lleva una vida pública de ‘macho soltero’, ella debe esperarlo en su cuarto. Finalmente, la relación con ‘Vandrea’, una mujer transgénero mayor que ella, su mejor amiga, confidente y cuidadora, que la alienta en sus proyectos y le aconseja liberarse del peso de las relaciones dañinas.

    En la segunda parte de la obra, los conflictos entre los personajes alcanzan un pico que los lleva a su resolución. Pese a lo dramático de cada confrontación, la protagonista decide poner fin a su dependencia emocional cortando el vínculo con su madre y con su amante.

    Así, en el bloque final -donde la protagonista consigue su objetivo de culminar sus estudios- la obra propone encuentros y situaciones que buscan cerrar los cabos sueltos de cada personaje y fortalecer el contexto general de la historia.

    Estos tres bloques comparten entre sí la presencia de diálogos, monólogos y la presencia de la figura del narrador-testigo. Éste aparece desde el inicio del montaje, incluido con sutileza en la primera escena, en el personaje de ‘Vandrea’; quien con sus comentarios y acotaciones -dirigidos al público- expone y contextualiza detalles del universo de la obra.

    Sin embargo, la práctica de este ‘monólogo de contexto’ no es exclusiva de ‘Vandrea’, como tampoco el éxito de su uso. Pues, si bien Marita lo utiliza con similares objetivos -exponer un universo, componer una atmósfera-, los monólogos de la madre, la hermana y el amante resultan explicativos sobre las decisiones de cada uno. Así, mientras los primeros sirven para contextualizar, los últimos son útiles en tanto resuelven de manera retórica las motivaciones de los personajes.

    Este reiterativo uso del recurso explicativo, sumado a la construcción arquetípica de los personajes -madre manipuladora, hermana débil, amante rufián, amiga comprensiva-, debilita el ritmo de la puesta y la acerca a las fronteras del melodrama.

    Ello, el melodrama, produce efectos contradictorios. Pues, por un lado, simplifica los conflictos y las motivaciones de los personajes. Además de ello, genera una atmósfera edulcorada frente a una realidad -expuesta por la misma obra- bastante más que sombría.

    Por otro lado, la realidad que expone ‘El arco iris en las manos’ no se encuentra lejana ni al melodrama ni a los arquetipos. Pues el rechazo familiar, el abuso emocional, las relaciones clandestinas, el servicio sexual como opción laboral, y una larga serie de prejuicios acompañan la vida de las mujeres transgénero en nuestra sociedad.

    Así, Fung asume el riesgo de recorrer con presteza el territorio melodramático, a la vez que propone cadencia y detalle en la construcción de los universos personales de la protagonista. La sordidez de la escena sexual con un cliente, el erotismo de los encuentros con su amante, el sentido del humor y la complicidad de las amigas, la soledad de ‘Vandrea’ al ser expulsada de su casa, son compuestos con atildado pulso en la dirección y resueltos con talento y sensibilidad en las actuaciones.

    La misma afirmación puede hacerse acerca del manejo de los planos espaciales, temporales y de la realidad; pues los tránsitos resultan claros y fluidos.

    ‘El arco iris en las manos’ es un drama familiar, un drama personal y un drama social. A través de un personaje, y su historia, pone en escena la voz de los que no tienen voz. Visibiliza a uno de los grupos más vulnerables de la sociedad. Compone sus universos alternado sencillez y complejidad.

    Usa una anécdota simple en apariencia -una persona quiere estudiar-, que se pone en cuestión cuando se confronta con el pensamiento hegemónico -“los monstruos como tú solo sirven para puta o para peluquera”- y se enfrenta a él.

    Por ello, aunque el happy end de cierre resulte demasiado edulcorado, deviene en un necesario balance ante la exhibición de deshumanización que rodea a la protagonista. Y es que esta combinación de visceralidad y esperanza es parte esencial del manifiesto implícito de la obra.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: Daniel Fernández.

    Dirección: Dusan Fung.

    En escena: Tatiana Espinoza, Miguel Álvarez, Eduardo Ramos, Mariajosé Vega, Miguel Dávalos.

    Asesora de contenido: Malú Machuca.

    Asistente de dirección: Vanessa Geldres.

    Producción General: Imaginario Colectivo.

    Co Producción: Willy Guerra, Mónica Risi.

    Escenografía: Eugenié Tazé.

    Dirección Musical: Merian.

  • CRÓNICA. Gnossienne

    En el teatro de la Alianza Francesa de Miraflores se viene presentando ‘Gnossienne’, obra de la Compañía de Teatro Físico, bajo la dirección de Fernando Castro Medina.

    ‘Gnossienne’, según consta en el programa de mano, se inspira en ‘El joven príncipe y la verdad’ del escritor francés Jean-Claude Carrière. Pero, en vez de desarrollar su historia, conserva de ella lo esencial: la idea del viaje iniciático de un joven personaje.

    A partir de esta abstracción de la anécdota de la obra de Carrière surge una propuesta de montaje que se caracteriza por su libertad estructural, lenguaje poético, atrevimiento conceptual y la ausencia de palabras.

    Al ingresar a la sala de la Alianza Francesa el espectador puede intuir que se enfrentará a una obra que sale de los patrones convencionales.

    Seis personajes deambulan por el escenario. Tres hombres y tres mujeres. Todos con las cabezas cubiertas, a modo de máscaras, por grandes piezas de papel de despacho. Estos personajes, sin rostro ni posibilidad de visión, se desplazan por el espacio. Se encuentran, bailan al ritmo de baladas románticas, se abrazan, y vuelven a separarse. La reiteración de estas acciones va llevando al colectivo al encuentro de tríos o cuartetos y al aumento en la intensidad del contacto. De esta manera, del baile distante inicial se pasa a uno donde los cuerpos se frotan, para que luego surjan abrazos y besos.

    Aunque, vale la pena preguntarse si es posible hablar de besos entre personajes que no poseen bocas.

    Así, esta mezcla de belleza, absurdo y erotismo es la introducción a una propuesta que apela a la sensorialidad y la teatralidad de las imágenes.

    Pasada esta introducción se aprecia a uno de los personajes retirándose el papel/máscara y, con ello, sufriendo una transformación física que será parte del inicio de su viaje.

    A partir de este momento sería incompleto y atrevido tantear el describir o narrar lo que acontece en escena. Pues, la sucesión de imágenes, la constante aparición de seres fantásticos -construidos con papel de despacho-, la apuesta por la sensorialidad visual y sonora, la elección de una narrativa desprejuiciada, llevan a que cada espectador construya su personal experiencia e interpretación.

    No obstante, Castro y su equipo dejan algunas pistas para un espectador comprometido. Así, puede identificarse momentos que guían la experiencia a nivel macro. Por ejemplo, el encuentro del joven protagonista con un personaje mayor que él (¿un anciano?, ¿un sabio?), quien lo acompaña y guía en su recorrido. O el tránsito por distintos paisajes y estaciones (viaje y aprendizaje).

    Sin embargo, lo que propone ‘Gnossienne’ trasciende a la interpretación narrativa o filosófica. Pues su desarrollo -en algunos momentos, lúdico; en otros, dramático; y en muchos, misterioso- es un potente cóctel de imágenes y efectos sensoriales que apela a la libertad creativa y, desde ese lugar, busca la complicidad del espectador.

    Y, como es lógico en toda propuesta que apele al riesgo, que desista de la fórmula, siempre cabe la posibilidad de encontrarse con un público que no conecte con la obra.

    Y es que la apuesta por la fantasía, por evitar caer en lo explícito, por renunciar a narrar una historia -aunque exista- requiere de un compromiso mutuo -entre la escena y la platea- que no siempre encuentra interlocutores.

    ‘Gnossienne’ evidencia una profunda investigación en la manipulación de objetos. Un conjunto de intérpretes logra, a partir de su trabajo corporal y su investigación con el papel de despacho, construir paisajes visuales -mar, montaña- y personajes fantásticos -aves, reptiles, peces y otros seres indescifrables-. Además de ello, la manipulación del elemento aportan a la composición de atmósferas sonoras.

    Asimismo, vale mencionar la solvente construcción de convenciones escénicas, según las cuales los intérpretes/manipuladores-de-objetos forman parte de los seres a los que construyen.

    Finalmente, se hace necesaria una reflexión sobre la relación entre la propuesta escénica de la obra y las condiciones del espacio donde se presenta. Y es que el montaje toma las características del Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores para construir sus escenas desde una lógica de la frontalidad.

    Sin embargo, la sensorialidad del espectáculo -las texturas, los sonidos-, sumada a su apuesta por la complicidad con el espectador -la manipulación de objetos, el carisma de los personajes- se ve mermada por la frontalidad y la distancia entre platea y escenario.

    Y es que a una propuesta como ‘Gnossienne’, con su cercanía al ritual, con sus referentes shamánicos, con su desparpajo estructural, con su libertad narrativa, las convenciones de la sala tradicional le quedan algo incómodas.

    (*) Imágenes tomadas de aquí.

    Dirección: Fernando Castro Medina.

    En escena: Eduardo Cardozo, Ana Cecilia Chung, Gael de la Rocha, Miquel de la Rocha, Leonor Estrada, Ximena Riveros, Diego Sakuray.

    Detrás de escena: Camila de la Riva Agüero, Stephanie Basurco, Sammy Zamalloa, Telmo Arévalo, Fernando Castro.

    Adaptación y versión del texto original: Telmo Arévalo, Sammy Zamalloa, Diego Sakuray, Fernando Castro.

    Diseño de arte, vestuario y maquillaje: Alonso Núñez.

    Diseño de iluminación: Lucho Baglietto.

    Diseño de sonido: Raúl Arévalo.

    Asesoría de manipulación de objetos: Pierrik Malebranche.