Categoría: crónica

  • CRÓNICA. La piedra oscura

    -Pagarán por cada lágrima y por cada muerto, te lo aseguro.
    – ¿Yo también?
    – ¿Tú? ¿Cuántos años tienes?
    – Voy a cumplir dieciocho.
    – Los que te han obligado a estar aquí. Esos pagarán.
    Y les perseguirá la vergüenza hasta el último de sus días.

    En el Teatro de Lucía, bajo la dirección de Alberto Isola y la producción de Escena Contemporánea, se viene desarrollando la temporada de ‘La piedra oscura’; obra del multipremiado dramaturgo español Alberto Conejero.

    ‘La piedra oscura’ se inspira en los últimos días de Rafael Rodríguez Rapún, compañero sentimental del poeta y dramaturgo Federico García Lorca, antes de ser asesinado durante la Guerra Civil Española. Conejero, luego de un arduo trabajo de documentación, construye un relato ficcional que toma en cuenta nombres, fechas, lugares y sucesos reales.

    La historia que propone ‘La piedra oscura’ se desarrolla dentro una habitación. En ella, Rodríguez Rapún despierta herido y bajo la vigilancia de un joven soldado.

    El trato entre ambos personajes se inicia marcado por la mutua desconfianza. Pues, mientras el prisionero recibe evasivas a sus pedidos de información, al soldado le cuesta trabajo mantener el control de la situación debido a la insistencia y el desparpajo del detenido.

    Sin embargo, una vez establecido el oscuro contexto en el que se encuentra Rodríguez Rapún -detención en un aparente centro de tortura, alta probabilidad de morir fusilado- la tensa relación entre prisionero y soldado empieza a sufrir variaciones.

    Conejero construye a dos personajes que se encuentran en bandos contrarios, pero a los que les cuesta reconocerse como enemigos. Ambos están obligados a cumplir su rol y así lo hacen. Sin embargo, sus emociones, sus respectivas sensibilidades, y la consciencia de ser víctimas de una circunstancia histórica no elegida, debilitan la solidez del enfrentamiento tácito existente entre ellos.

    Así, a medida que se hacen más profundas las grietas existentes en la relación soldado/prisionero, el texto ofrece cada vez más información sobre uno y otro. Ello descoloca al espectador respecto a las intenciones del protagonista: ¿juega con su vigilante?, ¿lo quiere engañar?, ¿busca huir?

    El develamiento de estas intenciones llega acompañado de un aumento en la intensidad del intercambio oral y el incremento de las emociones puestas en juego. Así, se ponen en evidencia la culpa, el miedo a la muerte, la compasión, la injusticia y la indefensión.

    Alberto Isola y Escena Contemporánea presentan un montaje cuidadoso y delicado, en el cual a cada elemento se le ha otorgado la debida atención para construir una atmósfera que contenga y potencie el trabajo de los actores.

    Ello se observa en la elección de una sala que otorga al espectador una experiencia de proximidad con el hecho escénico; en la propuesta escenográfica que expone, con un minucioso estilo naturalista, una habitación sombría y descuidada; y en el diseño de luces que, además de colaborar con la progresión narrativa, compone ambientes plásticos y dramáticos.

    Estos mismos elementos -sumados al diseño sonoro- acompañan y fortalecen la propuesta del director en su decisión de incorporar físicamente al personaje de Federico García Lorca. Éste, en el texto original se hace presente solo a través de una voz. En el montaje de Isola, su presencia otorga al espectador una pausa, un reposo estético, dramático y visual.

    El trabajo de los intérpretes destaca por su fino manejo del pulso de las emociones y las intensidades dramáticas. Y es que en ‘La piedra oscura’ ambos personajes pasan por un proceso de transformación paulatina e irregular; rica en pequeños clímax, en avances y retrocesos; pues tanto el prisionero como el soldado son atacados intensamente por la razón y la emoción.

    ‘La piedra oscura’ es una obra que, pese a evidenciar su desenlace, no devela por completo hacia dónde se dirige. Tiene el mérito de dosificar la entrega de información y, sin recurrir a pirotecnia verbal ni grandes golpes de timón, mantener expectante a la audiencia.

    Además de ello, pese a encontrarse ubicada en un contexto específico y referir a un personaje en particular, no requiere de un espectador especialista de la Guerra Civil Española o conocedor del trabajo de Federico García Lorca. La forma en que ha sido construida permite disfrutar de la historia de los dos protagonistas. Y ofrece la oportunidad de apreciar nuevas capas de complejidad a quien cuente con información más especializada.

    ‘La piedra oscura’ es una obra potente y sensible cuya presencia en la cartelera local resulta más que pertinente. Pues, además de los méritos artísticos ya señalados, los temas que la obra expone se encuentran en permanente tensión y vigencia en nuestra sociedad: la pugna entre la creación artística y las políticas de censura, el ocultamiento al que se ve forzada gran parte de la población LGBT.

    Junto a ello, propone un paralelo entre las guerras fraticidas que vivieron España y el Perú durante el siglo XX. Señala con sutileza y convicción el drama de los jóvenes forzados a ser parte de una guerra que no era suya, la necesidad de memoria, justicia y reparación, y el reclamo por la búsqueda de millares de cuerpos desaparecidos.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (*) Más información sobre el montaje aquí.

    Dramaturgia: Alberto Conejero.

    Dirección: Alberto Isola.

    En escena: Emanuel Soriano, Franklin Dávalos, Mario Ballón.

    Diseño de escenografía: Marijú Núñez Malachowski.

    Realización de escenografía: Víctor Ayala, juan Gutiérrez, Alfonso Vargas, Waldir Pereyra.

    Diseño de iluminación: Rolando Muñoz.

    Diseño de sonido: Omar Pareja.

    Producción: Escena Contemporánea.

     

  • CRÓNICA. Fragmentos

    En el teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú se viene presentando ‘Fragmentos’, obra escrita y dirigida por Carlos Galiano.

    ‘Fragmentos’ presenta la historia de un grupo de jóvenes adultos -cercanos a la treintena- que se reúnen para festejar un cumpleaños. Ellos no se han frecuentado desde que concluyeron la universidad; lo cual origina que este encuentro porte revelaciones y sorpresas. Dicha posibilidad se potencia a medida que avanza la noche y, con ella, el consumo de alcohol y otras sustancias.

    La estructura dramatúrgica de la obra se vale de la alternancia entre escenas colectivas y cuadros donde interactúan dos o tres personajes. Así, las diferentes dinámicas grupales logran un mayor desarrollo durante las escenas de carácter íntimo.

    ‘Fragmentos’ propone un grupo de personajes diversos desde la lógica del arquetipo: la novia dulce, la amiga ‘loca’, la chica sexy, la mujer histérica, el gay sensible, el machito gracioso, el joven exitoso. Sin embargo, estas características terminan decantando en estereotipos. Los cuales reflejan -no queda claro si intencionadamente- muchas de las taras de nuestra sociedad: el machismo, el racismo, la homofobia.

    Ello se puede apreciar analizando las características de los diferentes personajes. Y es que los hombres de ‘Fragmentos’ se asocian a un imaginario masculino convencional y carente de matices: el joven exitoso e infiel, dueño de un departamento de lujo; el machito gracioso, incorrecto y libertino; el muchacho conflictuado, débil y ‘cornudo’; el amigo gay, intelectual y sensible.

    Por otro lado, los personajes femeninos portan varios de los estigmas machistas: la novia dulce, víctima de infidelidad; la chica sexy, con una sexualidad flexible y desbocada; la mujer amargada, agresiva y cruel; la amiga ‘loca’, víctima de una sensibilidad que no puede controlar.

    El estilo del montaje es naturalista, destacando por su oralidad fresca, coloquial. El tono por el que se opta es el de la comedia dramática. Pero su humor resulta básico y portador de varias de las taras mencionadas anteriormente. Se apela al chiste machista, a la burla del cuerpo ajeno, a la broma homofóbica, al humor racista.

    Y cuando la obra pone en cuestión este tipo de comportamiento lo hace recurriendo a un nuevo estereotipo. Pues quien se opone a estos discursos es el amigo gay; desde el cliché de una supuesta sensibilidad y corrección política inherente a él.

    Los elementos de drama que propone ‘Fragmentos’ se concentran en la sexualidad de los personajes y en una infidelidad develada al final de la obra.

    El tema sexual es abordado a partir de la condición del amigo gay y la bisexualidad de dos de las mujeres. Ello abona al desarrollo de nuevos patrones machistas y homofóbicos -la mujer que experimenta porque está confundida, la mujer bisexual sexy e insaciable, el hombre gay que intenta probar con una mujer-, omitiendo cualquier observación sobre la sexualidad de los personajes hetero.

    Meritoria resulta la estructura de develamiento de la infidelidad existente entre las dos parejas estables. Ésta se va desarrollando hacia la última parte de la obra, pero se encuentra justificada en pequeños detalles colocados a lo largo del montaje. Esta situación permite un desenlace efectivo -adornado con un acto de violencia- que invita a la finalización de la fiesta y la partida de los invitados.

    ‘Fragmentos’ es un montaje que se sostiene en el talento y capacidad del grupo de actores que conforman su elenco. Propone una lógica de comedia dramática, con interesantes recursos de flash back, pero su apuesta humorística es básica y le resta profundidad al contenido de sus momentos dramáticos. Esto se debe a que apela a varias de las taras con las que convivimos como sociedad, pero lo hace de manera superficial; sin asumir ninguna responsabilidad sobre la violencia que sus textos expresan.

    Y es que el humor de ‘Fragmentos’ no es el de la sátira costumbrista, pues no invita a la reflexión ni a la catarsis. Es un humor hegemónico. Ramplón, pero legitimado.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Carlos Galiano.

    En escena: Manuel Gold, Karina Jordán, Mayella Lloclla, Sebastián Monteghirfo, Mikhail Page, Gisela Ponce de León, Jely Reátegui, André Silva.

  • CRÓNICA. Microteatro – Por terror

    En su local del distrito de Barranco, Microteatro presenta su temporada número 24 bajo el título de ‘Por Terror’. Dentro de este concepto se agrupan diez obras, de quince minutos de duración, que se definen como thriller, suspenso, terror, danza teatro, horror y comedia.

    La presente temporada ofrece variedad de lenguajes y desiguales resultados. Uno de los mayores retos de este formato de obras breves es el de plantear una situación y una atmósfera en poco tiempo; y en el lapso restante desarrollarla con eficiencia. A continuación se ofrece un repaso por su cartelera vigente (*).

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    ‘Nigeru  (huye)’ plantea su situación dramática con prontitud pero sin apuro. Una joven recién llegada a la ciudad de Tokio ha sido acogida por un compatriota. Mientras la pareja de jóvenes conversa una extraña mujer aparece en escena; pero ellos no son capaces de verla. Así, a partir del insólito ambiente generado por esta presencia fantasmal, la obra decanta hacia un desenlace siniestro.

    La propuesta dramatúrgica de ‘Nigeru  (huye)’ es eficiente en tanto plantea una situación, crea misterio y propone inesperados giros dramáticos para llegar a su resolución. La puesta en escena y la dirección son efectivos en el uso de los recursos visuales -la puerta del fondo por donde cruza la extraña mujer- y escenográficos -la ambientación del reducido espacio como un pequeño departamento en Tokio-.

    Sin embargo, la uniformidad del código actoral debilita la atmósfera de misterio. Y es que las interpretaciones -pese a las diferencias de planos de realidad- se desarrollan en las mismas claves -orales y físicas- del naturalismo cotidiano.

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    Antes de ingresar a la sala donde se presenta ‘La decisión’ un personaje enmascarado se dirige al público, le expone las reglas de comportamiento y menciona la presencia de dos prisioneros. Así, desde el inicio, la obra resuelve funcionalmente asuntos de producción -ordenar a los espectadores, pedir que apaguen sus celulares- y entrega información sobre la situación dramática -un personaje que lidera, dos personajes encerrados-.

    En el piso de un cuarto vacío yacen un hombre y una mujer. Ambos están encadenados desde uno de sus pies hacia una pared. Al despertar, la tensa dinámica existente entre ellos otorga pistas sobre su relación. Son hermanos y ninguno de los dos sabe cómo ha llegado hasta ahí.

    Si bien hasta este punto ‘La decisión’ ha planteado con eficiencia el tono de suspenso, a medida que avanza la obra éste pierde fuerza y decae en una dramaturgia plagada de explicaciones retóricas y discusiones redundantes.

    Y es que el personaje enmascarado es quien especifica -con voz en off, en un tono innecesariamente engolado- las reglas de un perverso juego en el que los hermanos se han visto envueltos. La confusa explicación debilita la progresión dramática y atenta contra el ritmo de la puesta en escena.

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    En penumbras, a contraluz, el movimiento de una masa conformada por dos cuerpos constituye una imagen insólita: la de un ser con elementos humanos reconocibles y, a partir de ellos, monstruoso.

    ‘Monstruo’ -propuesta de danza teatro- plantea este inicio para luego develar a dos cuerpos que, a través del vestuario y el maquillaje, se complementan de manera extravagante: medio cuerpo masculino, medio cuerpo femenino.

    La pieza propone diferentes estados desde las lógicas del movimiento. Los más efectivos alternan entre el humor y el misterio. Pero cuando el comportamiento corporal de las intérpretes se normaliza, y deja de lado la singularidad en sus acciones, la propuesta decae y pierde ritmo y sorpresa. Ello sucede, especialmente, cuando apuesta por las estructuras coreográficas más tradicionales.

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    El  pequeño espacio que funge como escenario es ambientado como el estudio de una escritora. Ella se encuentra trabajando hasta que se ve interrumpida por el sonido de gritos y golpes que llaman a su puerta. Es una desconocida en apuros, y se siente obligada a ayudarla dejándola entrar a su casa. A partir de ese momento la relación entre ambas mujeres tendrá giros violentos y sopresivos.

    La propuesta dramatúrgica de ‘La escritora’ administra con solvencia la información que cada personaje va ofreciendo. Asimismo, la dirección guía con atinado pulso los ritmos de la puesta. Ello permite que las peripecias se desarrollen manteniendo la expectativa sobre cuál de los dos personajes se encuentra realmente en peligro…hasta llegar a un inesperado y sangriento final.

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    ‘Yo soy Lorena Bobbit’ propone una estructura dramatúrgica compleja y eficiente. Combina momentos narrativos y dramáticos que toman como punto de partida la relación marital entre Lorena y John Bobbit, hasta llegar a los violentos hechos acontecidos en 1989.

    El montaje, si bien se rige a una progresión informativa, logra crear y sostener un ambiente  de tensión. Y es que, pese a la brevedad de la obra, ésta logra contener abundante información sin que ello resulte pesado ni confuso.

    Destaca el ritmo que impone la dirección y el tono que sostienen los actores. Ello permite que la alternancia entre presente y pasado, narración e interpretación, testimonio y ficción, se desarrolle con fluidez dentro de la pieza.

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    En ‘Zoocosis’ el ambiente es oscuro y austero. Dos mujeres, vestidas con harapos, deambulan en el espacio. Mientras una repite una letanía, la otra bebe sus orines. No queda claro cómo llegaron a ese lugar, pero se intuye que el encierro las ha afectado física y sicológicamente. La tensa dinámica de la convivencia lleva la relación al borde de la violencia física.

    En un momento, de manera inesperada, un actor -sentado entre el público- realiza comentarios sobre el comportamiento de las mujeres. El sonido de sus palabras, similar a una voz en off, evoca a los narradores de los documentales sobre animales; una mezcla de explicación y voz del pensamiento.

    Ello cambia cuando el actor se ubica frente al público y explica que las mujeres viven ese encierro como parte de un juego/experimento al que los asistentes se encuentran invitados.

    Este giro dramático, sostenido en la explicación retórica, plantea una ruptura con las convenciones iniciales de la obra -misterio, silencio, pocas palabras, violencia física- y anula la posibilidad de una solución dramática más consecuente y menos ‘explicada’.

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    El público se ubica en dos frentes. Al medio, y junto a una mesa, se encuentra sentado un hombre. Ingresa al espacio una mujer e inicia un interrogatorio. Ella es una detective. Él, un sacerdote acusado de asesinar a un miembro de su cofradía; acción que él reconoce pero busca justificar.

    ‘Nuestra señora’ propone un duelo verbal entre ambos personajes. Además de argumentar, cada uno posee un objetivo: la detective, doblegar al sacerdote; el religioso, mantener la compostura y evitar un castigo judicial.

    La polémica constante otorga datos que ponen en contexto los hechos que llevaron a los personajes a su actual situación. Además de ello, acumula una tensión que solo es resuelta con un inesperado desenlace.

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    ‘La cucaracha’ se diferencia del resto de obras por ser una comedia. El público se ubica frente a un sillón donde se encuentra sentada una pareja. Ellos observan una película hasta que aparece una cucaracha. La mujer, asustada, conmina al marido a atraparla.

    A partir de ese punto, la obra tiene un giro que se aleja del elemento del miedo -el insecto- para concentrarse en una discusión sobre las capacidades sexuales del esposo. Este giro, si bien puede resultar válido dentro de las convenciones de la comedia, resulta fallido.

    Ello se debe tanto al abandono total de la convención dramática inicial, como a la nula progresión del nuevo planteamiento. Y es que la obra redunda en las mismas preguntas, respuestas y gags, apelando a que una situación sea suficientemente divertida y jocosa por el solo hecho de hablar sobre sexo.

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    (*) Por complicaciones de programación y horario no se pudo concretar el registro de las obras ’13 de mayo’ y ‘Una bala para nuestro amor’.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Nigeru (Huye).

    Dirección: Federico Abrill.

    Dramaturgia: Federico Abrill.

    Interpretación: Fernando Castañeda, Alejandra Nuñez Y Wenddy Nishimazuruga.

    Género: Thriller.

    La Decisión.

    Dirección: Rodrigo Falla Brousset.

    Dramaturgia: Caroline Comstock.

    Interpretación: Esteban Philipps Y Vera Pérez-Luna.

    Género: Suspenso.

    Monstruo.

    Dirección: Ana Lucía Saavedra.

    Dramaturgia: Ana Lucía Saavedra.

    Interpretación: Sandra Miranda Y Ana Lucía Saavedra.

    Género: Danza Teatro.

    La Escritora.

    Dirección: Gean Pool Uceda.

    Dramaturgia: Natalia Bonifaz Y Diana Moscoso.

    Interpretación: Natalia Bonifaz Y Diana Moscoso.

    Género: Terror.

    Yo Soy Lorena Bobbit.

    Dirección: Raúl Sánchez Macmillan.

    Dramaturgia: Oswaldo Estrada Rondón.

    Interpretación: Andrea Montenegro y Yamil Sacin.

    Género: Thriller Documental.

    Zoocosis.

    Dirección: Paola Terán.

    Dramaturgia: Emilie Kesch Y Paola Terán.

    Interpretación: Mónica Ross, Piera Del Campo Y Juan Manuel Ochoa.

    Género: Horror.

    Nuestra Señora.

    Dirección: Franco Iza.

    Dramaturgia: Arabela Bartra.

    Interpretación: Miguel Iza Y Arabela Bartra.

    Género: Suspenso.

    La Cucaracha.

    Dirección: Rodrigo Falla Brousset.

    Dramaturgia: Gerard Green.

    Interpretación: Sergio Paris Y Marisol Aguirre.

    Género: Comedia.

  • CRÓNICA. Recuerdos con el señor Cárdenas

    La obra ‘Recuerdos con el señor Cárdenas’, escrita y dirigida por Patricia Romero, presentó su temporada en el teatro del Centro Cultural de la Universidad de Lima.

    Esta obra expone el drama de una mujer sumergida en los recuerdos de su niñez. Sus monologantes reflexiones alternan con la representación de diversos pasajes de su infancia; imágenes de su vida familiar desarrolladas durante la violenta época de los años ’80.

    Para concretar los distintos espacios temporales el montaje se vale de una propuesta escenográfica plástica, arriesgada y funcional. El escenario semi vacío -solo se encuentran un par de tarimas y una escalera inconclusa- representa la vieja casa de la familia, hoy en decadencia. Pero sobre ella cuelgan sillones, bancas, mesas, muebles. Estos elementos descienden para ser parte de los recuerdos de la protagonista. Ello genera un ambiente de ensoñación, de fantasía y misterio, propios de la nostalgia de la protagonista.

    Los recuerdos de la mujer se centran, principalmente, en las dinámicas que compartía con su abuelo. Así, salidas al parque, paseos en auto, o tardes de televisión, son representadas por una jovencísima actriz y un actor entrado en años. Estas escenas componen una atmósfera tierna y cálida, y ayudan a perfilar las características de un personaje entrañable: un abuelo cariñoso, protector, gracioso y dicharachero.

    A medida que el montaje avanza la estructura dramatúrgica se complejiza. Pues, a la mencionada convivencia de distintos planos temporales se le suma la de diferentes niveles de realidad. Y es que, en los recuerdos de la protagonista, las lógicas se alteran para, por ejemplo, permitir que los vivos puedan discutir con los muertos.

    De esta manera, se asientan nuevas convenciones sobre el funcionamiento de la memoria: inevitablemente fragmentaria, incompleta, discontinua. Y, desde esa lógica, la obra presenta un grupo de personajes cuya relación con la familia es diversa, pero que tienen algo en común: componen un cuadro de la época a partir del rol que les toca vivir durante el asedio terrorista que sufrió la ciudad de Lima.

    Así, el empleado de la casa es miembro sendero luminoso, el mecánico sufre el robo del auto del abuelo (que será usado para una acción subversiva), el tío es víctima del atentado de la calle Tarata, un amigo muere producto de un accidente durante un apagón.

    Esta secuencia de muerte y destrucción se desarrolla en paralelo al proceso de enfermedad, decadencia y deceso del abuelo. Y esta época triste y violenta, este tránsito de la ternura y la alegría a la tristeza y el horror, será el origen de los futuros temores e inseguridades de la protagonista.

    Sin embargo, al llegar a este punto la acción de la obra se diluye. Y es que una vez expuesta la atmósfera de la época, la relación con el abuelo y el destino de los personajes, lo que sigue es una abundante presencia de discurso retórico por parte de la mujer.

    De esta manera, mientras la protagonista expone reiteradamente su incapacidad para abandonar la casa, para dejar atrás sus recuerdos, para superar su tristeza, los diferentes personajes vuelven a aparecer. Esta vez lo hacen para despedirse y/o justificarse. Así, el tono inicial de misterio y ternura da paso a estado lastimero y edulcorado; en el cual todos los personajes se excusan de su comportamiento y reciben la indulgencia de la protagonista.

    Es aquí donde ‘Recuerdos con el señor Cárdenas’ expone niveles desiguales en su dirección y su dramaturgia.
    Y es que la puesta en escena logra componer con eficacia los diferentes planos temporales y niveles de realidad, desarrolla una inteligente cuota de misterio, a la que suma ternura y humor. Además de un fino pulso en la dirección de los actores (especialmente en las dinámicas entre la niña y el abuelo).

    Sin embargo, la propuesta dramatúrgica pierde rumbo una vez que las situaciones de los personajes evocados concluyen. A partir de ese momento la obra cae en la redundancia del dolor, el discurso retórico y la tentación de la moraleja.

    Y es que la convención inicial -una mujer estancada en sus recuerdos-, si bien resulta un interesante reto para una propuesta de dirección, termina entrampando su desarrollo en una letanía pasiva y lastimera.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Patricia Romero.

    En escena: Alberto Herrera Jefferson, Víctor Prada, María del Carmen Sirvas, Lolo Balbín, Zoe Arévalo/Luciana Monteverde, Martha Figueroa.

    Diseño de escenografía: Beatriz Chung.

    Realización de escenografía: Alexander Sermeño Álvarez.

  • CRÓNICA. Financiamiento desaprobado

    En el Auditorio del Lugar de la memoria, la tolerancia y la inclusión social se presentó ‘Financiamiento desaprobado’, obra escrita por Tirso Causillas y dirigida por Nani Pease. Este montaje tuvo una primera temporada entre los meses de abril y mayo de este año. En dicha ocasión se presentó en el Auditorio AFP Integra – MALI.

    Un par de catres, una mesa, una silla, un banco y muchas cajas acumuladas a lo largo del escenario definen el espacio escénico de ‘Financiamiento desaprobado’. Éste representa la vivienda de un joven y su padre, quien padece el  mal de Alzheimer. El desorden y la precariedad que exponen los elementos escenográficos grafican con claridad la forma de vida de ambos personajes.

    El hijo, un artista escénico semi desempleado, se encuentra a cargo del cuidado de su padre enfermo. El joven, a través de extensos monólogos pone al espectador en contexto de su situación, que es la situación dramática de la obra: su padre se ha extraviado.

    La estructura dramatúrgica de ‘Financiamiento desaprobado’ alterna los monólogos del hijo -a medio camino entre la anécdota cotidiana y la confesión personal- con la inserción de interacciones y manifiestos de los otros personajes: la madre, que una vez separada se va a trabajar fuera de país; la tía, preocupada por la salud de su hermano enfermo pero sin asumir mayor compromiso sobre éste; el policía, que combina una actitud de formalismo con un aura de aprovechamiento y corrupción; y el padre, que en su delirio ofrece información sobre sus personales obsesiones.

    Este intercambio entre diálogos y monólogos alterna, a su vez, con saltos temporales explícitos.

    Así, durante la primera parte de la obra se puede conocer acerca del paulatino proceso de deterioro laboral, emocional y mental del padre; y la incapacidad del hijo para hacerse cargo de la situación.

    Del mismo modo, se puede apreciar las distintas maneras que eligen los personajes para tomar posición frente al drama del hombre enfermo y extraviado. Y cómo estas posiciones personales entran en tensión al confrontarse entre sí.

    Así, el reproche, la culpa, el irrespeto, el rencor y la indiferencia, se ponen de manifiesto en la interacción entre los personajes.

    Esta primera parte, si bien por momentos resulta extensa y redundante, logra -dentro de su caos- armonizar y componer un universo de desasosiego familiar y, especialmente, de decadencia emocional en el personaje del hijo; el cual resulta, al menos en esta primera parte, el protagonista de la obra.

    La estructura del texto propone una segunda parte que se destaca por los saltos temporales y espaciales entre las acciones -e inacciones- de búsqueda del hijo con los delirios y el extravío del padre enfermo.

    En esta segunda parte abundan los diálogos. Los monólogos ya no son de contexto y, en este caso, corresponden a los desvaríos y obsesiones del hombre extraviado.

    Así, se ahonda triste y alegóricamente en su drama. Él, un funcionario del Ministerio de Educación que, luego de ser retirado de su trabajo, debió acostumbrarse a contratos temporales y extensas etapas de desempleo. Un hombre entregado a su trabajo que pasó sus últimos años de lucidez bajo la expectativa de encontrar financiamiento para sus proyectos.

    Por ello sus alegatos, carentes de interlocutores, abordan sus más profundos intereses: sus proyectos de educación rural, sus posiciones de izquierda, sus actitudes nacionalistas.

    En paralelo, las escenas del hijo viajan temporalmente entre la mención a sus búsquedas -visita a hospitales, a la morgue, interacción con la policía- y una extensa discusión con su mejor amigo. En ella, borracho, admite sentirse incapaz de hacerse cargo de la situación y el alivio de pensar que, con su padre muerto, todo haya terminado.

    Esta progresión de escenas entre la búsqueda-aceptación y el delirio-decadencia lleva la obra hacia un desenlace inevitable y fatal, aunque no explícito.

    ‘Financiamiento desaprobado’ expone así un drama triste e inevitable: el de una persona -y una familia- enfrentada al Alzheimer. El hecho de plantear la anécdota desde la perspectiva del hijo genera que tome matices de honestidad brutal.

    Y es que el hijo, en su incapacidad emocional para hacerse cargo -más aún sin compañía ni contención-, asume con crudeza su desidia, su culpa y su agotamiento.

    Sin embargo, el comportamiento del resto de personajes no mejora el cuadro. Pues, ¿quién se hace cargo de una situación de ese tipo?, ¿a quién le corresponde?, ¿cómo se lidia con la salud mental en situaciones de precariedad económica y de hacinamiento?

    Lamentablemente, las posiciones excesivamente arquetípicas de los personajes de la madre ausente y de la hermana quejosa le restan matices y profundidad a este cuestionamiento.

    Ello, y el exceso de información de contexto, generan una atmósfera redundante que atenta contra el valor de los matices de la obra. Y es que el montaje -y el texto- padecen de un estancamiento en la atmósfera de drama en una situación que ya resulta dramática.

    Con esta afirmación no se pretende negar la atinada presencia de momentos de humor. El cual comparte texturas de crueldad y ternura.

    También debe destacarse el aporte musical de un guitarrista que, a un lado del escenario -como un músico callejero-, acompaña el desarrollo de la obra. Su presencia sonora resulta importante en tanto aporta en la construcción de atmósferas urbanas -el espacio nocturno donde se desenvuelve el hijo- como en la composición de ambientes rítmico-dramáticos.

    Asimismo, la convención escénica, que permite que todos los espacios ficcionales -calle, comisaría, casa de la tía, etc.- se desarrollen dentro del cuarto, y que los saltos temporales fluyan con claridad, merece ser destacada.

    ‘Financiamiento desaprobado’ es la historia de dos seres frágiles y su incapacidad para salir adelante juntos. Dos seres que, por diferentes razones, se encuentran en un estado de confusión.

    El universo del padre -anclado en los años ’70, con su dependencia del Estado, su lenguaje oficinesco, su interés en proyectos educativos, sus ideales sociales- resuena como discursos de un tiempo ya perdido.

    El universo del hijo -con múltiples intereses pero sin un norte claro, agobiado por las responsabilidades, sin soporte emocional- lo hace ver como alguien incapaz de lidiar con los cambios.

    Ambos personajes, en conjunto, conforman un cuadro que puede funcionar como una metáfora de (los ideales de) la izquierda peruana: viajando entre el olvido, la confusión y el extravío.

    Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: Tirso Causillas.

    Dirección. Nani Pease.

    En escena: Carlos Victoria, Tirso Causillas, Lilian Nieto, Sylvia Majo, Sammy Zamalloa y Emmanuel Caffo.

    Asistencia de dirección: Angel Valdés Monges.

    Dirección de arte: Aaron Rojas.

    Musicalización: Loko Perez.

    Producción general: /Otro/Colectivo Teatro.

  • CRONICA. Ñaña

    ‘Ñaña’, es el nombre de la obra escrita y dirigida por Claudia Tangoa que se presenta en Amaru Casa Cultural del distrito de Barranco. La sala de esta vieja casona ha sido acondicionada con sillas y muebles, buscando la visibilidad de los espectadores y, a la vez, tratando de no perder la calidez y la cercanía. Ello favorece a la atmósfera íntima del espectáculo.

    ‘Ñaña’ presenta la historia de dos hermanas desde la perspectiva de una de ellas: la mayor. Ella es una joven limeña  cuya familia, originaria del oriente peruano, adopta y se hace cargo de una joven en estado de abandono.

    La sucesión de anécdotas que conforman la dramaturgia de esta obra es planteada desde el lenguaje narrativo y el dramático; sumando a ello distintas capas de realidad.

    Así, al inicio del montaje las actrices se presentan y exponen, desde su rol de intérpretes, el contexto de la obra. Se dirigen al público y, rompiendo la cuarta pared, narran las circunstancias en las cuales la madre de la hermana mayor se vincula con la niña.

    La mujer se entera que la menor ha sido violada por su padrastro y se hace cargo de la denuncia policial. Posteriormente, luego de que la niña pasa varios años bajo custodia del Estado, la familia logra acogerla y trasladarla a Lima.

    Esta parte introductoria se sostiene en los monólogos de las actrices -que alternan roles como intérpretes y como personajes – y por breves inserciones de diálogos o representaciones de las situaciones narradas.

    Este juego de narración-actuación es administrado con tino, tanto a nivel rítmico como informativo. Y permite que la obra decante paulatinamente hacia el universo del lenguaje dramático.

    Ello sucede en lo que podría identificarse como la segunda parte del montaje. Ésta se sostiene en la dinámica de interacción entre las dos hermanas: la mayor, ofreciendo soporte y contención; la menor, no siendo capaz de adaptarse a su nueva vida.

    La estructura dramatúrgica concatena una serie de situaciones cotidianas y desacuerdos periódicos para conformar, progresivamente, lo que será el conflicto central de la obra: la contradicción entre el anhelo de la hermana mayor de acoger a la joven, y las dificultades de ésta para adaptarse a su vida en Lima.

    Es aquí donde ‘Ñaña’ asume uno de sus mayores riesgos. Y es que, al plantearse la historia desde la perspectiva de la hermana mayor, es su universo cultural -imaginario de vida, de trabajo, de vivienda, de relaciones- el que entra en conflicto con el de la joven adoptada. Así, se camina por el borde de una mirada limeñocentrista sobre ‘el deber ser’.

    Sin embargo, el fino trabajo de las intérpretes, con su cuidado detalle en las miradas, gestos, sonrisas y reacciones, transmite complicidad y empatía. Y desde esa empatía expone el grado de complejidad de la relación entre los personajes.

    Quizá la mejor muestra de ello es el momento en que la joven logra ponerse en contacto con su antigua familia, con el fin de retornar a su pueblo. Y es que el trabajo actoral expone tanto la emoción de quien llama, lista para partir, como la mezcla de decepción, alegría y alivio de su hermana y cuidadora.

    Así, ‘Ñaña’ -con profunda atención en los detalles del texto y la puesta en escena- invita al público a dejar atrás sus premisas culturales y sociales para empatizar desde la sonrisa, la emoción o el dolor.

    ‘Ñaña’ sale del circuito de salas tradicionales de la ciudad de Lima y se adapta con solvencia a las características de una vieja casona barranquina. El espacio escénico está delimitado por una alfombra y un breve pasillo. En este territorio se representan diferentes ambientes geográficos y temporales. Para ello se recurre a una escenografía  y utilería mínimas: un par de sillas y algunos cambios de vestuario.

    Algo aparatosa resulta la instalación de luces. Pero ésta no afecta la perspectiva del montaje. Y es que todos los equipos se encuentran fuera de escena. Con ello, el intimismo de la puesta se ve favorecido con el delicado y eficiente diseño lumínico con que cuenta.

    Finalmente, la música y la proyección de videos aportan en la construcción de atmósferas narrativas y poéticas, además de ofrecer alternativas rítmicas al montaje.

    ‘Ñaña’ es una obra que habla del abandono, del abuso y de los espirales de violencia. De la salud mental y del descuido por parte del estado de las poblaciones más vulnerables.

    Plantea una batalla (todavía) perdida por el encuentro, pese la distancia cultural. Se acerca al planteamiento de un ‘deber ser’ desde occidente-Lima, pero reta al público a la posibilidad de conocer otras formas de sentir.

    [Lucy: “…y de vez en cuando dirijo mis obras de teatro”.

    Elisa: “¿Y por qué de vez en cuando”.

    Lucy: “Porque es difícil. El teatro es complicado, demanda mucho esfuerzo, mucha plata. Es jodido”.

    Elisa: “Ah, no te gusta”.

    Lucy: “No. Sí me gusta. Lo que pasa es que, ¿cómo te explico? Cansa. El teatro cansa”.

    Elisa: “La chacra también cansa. Pero me gusta”].

    Así, con inteligencia y ternura, ‘Ñaña’ cumple con la misión de confrontar dos universos distintos que viven dentro de un mismo país.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Claudia Tangoa.

    En escena: Anahí de Cárdenas, Verony Centeno.

    Asistencia de dirección: Telmo Arévalo.

    Dirección Audiovisual: Julián Amaru Estrada, Rodo Abdias Arrascue.

    Dirección Musical: Alejandro Rivas, María Laura Bustamante.

    Dirección de arte: José Balarezo.

    Diseño de iluminación: Julián Amaru Estrada, Rodo Rodolfo Arrascue.

    Producción ejecutiva: Silvia Tomotaki.

  • CRÓNICA. Ciudad cualquiera

    En el teatro del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico se viene presentando ‘Ciudad Cualquiera’, obra escrita y dirigida por Renato Fernández.

    ‘Ciudad Cualquiera’ está compuesta por  las historias de diferentes personajes que conviven en la misma ciudad. Así, se expone lo que le sucede al ‘chico que extrañaba pero al que no extrañaron tanto’, a la ‘abuela que no fuma (pero ahora sí)’, al ‘viejo de 25 años’, al ‘último romántico (que ya no lo es)’ o a la ‘psicóloga deprimida’; entre otros.

    Estas historias acontecen en el lapso ficcional de una semana, tiempo que transcurre entre que ‘el profesor más querido’ anuncia su futuro suicidio en la plaza principal de la ciudad y el día que debe cumplir con el acto.

    El montaje se vale de la presencia de cinco actores-narradores, quienes alternan la narración y contextualización de las situaciones de cada personaje con la interpretación de las mismas. Así, cada intérprete cumple más de un rol durante la puesta en escena.

    Para ello se plantea una convención que queda clara desde el inicio de la obra: los intérpretes ingresan con un vestuario neutro -como si fuera su indumentaria cotidiana- y cada vez que deben interpretar a algún personaje portan una o dos prendas que sirven para identificarlos.

    Esta alteración en el vestuario es visible para el público, ya que los elementos a usar se encuentran sobre dos mesas ubicadas a ambos lados del escenario. Así, reducida la parafernalia y expuesta la transformación, el rol de los intérpretes cobra mayor importancia; especialmente a partir de la exigencia actoral que demanda las visibles transiciones entre un rol y otro.

    La propuesta escenográfica también refuerza la decisión de centrar la atención en el trabajo del actor. Y es que en ‘Ciudad Cualquiera’ el espacio escénico se compone de un piso a dos niveles, una escalera que no va a ningún lado y una pared de fondo; todo en color amarillo.

    La ausencia de mayores elementos -salvo algunas sillas que entran y salen de escena- sobre los dos niveles del piso facilita la creación de las convenciones para la ubicación de las historias en los diferentes espacios ficcionales (casas, parque, calles, etc.).

    Las formas y los colores de la estructura escenográfica imprimen una doble lectura simbólica. Por un lado, la escalera de fondo y el color amarillo invitan a identificar a esta ciudad cualquiera con Lima. Pero, además, el tono juguetón de la estructura escenográfica refiere a un ambiente infantil, tierno, (pre) escolar.

    Esta última interpretación se alimenta del estilo amable -al límite de la condescendencia- que impone la narración y de la propuesta lúdica de los nombres de los personajes.

    Dicho esto, se puede afirmar que ‘Ciudad cualquiera’ se sostiene notablemente desde las interpretaciones, la propuesta escenográfica y las decisiones de la dirección. Logra, con solvencia, poner en escena un texto complejo que alterna narración y representación.

    Sin embargo, las exigencias de la propuesta dramatúrgica proponen más de una reflexión.

    Y es que ‘Ciudad cualquiera’, a partir de fragmentos, logra construir una gran atmósfera. Una atmósfera misteriosa, lúdica, infantil, reflexiva y, a la vez, contenedora de varias historias que componen la historia de un lugar.

    El texto se sostiene en las características del lenguaje narrativo. Una narración que acumula situaciones a partir de personajes que llegan a ser entrañables. Y, desde ese lugar la dramaturgia asume el riesgo de, al abrir tanto su abanico de anécdotas y personajes, al ampliar tanto sus referencias, no concretar una única historia o reflexión. O perdiendo ritmo.

    Y es que al no contar con una historia, anécdota o personaje que la sostenga en el tiempo -aunque las historias de la pareja de jóvenes y la del profesor suicida lo pretendan- la obra llega a un punto donde inevitablemente se siente larga y la atención decae.

    Este, evidentemente, es un riesgo que asume el dramaturgo-director. Así, la obra apela a que cada espectador pueda recoger las ideas que lo impacten mejor, aún bajo la posibilidad que éstas se diluyan en un cúmulo de frases bellas, inteligentes y tiernas.

    ‘Ciudad cualquiera’ es una propuesta inteligente y arriesgada. Con un aura que evoca a ‘Historia de Cronopios y de Famas’, de Julio Cortazar, reflexiona sobre el amor, el entendimiento, la incomprensión, la soledad, la necesidad de imaginar, la trascendencia, la vanidad. Lo hace también sobre la vida y la convivencia urbana, expone el modo en que diferentes vidas se conectan brevemente entre sí, los momentos de notoriedad social -vergonzosa o trascendente-, y la forma en que un personaje puede ser querido y respetado o resultar invisible para los demás.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Renato Fernández.

    En escena: Giovanni Arce, Andrea Luna, Óscar Meza, Marcello Rivera, Vanessa Vizcarra.

    Asistencia de dirección: Eliana Fry García Pacheco.

    Diseño de escenografía: Ana Chung.

    Diseño de vestuario: Magnolia López de Castilla.

    Diseño de iluminación: Mario Bassino.

    Diseño Sonoro: Francisco Haya de la Torre, Erick del Águila.

  • CRÓNICA. Hecho en China

    ‘Hecho en China’ es un espectáculo multidisciplinario presentado, bajo el apoyo de Iberescena, en el espacio cultural La Fabrica-Casa Vecinal del distrito de San Luis.

    ‘Hecho en China’ plantea una experiencia escénica y sensorial. Esta se pone de manifiesto aún antes de haberse iniciado la acción. Pues el público no se dirige a un recinto minutos previos a la función. En vez de ello, es citado a un lugar donde abordará un bus que lo conducirá a la ‘Fabrica de la Felicidad’. Este breve tránsito entre una zona residencial, rodeada de edificios de la oficialidad cultural (*), y el barrio obrero donde se ubica La Fabrica-Casa Vecinal, propone un viaje entre realidades distintas que conviven en menos de dos kilómetros de distancia.

    El arribo y el ingreso al espacio se realizan en una atmósfera de misterio. Las pautas de traslado se dictan en silencio. Ello, y el desconocimiento de la ruta que debe recorrer el espectador, genera un ambiente de expectativa.

    El público, ubicado en un patio y sin referente visual de un ‘escenario’, puede divisar a varios estrambóticos personajes emplazados a lo largo de un altillo. Uno de ellos, usando un micrófono, da la bienvenida a los visitantes. Se da inicio, así, a una secuencia de acciones que conforman un collage de imágenes sin un sentido, a primera vista, aparente.

    A medida que la puesta en escena avanza los intérpretes desarrollan sus acciones en diferentes puntos del espacio. Suben, bajan, se trasladan entre el público. Los personajes surgen de improviso y sus directivas sorprenden al espectador. Una anfitriona los dirige y ofrece lecciones de salud corporal. Otros personajes deambulan entre los asistentes e interactúan a partir de una conversación, una frase o una oferta (como la venta de bebidas).
    El carnaval de imágenes, el caos sensorial, se apodera del espacio. Ingresa un cantante de huaynos modernos e improvisa un concierto, un intérprete se desnuda, otros ofrecen servicios diversos; mientras personajes travestidos bailan entre el público.

    La calma llega. Un performer invita a los asistentes a probar una sopa recién preparada; entretanto, otro les lee la suerte. Ambos generan un ambiente de ritualidad cotidiana, desprovista de pompa y ceremonia.

    Se abren nuevos espacios donde se pueden ver espectáculos de feria. Y es que el lugar se ha convertido en un bazar popular. La calma cesa. Se inicia una procesión. La ritualidad andina convive con un pogo rockero. Todo ello rodeado de burbujas. Se reinicia la fiesta.

    ‘Hecho en China’ parece no tener sentido. No desde las lógicas escénicas convencionales, desde la narratividad de la palabra o el orden de acción-consecuencia. Más que proponer una historia, construye una atmósfera; a la que se suma la teatralidad de las imágenes y acciones. Su estética bizarra, su permanente generación de estímulos sensoriales, su caótica libertad, evoca al ambiente del emporio de Jirón Gamarra. Una ciudad/fábrica que incluye edificios y calles. Los materiales de desecho y reciclaje, la ropa y la basura, y un costurero que trabaja sin desmayo así lo confirman.

    Sin embargo, debajo de toda la parafernalia posmoderna, de la acumulación de acciones e imágenes, queda la sensación de superficialidad estética, de ausencia de contenido, de festejo autorreferencial.

    (*) La cita para tomar el bus es en la explanada del Ministerio de Cultura, en el distrito de San Borja.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Milagros Esquivel.

    En escena: Miguel Campana, Rossy Chávez, Ricardo Delgado Ayala, Milagros Esquivel, Hugo Espinoza, Emilio Iturbe Kennedy, Leny Luna Victoria, Augusto Montero, Alonso Núñez, Jackie Quino, Arnold Quiroz Bocanegra, Jorge Baldeón, Mirta Urbina Johnson, Diana Ruth Zamora, Moisés Najarro, Carla Martel.

    Colectivos artísticos implicados: Generarte, Angeldemonio, elgalpon.espacio, Raumkay, Colectivo Oso de Agua.

    Producción: Generarte.

  • CRÓNICA. Territorio vertical

    ‘Territorio Vertical’ es el título de una pieza de danza interpretada por Inés Coronado. Esta obra se presentó en diferentes espacios de la ciudad a lo largo de septiembre y octubre, adaptándose a contextos diversos. La dirección estuvo a cargo de Carla Coronado.

    En sus publicaciones en la red social Facebook la pieza se define como una “auto performance” en la cual “Inés explora la búsqueda del equilibrio generando gestos corporales que cuestionan los límites del cuerpo danzante, del cuerpo bípedo, del cuerpo ‘normal’”(*).

    Esta definición se aproxima al hecho que la intérprete se enfrenta, en escena, a una partitura de acciones y movimientos desde un cuerpo que -debido a un accidente- se ha visto limitado en su movilidad.

    Así, ‘Territorio Vertical’ tiene de performance, en tanto los límites físicos a enfrentar son reales; pero también de testimonio, si entendemos este desde las lógicas abstractas de la danza contemporánea.

    La estructura coreográfica de la pieza se divide en cuatro momentos que marcan una progresión desde el piso hasta el logro de la posición vertical. Esta sencilla línea narrativa se enlaza con una metáfora del proceso de recuperación y acondicionamiento corporal.

    Así, en el primer momento la intérprete se encuentra en el piso, y desde este espacio desarrolla una propuesta de movimiento que metaforiza el re-conocimiento corporal. En el siguiente cuadro, una pareja de barras con diferentes niveles de altura -cual barras asimétricas- definen el espacio coreográfico. El vínculo con estos elementos transita desde la imagen-acción, donde evocan a los pasamanos de terapia física, hasta su manipulación para la construcción de formas y la indagación en diversas posibilidades de composición.

    En el tercer momento se incorpora el uso de un par de muletas. El trabajo desarrollado con estos elementos permite la aparición de nuevas formas de traslado y construcción de imágenes. Finalmente, despojada de todo elemento, la intérprete consigue ponerse de pie y poner fin a su viaje físico y metafórico.

    El discurso que porta ‘Territorio vertical’ es conmovedor y potente. Por un lado confronta al espectador con la batalla física real de una persona y, simultáneamente, es un silencioso alegato político en favor del reconocimiento de las diferencias.

    Debe destacarse especialmente la sobriedad en el tratamiento de la condición física de la intérprete. La pieza evita en todo momento que su potencia dramática decante por la afectación o la amargura. Tampoco cae en la tentación de proponer un final edulcorado. De esta manera, se aleja ética y estéticamente del recurso de la condescendencia; tan habitual en el tratamiento público de las discapacidades físicas.

    Sin embargo, esta decisión de no subrayar en escena la condición de la intérprete carga consigo algunos matices que pueden llevar a la confusión. Y es que para un espectador que desconoce los antecedentes de la pieza, y de sus creadoras, pueden no quedar claras las premisas performáticas y testimoniales. Esto se debe a que Inés Coronado, desde su práctica como bailarina y acróbata, y su potente búsqueda creativa actual, logra moverse con fluidez, tono y eficiencia. Su ejecución bien podría parecer, y que bueno que así sea, la de alguien que ‘representa’ su condición.

    Ello plantea algunas paradojas a la dirección, ¿cómo ser consecuente con la búsqueda ética y estética y a la vez ser claro en el mensaje?, ¿cómo proponer con claridad un discurso de desde la diversidad corporal trabajando con un cuerpo entrenado?

    ‘Territorio Vertical’ arriba a estas paradojas desde su compromiso. Propone y confronta desde el reconocimiento de un cuerpo diverso. Y, a partir de él, de todas las diversidades. Evita el dramatismo porque su objetivo no es conmover, aunque lo consiga, sino la búsqueda -desde y a través del cuerpo- de un discurso igualitario.

    (*) Textos e imágenes tomadas de aquí y aquí.

    Co-creación e interpretación: Inés Coronado.

    Dirección: Carla Coronado.

    Escenografía: Carlos Olivera.

    Vestuario: Ana Chung.

    Edición de sonido: Mauricio Llona.

  • CRÓNICA. Casa de perros

    En el auditorio de ICPNA de Miraflores se presenta ‘Casa de perros’, obra escrita por Juan Osorio, bajo la dirección de Jorge Villanueva y la producción del Teatro de la Universidad Católica.

    ‘Casa de perros’ propone una historia ambientada en una hacienda en Oyotún, al norte del país, durante el primer año de la Reforma Agraria. A este lugar retorna un joven luego de un año de ausencia. Su llegada, y la forma en que se vincula con el pueblo, genera un permanente estado de tensión. Y es que él busca develar algunos misterios sobre sucesos que la comunidad, para su convivencia pacífica, ha optado por dejar en el olvido.

    La batalla del protagonista por lograr su objetivo -saber qué fue lo que pasó con su hermano muerto- se enfrenta a los intereses de su padre y su cuñado, quienes se encuentran en campaña política para gobernar el pueblo. Así, se expone con dureza cómo los intereses personales y la búsqueda del poder pueden estar por encima de los principios familiares.

    La progresión de la obra, que incluye la paulatina exposición de secretos personales y colectivos, se desarrolla en un clima de misterio. Éste se sostiene tanto en los planos de la realidad -el florecimiento de secretos- como en los de lo fantástico -la presencia fantasmal de un grupo de mujeres-.

    La complejidad del texto, y la abundancia de personajes, permite que la obra aborde diversos matices de esta comunidad cooperativista: la tradición agraria, la duda general sobre el futuro -seguir trabajando la tierra o tentar el progreso en la ciudad-, la búsqueda de un líder al cual someterse -expresando una especie de nostalgia del patrón-, la presencia de rencillas personales y políticas, y una constante atmósfera de inamovilidad barnizada por la superstición.

    Asimismo, la obra aporta una mirada sobre el rol de las mujeres en las comunidades agrarias durante estos particulares tiempos de cambio: la mujer como fuerza de trabajo, la mujer como engendradora de vida, la mujer en pugna entre el sometimiento y la búsqueda de un futuro diferente.

    Finalmente, ‘Casa de perros’ expone una manera de entender el ejercicio del poder que se sostiene, más allá de posiciones ideológicas, en una visión autoritaria y corrupta.

    Esta diversidad temática se hace posible gracias a un continuo balance en el protagonismo de los personajes principales e, inclusive, de los corales (el pueblo, las mujeres aparecidas).

    La puesta en escena cuenta con una escenografía minimalista y modular que le permite intercambiar espacios internos -la sala, la cocina- y externos -el campo, la plaza-. Así, mediante el traslado de algunos pocos elementos, el montaje consigue fluidez en el tránsito entre escena y escena.

    Misterio, extrañamiento e inmovilidad caracterizan el tono de la puesta. Su ritmo pausado, especialmente durante el primer acto, permite que toda la información que portan los diversos personajes sea adecuadamente atendida.

    Éste ritmo es intervenido, a modo de desfogue, por escenas corales sostenidas en el texto y/o el movimiento. Ello sucede, principalmente, en los momentos del trabajo campesino. En éstos, los intérpretes manipulan atados de caña, con los cuales componen cuadros coreográficos y teatrales.

    Esta apuesta de alternancia rítmica y visual no evita que la parsimonia inicial afecte a la percepción total del montaje. Y es que un texto que cuenta con tantas piezas para armar -personajes, anécdotas, secretos- corre el riesgo de resultar demasiado extenso. Así, la dirección asume los riesgos de plantear un estilo que prioriza el adecuado procesamiento de la información.

    Sin embargo, la estructura de develamiento progresivo permite que la última parte del montaje desfogue con solvencia los niveles de tensión acumulado. Y así, al llegar al desenlace final, construya una imagen ritual que plantee una atmósfera sanadora que purgue la historia de los personajes.

    ‘Casa de perros’ es una obra que se ambienta durante el periodo de la reforma agraria pero que no necesariamente la aborda de lleno. Está más cerca del drama familiar, al que se suman las intrigas de un pueblo chico, que del drama histórico. Es el protagonista, en su búsqueda de la verdad, el que devela matices particulares -relaciones de poder, democracia cooperativista, corrupción, manipulación- del periodo temporal y el territorio geográfico donde se desarrollan los eventos.

    El componente misterioso y fantástico guía al texto y es adecuadamente sostenido a lo largo de la puesta en escena. Así, los fantasmas de las mujeres, las menciones a los perros muertos y la enunciación de historias y supersticiones, componen una atmósfera sensorial de extrañamiento correspondiente a otro tiempo y espacio. Ello se conjuga en un correcto balance entre un estilo de actuación naturalista que se combina con momentos de carácter simbólico.

    Finalmente, la mención a los perros colgados, o el desenterramiento de cadáveres para darle una sepultura digna -imagen con la que termina la obra-, son claros guiños a una realidad más reciente. E invitan, junto a las claves políticas del montaje, a revisar los paralelos históricos que como sociedad seguimos repitiendo.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia: juan Osorio.

    Dirección: Jorge Villanueva.

    En escena: Stephanie Orué, Ismael Contreras, Irene Eyzguirre, Jorge Armas, Mario Ballón, Julio Lázaro, Alejandra Campos, Sebastián Ramos, Beatriz Ureta, Daniel Cano, Carlos Acosta, Rolando Reaño, Katiuska Valencia, Muki Sabogal, Alfredo Carreño.

    Asistencia de dirección: Rodrigo Chávez.

    Composición musical: Benjamín Bonilla.

    Diseño de escenografía e iluminación: Marcello Rivera.

    Diseño de vestuario: Ramón Velarde.

    Asesoría de movimiento: Mónica Silva.