Etiqueta: teatro y memoria

  • CRÓNICA. Recuerdos con el señor Cárdenas

    La obra ‘Recuerdos con el señor Cárdenas’, escrita y dirigida por Patricia Romero, presentó su temporada en el teatro del Centro Cultural de la Universidad de Lima.

    Esta obra expone el drama de una mujer sumergida en los recuerdos de su niñez. Sus monologantes reflexiones alternan con la representación de diversos pasajes de su infancia; imágenes de su vida familiar desarrolladas durante la violenta época de los años ’80.

    Para concretar los distintos espacios temporales el montaje se vale de una propuesta escenográfica plástica, arriesgada y funcional. El escenario semi vacío -solo se encuentran un par de tarimas y una escalera inconclusa- representa la vieja casa de la familia, hoy en decadencia. Pero sobre ella cuelgan sillones, bancas, mesas, muebles. Estos elementos descienden para ser parte de los recuerdos de la protagonista. Ello genera un ambiente de ensoñación, de fantasía y misterio, propios de la nostalgia de la protagonista.

    Los recuerdos de la mujer se centran, principalmente, en las dinámicas que compartía con su abuelo. Así, salidas al parque, paseos en auto, o tardes de televisión, son representadas por una jovencísima actriz y un actor entrado en años. Estas escenas componen una atmósfera tierna y cálida, y ayudan a perfilar las características de un personaje entrañable: un abuelo cariñoso, protector, gracioso y dicharachero.

    A medida que el montaje avanza la estructura dramatúrgica se complejiza. Pues, a la mencionada convivencia de distintos planos temporales se le suma la de diferentes niveles de realidad. Y es que, en los recuerdos de la protagonista, las lógicas se alteran para, por ejemplo, permitir que los vivos puedan discutir con los muertos.

    De esta manera, se asientan nuevas convenciones sobre el funcionamiento de la memoria: inevitablemente fragmentaria, incompleta, discontinua. Y, desde esa lógica, la obra presenta un grupo de personajes cuya relación con la familia es diversa, pero que tienen algo en común: componen un cuadro de la época a partir del rol que les toca vivir durante el asedio terrorista que sufrió la ciudad de Lima.

    Así, el empleado de la casa es miembro sendero luminoso, el mecánico sufre el robo del auto del abuelo (que será usado para una acción subversiva), el tío es víctima del atentado de la calle Tarata, un amigo muere producto de un accidente durante un apagón.

    Esta secuencia de muerte y destrucción se desarrolla en paralelo al proceso de enfermedad, decadencia y deceso del abuelo. Y esta época triste y violenta, este tránsito de la ternura y la alegría a la tristeza y el horror, será el origen de los futuros temores e inseguridades de la protagonista.

    Sin embargo, al llegar a este punto la acción de la obra se diluye. Y es que una vez expuesta la atmósfera de la época, la relación con el abuelo y el destino de los personajes, lo que sigue es una abundante presencia de discurso retórico por parte de la mujer.

    De esta manera, mientras la protagonista expone reiteradamente su incapacidad para abandonar la casa, para dejar atrás sus recuerdos, para superar su tristeza, los diferentes personajes vuelven a aparecer. Esta vez lo hacen para despedirse y/o justificarse. Así, el tono inicial de misterio y ternura da paso a estado lastimero y edulcorado; en el cual todos los personajes se excusan de su comportamiento y reciben la indulgencia de la protagonista.

    Es aquí donde ‘Recuerdos con el señor Cárdenas’ expone niveles desiguales en su dirección y su dramaturgia.
    Y es que la puesta en escena logra componer con eficacia los diferentes planos temporales y niveles de realidad, desarrolla una inteligente cuota de misterio, a la que suma ternura y humor. Además de un fino pulso en la dirección de los actores (especialmente en las dinámicas entre la niña y el abuelo).

    Sin embargo, la propuesta dramatúrgica pierde rumbo una vez que las situaciones de los personajes evocados concluyen. A partir de ese momento la obra cae en la redundancia del dolor, el discurso retórico y la tentación de la moraleja.

    Y es que la convención inicial -una mujer estancada en sus recuerdos-, si bien resulta un interesante reto para una propuesta de dirección, termina entrampando su desarrollo en una letanía pasiva y lastimera.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Patricia Romero.

    En escena: Alberto Herrera Jefferson, Víctor Prada, María del Carmen Sirvas, Lolo Balbín, Zoe Arévalo/Luciana Monteverde, Martha Figueroa.

    Diseño de escenografía: Beatriz Chung.

    Realización de escenografía: Alexander Sermeño Álvarez.

  • CRÓNICA. La hija de Marcial

    ‘La hija de Marcial’, obra escrita y dirigida por el cineasta Héctor Gálvez, se presentó en el Teatro Juan Julio Wicht del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico.

    En la oscuridad de la sala, una atmósfera sonora envuelve a la platea. Un reiterativo llamado de cuerdas con toques andinos precede la aparición, en medio de penumbras, de un hombre que trabaja la tierra con un pico. Su accionar marca un ritmo visual y sonoro; el cual se ve alterado por la irrupción de un sonido distinto. El hombre se detiene, se agacha, busca entre la tierra, saca de ella una prenda de lana. Se pone de pie, convoca a otro personaje, ambos se santiguan frente al hoyo en la tierra.

    Así, sin palabras, Gálvez introduce al público en la dinámica de ‘La Hija de Marcial’: la historia de un cuerpo que aparece, contada a través de la espera, los silencios, la construcción de atmósferas.

    La obra, ambientada en un pueblo del ande peruano, expone la historia de una joven cuya vida se ve trastocada por el accidental hallazgo del cuerpo de su padre desaparecido. Un poblador encontró el cadaver mientras iniciaba las obras para una construcción dentro de su propiedad. La relación entre este hombre y la joven es tensa, pues el proceso legal necesario para retirar el cuerpo, y realizar su entierro, posterga el inicio de sus actividades.

    De esta manera, mientras la joven se enfrenta a las presiones del propietario del terreno, debe lidiar -a través del alcalde del pueblo- con la burocracia estatal. Mientras, en simultáneo, se confrontar emocionalmente con su historia familiar -la desaparición de su padre, la decadencia de su madre- y con cómo ésta afecta a su relación con el resto del pueblo.

    Gálvez propone un código de actuación naturalista, pero no resiga la presencia de elementos simbolistas. Así, la manera en que presenta a  un grupo de viudas y sus deudos desaparecidos -dos actores desnudos portando flores-, o a la madre en el recuerdo de la hija -uno de los actores inclinado, portando un sombrero sobre su espalda- disloca la continuidad estilística;  sorprendiendo y fortaleciendo el extrañamiento de una atmósfera ya cargada por el peso de una historia sin visos de resolución.

    El ambiente de permanente tensión que ofrece el montaje se apoya en la progresión de la anécdota y el permanente roce entre sus personajes, además del aporte de los elementos lumínicos, visuales y sonoros.

    Y es que ‘La hija de Marcial’ ofrece un cuidadoso diseño de luces. Éste combina acertadamente atmósferas de color con la opacidad de las sombras, construyendo espacios igualmente opresivos y bellos. A ello se suma la ya mencionada efectividad de los ambientes sonoros y la presencia de una proyección de video -al fondo y en lo alto del escenario- que, con paisajes de amanecer o noches estrelladas, fortalece y acompaña las atmósferas temporales y dramáticas de la obra.

    La propuesta escenográfica combina realismo y practicidad. En el fondo del escenario una pared que representa la fachada del antiguo colegio del pueblo delimita el espacio escénico. Este elemento le genera un peso excesivo al diseño, pues el resto de ellos -a la izquierda, una carpeta; a la derecha, una vieja mesa-, facilitan el tránsito de la protagonista entre los diferentes espacios físicos y temporales y dinamizan una propuesta cuyo foco se encuentra en el centro del escenario -donde se ubica la tierra levantada que luego es adornada como una tumba-.

    La estructura dramatúrgica de ‘La Hija de Marcial’ alterna lugares y conflictos en las cuales la protagonista se confronta con las demandas del pasado y la familia -un padre al que solo conoció por referencias, las promesas hechas a la madre-, y de la realidad presente -el propietario del terreno, las viudas, el novio, el Alcalde, la relación con el pueblo-.

    De esta manera, hilando entre esos encuentros, ‘La Hija de Marcial’ expone la realidad a la que se enfrenta una persona en la búsqueda de darle sepultura a un familiar detenido y desaparecido; y la silenciosa y tensa relación que sus acciones generan en el resto de su comunidad.

    Ello va aportando pistas sobre la razón de la muerte del padre e invita a intuir el desenlace. Es aquí donde aparece una de las debilidades del montaje. Pues, al existir una sospecha sobre lo que ocurrirá -develamiento de las razones de la muerte del padre por sus vínculos con los grupos violentistas, negativa del pueblo al enterramiento del cadáver en el cementerio local- la demora en la resolución de los acontecimientos genera un desgaste en la expectativa del espectador. (*)

    Sin embargo, esta espera, y el extenso drama que vive la protagonista, abre la silenciosa posibilidad de acercar al público a plantearse nuevas miradas sobre la memoria de la violencia que vivió el país en el periodo ’80-2000.

    Y es que ‘La hija de Marcial’ trasciende al discurso hegemónico -el de un enemigo vencido por un salvador- y al oficial -del campesino entre dos fuegos-, y se acerca a las pequeñas historias que pueblan la memoria del pasado reciente. Así, nos enfrenta al derecho de una joven -inocente- a enterrar a su padre -victimario-. Nos confronta con la posibilidad de entender que han existido roles superpuestos e intercambiables entre víctimas y victimarios. Y nos acerca a la pregunta acerca de nuestra mirada sobre el estigma que cargan los hijos de estos últimos.

    Gálvez tiene el gran mérito de convocar la complejidad de los estudios históricos y antropológicos en una historia, en una anécdota, y lograr ponerla en escena con solvencia. Agrega a ello el hecho de lograr que un elenco diverso en formación, estilo y edades logre componer un código actoral homogéneo que dialogue con la cuidadosa composición de atmósferas sonoras y visuales.

    (*) Esta afirmación se puede poner en cuestión si se piensa en un público que no esté al tanto del proceso de violencia sufrido en el país entre 1980 y el 2000.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Héctor Gálvez.

    En escena: Beto Benitez, Kelly Esquerre, Gerald Espinoza, Julián Vargas.

    Dirección adjunta: Maricarmen Gutierrez.

    Diseño de escenografía: Juan Sebastián Domínguez.

    Diseño de iluminación: Mario Bassino.

    Diseño de vestuario: Ramón Velarde.

    Realización de videos: Aldo Cáceda.

    Diseño sonoro: Santiago Pillado-Matheu.

  • CRÓNICA. Discurso de promoción

    ‘Discurso de Promoción’ es el más reciente montaje del Grupo Cultural Yuyachkani. Esta creación colectiva, dirigida por Miguel Rubio, actualmente se encuentra en temporada en la casa del grupo, ubicada en el distrito de Magdalena del Mar.

    En la línea que distingue a este colectivo teatral, ‘Discurso de Promoción’ es una obra que indaga sobre el Perú. Esta vez, con la mirada puesta en el cercano festejo del Bicentenario de la Independencia nacional.

    En este montaje, Yuyachkani plantea el uso de dos espacios bien definidos. En el primero, utiliza diferentes ambientes de su casa, plantea una acción teatral única y recurre al costumbrismo y el expresionismo. El segundo, se desarrolla en la sala teatral y toma la convención de la primera parte para derivar por diversos universos temáticos a través de metáforas visuales y sonoras.

    Yuyachkani involucra al espectador desde el momento que éste ingresa a su casa. El primer salón se encuentra decorado con imágenes de tamaño natural de personajes ilustres de la Independencia nacional. Así, pueden apreciarse  las estampas de José de San Martín, Simón Bolívar, José de Sucre, Micaela Bastidas y Túpac Amaru II. Todas ellas inspiradas en la iconografía escolar de las láminas ‘Huascarán’ y los libros de texto.

    Los siguientes espacios serán los propios de una kermesse escolar. Alumnos y profesores del Colegio 2021 (“Rumbo al Bicentenario”) invitan a participar al público en diversos juegos -la mayoría, vinculados al imaginario patriótico-, mientras que en el patio se desarrolla el show de talentos.

    Es durante la presentación de los diferentes números artísticos, y en la interacción con los personajes, que la propuesta concreta su carácter kitsch. Este se percibe ya no exclusivamente en la decoración -las imágenes de los héroes, las banderas, los cuadros- y en el accionar expresionista de los actores; sino también en la exhibición de una serie de patrones culturales vinculados al patriotismo.

    En esta primera parte ‘Discurso de Promoción’ pone el foco en los clichés de lo patriótico. En la tradicional reiteración de actos y comportamientos que han ido perdiendo sentido a medida que se convierten en una serie de acciones grandilocuentes y superficiales; pero emotivamente efectivas. La selección musical de temas emblemáticos del cancionero nacionalista, y la irrupción de una banda escolar interpretando una marcha militar (‘Los peruanos pasan’), es la muestra final de ello.

    Esta versión naturalista y -quizá- exagerada de los comportamientos formales de la exaltación nacional concluye con el ingreso a la sala teatral; donde los alumnos del Colegio 2021 ofrecerán su discurso de promoción.

    Ya en la sala, y sin un frente fijo, los espectadores se acomodan en los bordes mientras observan a los actores accionar y desplazarse. Uno de ellos prepara el espacio, otro traslada un grupo de carpetas ordenadas a modo de escultura móvil. Todos concluyen -ataviados con el tradicional uniforme único escolar- alrededor de las carpetas. Una actriz corona la escultura cargando sobre su cabeza el Escudo Nacional.

    La convención ha cambiado. El expresionismo tradicionalista muta hacia algo todavía indefinible. Sin embargo, el montaje aún recurre a la palabra. Se propone un espacio de transición que expone y justifica el cambio de lenguajes escénicos.

    Así, en un pequeño estrado -frente al cual el público se ubica- los alumnos anuncian la presentación de una obra de teatro que han preparado. Antes de iniciar, ellos evidencian abiertamente los desacuerdos que tienen sobre el punto de inicio de su historia (que es la historia nacional). Este conflicto  llega al límite cuando se exhibe el famoso cuadro ‘La proclamación de la Independencia’ de Juan Lepiani.

    Frente a esta icónica imagen varios personajes realizan reflexiones y denuncias. Se reclama por la ausencia de indígenas, de afroperuanos y de mujeres en este histórico espacio de representación. Se hace alusión al permanente silenciamiento de estos grupos sociales en la historia oficial. Se demanda abiertamente la necesidad de contar la historia de nuevo, de negar como ha sido contada.

    Este momento, quizá demasiado retórico y excesivamente aleccionador, es la transición -o la justificación (“hay que encontrar otras maneras de contar la historia” dice uno de los personajes)- a la caravana de imágenes en que se transforma ‘Discurso de Promoción’.

    A partir de este momento, el espectáculo carece de un único frente. Ello genera que el público deba convivir en el mismo espacio con actores y personajes.

    Vale la pena hacer esta diferenciación, pues, a esta altura, ‘Discurso de Promoción’ propone la construcción de escenas cuyos universos temáticos son compuestos por elementos de diferentes lenguajes y estilos. Así, conviven la presencia y la representación; textos escritos, leídos y cantados; música en vivo y grabada; objetos como elemento utilitario y como presencia escultórica.

    Los tránsitos entre cada escena -e incluso dentro de cada una- corresponden a una partitura que apela a lo lógico y a lo sensorial. Cada escena representa una idea global, compuesta por la presencia de diferentes elementos. Pero también, estos elementos -debido a su distribución en el espacio- resultan ser estructuras unitarias con sus propias dinámicas de sentido. Así, orden y caos son aliados en la construcción de cada momento.

    Y en esta feria de los sentidos, en este discurso fragmentario y multi temático, se confunden cuerpos incompletos, vírgenes exóticas, cantantes ciegos, memorias ancestrales, muros de la vergüenza, rockeros quechuahablantes, nuevaoleros de karaoke, anuncios inverosímiles, documentos de la barbarie. Todos ellos componen un conglomerado de eventos que se quedan fuera de la historia oficial. Historias que empañan cualquier festejo posible.

    De esta manera, Yuyachkani expone -con poesía y con crudeza- el drama de los cuerpos violentados en el conflicto armado interno; las campañas de extermino a través de la política de ligadura de trompas; el ejercicio de negación y subestimación, por parte del Estado, de las comunidades andinas y amazónicas en conflicto con las empresas extractivas;  la explotación sexual de millares de niñas, jóvenes y adolescentes en los campamentos mineros de la amazonia; la pobreza y la marginalidad urbana; la discriminación vigente y legitimada en la ciudad capital.

    ‘Discurso de promoción’ propone un viaje que va de lo representacional y cotidiano a lo abstracto. Del costumbrismo reconocible a las historias negadas. Transforma las pulcras imágenes escolares de ‘La Madre Patria’ y sus ‘Héroes’ en una comparsa grotesca y violenta. Confronta la asepsia de la historia oficial con el dolor y la sangre de los dramas reales sin resolución ni justicia.

    El montaje impresiona con la belleza de sus imágenes y la dureza de sus cuestionamientos. Descoloca al observador con su propuesta multidisciplinaria, su contrapunto entre los figurativo y lo abstracto y su constante alteración del ritmo narrativo. Por momentos puede resultar ilegible y confuso (como el país que trata de contar), pero ofrece pistas para guiarse. No pretende contar una historia única, resumida y digerible -resultaría un contrasentido- sino entregar una experiencia basada en referentes (ir)reconocibles.

    Sin embargo, en algún momento el montaje intenta ser explicativo –a nivel histórico y sociológico, cuando menos-. Si bien escénicamente resulta atractivo, su abordaje de la política internacional -el ‘Plan Condor’, la presencia política y militar de E.E.U.U. en América Latina, la geopolítica mundial y el negocio de la guerra- resulta moralizante y pedagógico. Además, abre un nuevo y complejo frente temático que debe dialogar con otro ya inabarcable, cómo es la historia de este país.

    ‘Discurso de promoción’ transita por las teatralidades contemporáneas -el performance, el teatro no representacional, el objeto como valor escultórico-. Sin embargo, es deudora de convenciones tradicionales. Su necesidad de tener una anécdota -un ‘cuentito’- que justifique el tránsito del costumbrismo inicial al devenir posterior no ha logrado resolverse de manera satisfactoria. Ello genera que el montaje se vea tentado a caer en el discurso aleccionador para explicarse a sí mismo.

    Ahora bien, se puede encontrar otra lectura. Y esta tiene que ver con el contexto político y social actual. Un contexto donde se impone una agenda conservadora y corrupta, donde atentar contra los derechos de las mujeres y las minorías es un arma política, donde la negación de la memoria es un fundamento del poder. En esa -esta- realidad, ahorrarse la poesía a cambio de un poco de más que necesario manifiesto, quizá sea lo que corresponda.

    ‘Discurso de Promoción’ involucra al espectador. Genera un espacio de convivencia entre público e intérpretes. Consigue que todos los presentes sean parte de una misma ritualidad. Así, más que una obra para contemplar, el montaje resulta una experiencia.

    ‘Discurso de Promoción’ pone el cuerpo del actor como eje de la puesta. Un cuerpo entregado como destino de los pesares de la historia. Un cuerpo que se acerca metafóricamente a los cuerpos desaparecidos, esterilizados, asesinados, prostituidos. Un grupo de cuerpos multi generacionales que se preguntan sobre el teatro y sobre el país. Un país que celebra efemérides negando los cuerpos de sus ciudadanos.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sbre ‘Discurso de Promoción’ aquí.

    Concepto y dirección: Miguel Rubio Zapata.

    Directora Asistente: Lucero Medina Hu.

    En escena: Jorge Baldeón, Daniel Cano, Augusto Casafranca, Ana Correa, Ricardo Delgado, Milagros Felipe Obando, Marco Iriarte, Felipe Luck, Lucero Medina, Gabriela Paredes, Rebeca Ralli, Teresa Ralli, Alejandro Siles, Julián Vargas.

    Textos y asesoría literaria: Benjamín Sevilla.

    Asesoría en dramaturgia sonora: Pablo Sandoval Coronado.

    Diseño de iluminación: Ricardo Delgado.

  • ENTREVISTA. Natalia Cuellar y Compañía ‘Ruta de la memoria’

    La Facultad de Artes escénicas de la Pontifica Universidad Católica del Perú realizó -entre el 26 de septiembre y el 1 de octubre- el Encuentro Andanzas 2016. Dicho evento estuvo conformado por actividades académicas y artísticas, y tuvo como sedes al campus universitario y al teatro del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores.

    Parte del programa de actividades artísticas fue la presentación del espectáculo ‘Cuerpo quebrado’ de la compañía chilena ‘Ruta de la memoria’. Este montaje, estrenado en el 2008, aborda, desde un enfoque de género, la historia de mujeres embarazadas retenidas en los centros de detención y tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet.

    ‘Ruta de la memoria’ desarrolla sus trabajos a partir de las posibilidades escénicas que brinda el teatro Butoh; lenguaje escénico y de movimiento que surge en Japón después de la Segunda Guerra Mundial. En ‘Cuerpo quebrado’ son tres mujeres quienes construyen escenas y atmósferas que sugieren las distintas etapas del proceso de detención, tortura y desaparición.

    En dicho montaje, a la presencia de un lenguaje corporal que apela por la torsión y la crispación se suma una cuidada estética minimalista apoyada desde el ambiente sonoro, el video y el diseño lumínico. Todos estos elementos sostienen una propuesta escénica físicamente potente y narrativamente dolorosa y cuestionadora.

    Advenedizo Digital Conversó con Natalia Cuellar, actriz formada en el Teatro Butoh, intérprete y directora de la compañía ‘Ruta de la memoria’.

    Advenedizo Digital (ADVZ): ¿Danza Butoh o Teatro Butoh?, ¿Cuál es la definición correcta?

    Natalia Cuellar: Hay que entender que en el universo asiático no existe la diferencia entre teatro y danza, eso es occidental. Para el universo asiático tú eres un intérprete, y en cuanto eres un intérprete tienes una infinita posibilidad de manejo.

    Yo hablo de teatro Butoh porque tiene códigos que están más cerca del teatro que de la danza. En Butoh hay personajes, hay circunstancias dadas, hay espacios internos que determinan donde está un personaje. En cambio, en la danza puedes seguir códigos estéticos o de movimiento sin pensar en una historia o dramaturgia corporal.

    ADVZ: ¿Cómo fue tu formación en Butoh?

    Natalia Cuellar: Yo he tenido la fortuna de haberme formado siguiendo una línea directa de Makiko Tominaga, ella es tercera generación de Butoh. Y mi formación la realicé en Alemania.

    ADVZ: Teniendo en cuenta sus orígenes japoneses, ¿Puede haber un Butoh latinoamericano?

    Natalia Cuellar: Yo creo que sí. El Butoh, finalmente, es una técnica y es un lenguaje. Por lo tanto, para que siga vivo debe pasar por un creador. Pero cada creador tiene una historia política y social, una biografía personal, que no necesariamente está vinculada a Japón. Por ejemplo, yo soy chilena. Tengo una historia y un discurso político, una postura.  Y no tengo nada que ver con Japón. Entonces ¿Por qué voy a reproducir algo que no me pertenece?
    Entonces, del Butoh yo tomo la técnica y la apropio en mi corporalidad, que es una corporalidad latinoamericana. Evidentemente mi Butoh será diferente al de un japonés. Yo no pasé por una bomba atómica, yo pasé por una dictadura, pasé por un exilio.

    ADVZ: ¿Cómo funciona el Butoh con un público no familiarizado con este lenguaje?

    Natalia Cuellar: Normalmente, cuando el público se enfrenta por primera vez al Butoh lo siente muy raro. No sabe que está mirando. Entiende que no es teatro, que no es danza, pero no sabe dónde situarlo. Y necesita situarlo porque es un público occidental.
    Sin embargo, siento que siempre es bien recibido dentro de su extrañeza. Y es que es un lenguaje transgresor, que busca romper un límite en ti. Te va a impactar emocionalmente, visualmente. Puede generar rechazo o cercanía. Creo que eso depende mucho del trabajo del creador. Nosotros hacemos un trabajo político. Yo creo que si tomas una temática que tenga que ver con la realidad de la gente, con este lenguaje, va a ser bien recibido. El público es tocado emocionalmente y se involucra.

    ADVZ: ¿Cuál es el trabajo político de la compañía?

    Natalia Cuellar: Nosotros hablamos de género, derechos humanos y memoria. Y todo eso engloba muchas realidades. Pues si hablas de memoria, nosotros en Chile todavía tenemos rezagos de la dictadura en nuestro cotidiano. Hablamos de género porque la violencia contra la mujer es un cotidiano, desde la publicidad hasta la violencia física concreta. Me parece fundamental hablar de esas cosas, mi pulsión vital me dice hablar de lo terrible, de lo que no quieres ver.

    ADVZ: ¿Cómo está conformada la compañía?

    Natalia Cuellar: Nosotros somos básicamente actores y una bailarina. Todos somos, además, intérpretes de Butoh. Además dentro de la compañía está el codirector –Raymundo Estay, quien también se encarga de la realización de la iluminación-, el productor y nuestro jefe técnico.

    ADVZ: ¿Siempre trabajas con el mismo equipo?

    Natalia Cuellar: Sí. Llevamos 8 años juntos. Las últimas chicas en sumarse lo hicieron hace 3 años. Somos una compañía basada en el engranaje. Se necesitan las ideas, un cuerpo que las represente, un productor que las coordine, un iluminador que proponga un diseño. Funcionamos como un colectivo en constante colaboración. Entiendo que en la compañía somos interdependientes.

    ADVZ: ¿Cuáles son los puntos de partida antes de abordar un nuevo trabajo?

    Natalia Cuellar: Vamos de frente a la sala de ensayo y empezamos con un entrenamiento para repasar los principios del Butoh. Pero nos enfrentamos al tema desde un soporte teórico. Trabajamos con testimonios, fotografías, narraciones, testimonios, vemos películas, vamos al museo, buscamos instalaciones. Llegamos a escena con una investigación previa. Sin esa investigación no veo como se pueda desarrollar la imagen.

    ADVZ: ¿A qué le llamas imagen?

    Natalia Cuellar: Es una imagen interna que te lleva a la construcción corporal y posteriormente a la construcción escénica. Si no tengo esa imagen voy a trabajar sobre una cáscara. ¿Cómo hago una abstracción de la imagen para llevarla a escena?, pues ese es el trabajo que nosotros desarrollamos. La acción física surge a partir de una imagen que tú tienes. Por eso digo que hay códigos de teatro. Hay un objetivo, un súper objetivo, una narrativa; estos personajes tienen una evolución.

    ADVZ: ¿Cómo se toman las decisiones de los elementos de cada montaje?

    Natalia Cuellar: A mí no me gusta mucho llamarme directora, tengo problemas con el término. Yo creo que ordeno la idea. Pero además tenemos algunas premisas, cómo trabajar con el mínimo de elementos. Mientras más minimalista, mejor. Mientras menos movimiento, el universo que te entrego es más amplio. Si te lleno de elementos va a ser más complicado que como público puedas decodificar. Así también pensamos a la luz como un personaje que interviene la escena, interviene una atmosfera, interviene espacios internos y espacios externos.
    Entonces las decisiones se basan en premisas y en la confianza que tengo en la mirada de la gente con la que trabajo; en las personas que diseñan la iluminación, que diseñan el vestuario. La coreografía, por ejemplo, nace de la improvisación de los intérpretes. Yo intervengo muy poco, lo que puedo hacer es proponer un punto de partida.

    ADVZ: ¿Y con la música?

    Natalia Cuellar: Trato de tener silencio y sonido. Trato que la música sean sonidos incidentales. Uso mucho la música negativa que trabajan con sonidos que a veces pueden ser muy desagradables. Eso me parece muy interesante, me parece muy interesante la incomodidad del público.

  • CRÓNICA. Cartas de Chimbote

    El Grupo Yuyachkani presenta una nueva temporada de ‘Cartas de Chimbote’, creación colectiva en homenaje a José María Arguedas. Este espectáculo ofrece, a través de la recolección de documentos legados por el amauta,  un acercamiento a los últimos años de su vida. Así, la correspondencia que enviaba a su psicoanalista Lola Hoffmann y a su amigo John Murra, junto a elementos ficcionales de la novela ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’ – y los diarios y cartas que forman parte de ésta -, son parte del eje dramático que guía el montaje.

    ‘Cartas de Chimbote’ reta al espectador desde su ingreso a la sala de la casa de Yuyachkani. Al entrar se observa cómo el espacio ha sido reducido en su aforo, colocando al público en posición muy cercana al escenario. A ello se suma que el espectador puede ser testigo de la preparación de los actores en la tras escena; pues ésta – ubicada a ambos lados del fondo del escenario – se encuentra cercada por un alambrado que permite ver su interior.

    La neutralidad – alejada de cualquier impostura o deseo de representación – con que los actores se desenvuelven en la tras escena, continúa una vez que están ubicados en el escenario; donde los seis artistas se colocan tras una gran mesa, de manera frontal al público. Cada uno, sentado en una silla – y dejando una séptima libre – porta algunos papeles; los cuales son compartidos, leídos y comentados.

    Así, a medida que se desarrolla la lectura, se entiende que los actores están haciendo la presentación – o introducción – del tema: José María Arguedas.

    Es a partir de ese momento, una vez esclarecida la cuestión a tratar, que cabe preguntarse ¿qué es ‘Cartas de Chimbote’?, ¿es una conferencia?, ¿una mesa redonda?, ¿una ponencia coral?

    Y es que el trabajo de los actores – su disposición en escena, su calidad de energía y tipo de interpretación -, junto a la narración a partir de la lectura de documentos, generan que estas preguntas y dudas sean válidas.

    Sin embargo, mientras el montaje avanza, va ofreciendo matices que complejizan su percepción y ofrece distintas posibilidades de responder las preguntas planteadas líneas arriba.

    Pues, a medida que se desarrolla la obra – y sin dejar de lado su cualidad principalmente documental y expositiva – hacen su aparición breves acciones que ofrecen distintos ‘estados de representación’ y teatralidad. Estas acciones destacan, mayoritariamente, por su brevedad  y sutileza. Así, por ejemplo, el uso de un sombrero, un cambio en el tono de voz o el alejarse del grupo de actores portando una mesa – y desarmando, temporalmente, la mesa principal –, mientras se lee alguno de los textos, permite observar cierto nivel de representación ‘teatral’ (*). Ésta, una vez cumplida su función, se desvanece tan sutilmente como apareció; devolviendo al actor al estado de ‘neutralidad’ (¿o de ‘no representación’?) que guía la mayor parte del montaje.

    El modo elegido para organizar los materiales textuales de ‘Cartas de Chimbote’ es fragmentario. Así, el espectáculo propone una estructura que separa – a modo de capítulos – la correspondencia enviada a Lola Hoffmann, la de John Murra y las anotaciones – ficcionales y documentales – de la novela. Esta separación no impide que existan ciertos elementos comunes a las tres partes. Ello, sumado a los saltos en el tiempo, hace que dichos elementos en común se alejen y retornen de acuerdo a una estudiada arquitectura rítmica, temática y emotiva.

    Ya que, si bien existen diferencias entre lo compartido con Hoffmann (1962-1969) – estados de profundo desasosiego, conflictos sentimentales y sexuales, gran sentido de gratitud y dependencia emocional –  de lo escrito a Murra (1967-1969) – fascinación por Chimbote, dudas y decisiones sobre la novela -, ambas correspondencias comparten con los materiales de ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’ la presencia de pozos depresivos y picos de entusiasmo, las reflexiones sobre el impulso creativo y la exigencia vital de crear, la permanente idea del suicidio y el retorno inevitable hacia la necesidad de pensar y sentir al Perú.

    De esta manera, en los párrafos anteriores se recoge dos de los elementos principales de ‘Cartas de Chimbote’: un universo textual caracterizado por su carácter documental, y una convención escénica que parte de la neutralidad de los actores para viajar por distintos estados de representación.

    Estos elementos, enlazados a lo largo del montaje, están organizados para exponer de manera sensible la dura batalla que entabló José María Arguedas con sus propios conflictos; en especial durante sus últimos años.

    Y es el tratamiento escénico de sus textos lo que permite que el público se acerque a su voz, su personalidad y su obra final, de una manera muy próxima a lo confesional. Ello genera que, pese a lo conmovedores que pueden resultar algunos momentos o testimonios, éstos no caigan en el exceso de dramatismo; siendo profundamente dramáticos, dentro de su sobriedad.

    A esto se suma la estructura fragmentaria, que permite alternar la voz del personaje con la de los actores, los tiempos difíciles con los momentos de entusiasmo, los temas personales con los análisis sociales. De esta manera, se va organizando un adecuado manejo de las tensiones dramáticas.

    En este punto cabe señalar  que, pese a toda la complejidad del universo que propone ‘Cartas de Chimbote’ – a la cual este texto pretende acercarse -, ésta es mostrada desde la simpleza y la austeridad escénica.

    Así, un grupo de actores – acompañados de tres mesas – muestran al personaje con lealtad, admiración y franqueza. Exponen al ‘mito’ como un hombre real; con las miserias y grandezas que eso puede conllevar.

    Y si bien se le puede señalar como una obra para iniciados (la escena de los huevos), o de tener momentos excesivamente crípticos (como en la presencia de algunas canciones en quechua), ‘Cartas de Chimbote’ propone un teatro de riesgo y valentía; con el que construye una dramaturgia física y textual rica en matices y símbolos.

    Y entonces, ¿qué es ‘Cartas de Chimbote’?, ¿es una conferencia?, ¿una mesa redonda?, ¿una ponencia coral?

    Quizá la última escena del montaje pueda ofrecer un indicio para responder estas inquietudes. Pues, la ruptura de la cuarta pared, el compartir los alimentos con el público, la presencia de la imagen final, nos muestran a un grupo de artistas construyendo un ritual en homenaje a un maestro. Un ritual  – tal como lo son el teatro, la conferencia o la ceremonia de duelo – donde el público está invitado a ser parte; invitado a rendir homenaje a ese  “peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

    (*) Ello no excluye la existencia de escenas donde se aprecia una teatralidad más ‘densa’; con la  presencia de personajes construidos desde la acción corporal, la impostación vocal, el uso de elementos y la presencia de vestuario – o la aparición de personajes enmascarados -.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    En escena: Ana Correa, Augusto Casafranca, Débora Correa, Julián Vargas, Rebeca Ralli y Teresa Ralli

    Concepto y dirección: Miguel Rubio Zapata.

    Directora asistente: Milagros Felipe Obando.

    Producción general: Grupo Cultural Yuyachkani.

    Productora asociada: Socorro Naveda.

    Investigación: Grupo Cultural Yuyachkani, Luis Rodríguez Pastor.

    Musicalización: Grupo Cultural Yuyachkani.

    Diseño sonoro: José Balado.

    Equipo plástico: Edmundo Torres, Mariano Márquez, Lili Blas, Paul Colinó, Segundo Rojas, Hugo Mendoza, Juan Miguel Verástegui.

    Creación Colectiva de Yuyachkani.

  • CRÓNICA. La Cautiva

    ‘La Cautiva’, dirigida por Chela De Ferrari, y escrita por Luis Alberto León, se encuentra actualmente en temporada en el teatro ‘La Plaza’ de ‘Larcomar’.

    ‘La Cautiva’ se desarrolla en una morgue de Ayacucho, durante la ‘Semana Santa’ de 1984. Así, la acción se ve situada en la región más golpeada por la violencia política; y en uno de los años con mayor cantidad de víctimas mortales que tuvo esta etapa de nuestra historia.

    El montaje se vale de una escenografía y ambientación realista; recreando de la manera más veraz posible una morgue, en una ciudad de las alturas, a mediados de los años ‘80: paredes descascaradas, iluminación pobre, sonido de radio, anotaciones en pizarras, presencia de camillas, utensilios, cámaras frigoríficas y cuerpos.

    Las interpretaciones durante la primera parte del montaje – donde se presenta rápidamente el contexto y el conflicto de la obra – son de estilo naturalista. Los cuales, a la vez que dialogan adecuadamente con la escenografía y la ambientación ya descritas, presentan el carácter de los personajes. Por un lado, un médico lo suficientemente curtido como para tomar distancia emotiva de la muerte que lo rodea. Por el otro, un auxiliar que no evita verse afectado; tanto por el entorno, como por las atrocidades que va descubriendo.

    Este estilo realista se mantendrá hasta el arribo del conflicto de la obra: el auxiliar recibe órdenes de preparar el cuerpo de una adolescente asesinada para que sea objeto de necrofilia por parte de una tropa del ejército. A partir de este momento, y a través del drama ético del auxiliar, el montaje iniciará una mutación en su estilo, tratamiento visual y sonoro.

    Así, si en un inicio el montaje era realista y concreto – teniendo perfecta concordancia entre ambientación, texto y acción -, éste irá girando hacia un tratamiento visual y sonoro con mayor simbolismo; a través de la composición de imágenes, de la iluminación y de la música.

    Asimismo, los contenidos de los textos y las relaciones entre los personajes cambian a partir del surgimiento del diálogo entre la joven muerta y el auxiliar. Siendo esta relación fantástica entre ambos – en la cual no queda claro, ni es relevante, si es el cadáver quien cobra vida para comunicarse; o si se está representando la neurosis del auxiliar – la que guia el desarrollo de la obra hasta llegar a su desenlace final.

    Expuesto lo anterior, puede entenderse a la estructura de la obra como una anécdota breve – demasiado dura, terrible y concreta – intervenida por un largo ‘intermedio’ de reflexión, duda y fantasía.

    De ser así, ¿Cuál sería el rol de ese ‘intermedio’ fantástico?

    Técnicamente podría afirmarse que éste cumple funciones de contextualización. Los testimonios de la joven muerta dan información de su vida, su deceso, su entorno; los cuales representan el proceso y el martirio de toda una región. Dichos testimonios amplifican el conocimiento de los hechos que se desarrollaban alrededor de la vida del personaje, de manera tal que lo trascienden.

    Además, se debe mencionar que la mayor parte de esta información es presentada de una manera poética; tanto a nivel oral, como visual y físico. Y es en estos momentos donde ‘La Cautiva’ rompe con su premisa inicial de un teatro que pretende representar a la realidad tal cual es, intentando copiarla. Pues, se tiene un montaje que inicia con un paisaje concreto y sin posibilidad de simbolismo alguno; donde los textos, las interpretaciones, la escenografía, la ambientación y la utilería tratan conformar una réplica de la realidad. Sin embargo, llegado a un punto, pasa a convertirse en otro montaje, donde son las voces y los cuerpos de los actores los que construyen la realidad; donde una camilla puede ser un cerro, donde una morgue puede ser un jardín. Se convierte en un montaje donde una breve coreografía puede mostrar, simbólicamente, al drama del cuerpo de un personaje, como el drama del cuerpo de toda una sociedad; resumiendo en sus imágenes todos los dramas.

    Así, ‘La cautiva’ plantea una estética inicial, y la niega para poder ser. Parte de un teatro más conservador y controlado, y decanta por uno más simbólico – siempre dentro de las premisas retóricas del texto dramático -.

    Puede intuirse, entonces, que el trabajo de contextualización – del anteriormente mencionado ‘intermedio’ – es acompañado de una construcción poética que busca sensibilizar más allá de la narración de hechos de espanto, que elude caer en la simple enumeración del horror, que rehúye convertirse en un informe. Pero que no puede sustraerse – no hay forma de lograrlo, frente a hechos tan desgraciados – del inevitable exceso de drama.

    ‘La cautiva’ es una pieza de teatro que presenta personajes intensos y complejos, evitando caer en la simplificación, los arquetipos y los prejuicios. Cuenta, además, con actores con la sensibilidad y el oficio necesario para representarlos.

    ‘La cautiva’ ofrece una ambientación sonora y lumínica que potencian  y guían la experiencia. Desarrolla, a lo largo del montaje, intensos y hermosos momentos, a través de la composición de imágenes. Y cae también, en ocasiones, en la trampa del melodrama.

    ‘La cautiva’ arriesga a combinar el uso de lenguajes teatrales dentro de una misma propuesta, sin por ello perder sobriedad. Ofrece información histórica repartida de manera inteligente. Arriesga, asimismo, al tomar una anécdota tan concreta y, en el medio de su desarrollo, optar por ampliar la información: corre el riesgo de la redundancia, sin embargo elige contextualizar. Poetiza y embellece, pero no evade la responsabilidad – aunque por momentos tiene la tentación – de dejar que el público pase por el trago amargo de la historia.

    (*) La cautiva se presenta actualmente en el teatro ‘La Plaza’ de ‘Larcomar’. Las funciones son de jueves a martes y continúan hasta el 16 de diciembre. Más información aquí.

    (*) Foto tomada de la página de facebook de ‘La cautiva’.

    (*) Otras notas acerca de la cautiva aquí, aquí, aquí y aquí.

    Dirección: Chela De Ferrari.

    Dramaturgia: Luis Alberto León.

    En Escena: Nidia Bermejo, Alaín Salinas, Carlos Victoria, Emilram Cossio, Jesús Tantaleán, Rodrigo Rodriguez.

    Director Asistente: Carlos Galiano.

    Escenografía: Chela De Ferrari y Luis Alberto León.

    Coreografía: Ana Correa.

    Diseño y Producción Sonora: José Balado.

    Diseño de Iluminación: Jesús Reyes.