Categoría: crónica

  • CRÓNICA. 1956: Puertas sin manijas

    Entre el 15 y 17 de junio se presentó, en el auditorio de ICPNA de Miraflores, la compañía húngara INVERSENDANCE. ‘1956: puertas sin manijas’ fue el espectáculo que, dirigido por el coreógrafo Zoltan Fodor, formó parte del XXIX Festival Danza Nueva.

    El montaje se inspira en un momento histórico de la nación húngara: las manifestaciones del año 1956 en contra de la dictadura comunista. Esta movilización libertaria llegó a convertirse en una revuelta nacional que impactó en la estructura política del país. Ello tuvo como respuesta la posterior invasión del ejército soviético; el cual desbarató la revuelta, dejando a su paso un doloroso saldo de muerte y destrucción.

    ‘1956: puertas sin manijas’ se desarrolla en un espacio vacío. Tiene como elemento escenográfico una pared blanca en el fondo del escenario. Delante de ella, largos paneles verticales -blancos hasta resultar casi translucidos- generan una perspectiva de distancia, y crean un nuevo nivel de profundidad espacial.

    Seis bailarines conforman el elenco. El vestuario que portan se distingue por una estética invernal, antigua y lejana. Tanto por el color de las prendas -negras, oscuras o en tonos de grises-, como por el largo de faldas, blusas y abrigos.

    La uniformidad del vestuario coincide con la propuesta coreográfica. Pues ésta -si bien cuenta con algunos solos, dúos y tríos- se fundamenta en la composición colectiva. Así, la obra está compuesta, principalmente, por secuencias de movimiento en unísono, variaciones en canon y alternancia, y desplazamientos conjuntos; además de secuencias simultáneas de movimiento dispar.

    ‘1956: puertas sin manijas’ propone un cuerpo dramático. Torsiones, contracciones y desequilibrios conforman buena parte de los cuadros y secuencias. A ello se suman movimientos de ida y retorno, abruptos cortes a secuencias fluidas y movimiento continuo sobre el mismo punto en el espacio.

    El montaje también propone un cuerpo levemente expresionista a partir del uso y presencia de repeticiones, posiciones curvas, columnas vertebrales que se sacuden y cuerpos que van hacia el piso.

    La construcción coreográfica de la obra alterna con eficacia la presencia de secuencias de movimiento y la composición de cuadros metafóricos. Éstos últimos ofrecen las pistas narrativas de la pieza. Muerte, súplica, confabulación, miedo y violencia son expuestos poéticamente por cuerpos que caen, manos que se sacuden, mujeres cargadas en vilo, brazos que cubren rostros, dedos que señalan.

    Esta alternancia de cuadros y secuencias se encuentra brillantemente asociada a la banda sonora de la obra. Electrónica y básicamente minimalista, su presencia sostiene la puesta sin opacar la performance de los intérpretes. Compuesta con atención al desarrollo escénico, la música guía el pulso de cada escena y ayuda a componer las diferentes atmósferas de la pieza.

    Este inventario de los elementos de la obra -movimiento, cuerpo, música, vestuario, escenografía- permite poner en foco los detalles de una arquitectura escénica sólida en su concepto y ejecución.

    ‘1956: puertas sin manijas’ propone una composición colectiva -plástica y coreográfica- que se funda en el concepto de masa, de pueblo, de grupo de ciudadanos. De esta manera, los hombres y mujeres protagonistas de los hechos en que se basa la obra son representados por los seis bailarines.

    ‘1956: puertas sin manijas’ plantea un tipo de cuerpo dramático y expresionista. El cual se opone, dinamiza y equilibra con una propuesta de movimiento fluida y sinuosa. Así, drama y fluidez, facilitan la alternancia rítmica, la dinámica espacial y la creación de una narratividad  que combina lo figurativo y lo abstracto.

    INVERSEDANCE y Zoltan Fodor proponen una danza teatral, y no por ello menos coreográfica. Una danza teatral del movimiento. Exponen hechos históricos de su país, pero consiguen saltar la valla del tiempo y la distancia cultural. Construyen una pieza de danza donde lo coreográfico dialoga con lo plástico y lo sonoro en igualdad de condiciones y mutua interdependencia.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Concepto escénico y coreografía: Zoltán Fodor.

    En escena: Bianka Bódi, Vivien ferencz, Zsóka Lendvay, Mátyás Ruzsom, Zsófia Safranca-Peti, Zsófia Széki.

    Música: Attila Gergely.

  • CRÓNICA. Salvador

    En el Teatro de la Universidad del Pacífico se encuentra en temporada ‘Salvador’, obra de teatro para toda la familia, dirigida por Fernando Castro.

    ‘Salvador’ muestra la historia de un famoso arquitecto que es convocado para la construcción de un puente que unirá dos pueblos. Durante la exposición de sus proyectos -que no satisfacen a los miembros de la comunidad- sufre un accidente que lo hace caer a un río. Mientras es arrastrado por la corriente recuerda imágenes de su infancia que le permiten entender -gracias a la aparición de sus profesores y compañeros de escuela- lo que debe hacer para mejorar en su vida y su trabajo.

    La anécdota de esta obra propone un montaje en dos planos, una historia dentro de otra historia. Así, la primera representa al plano de lo ‘real’; donde los miembros de dos comunidades tienen un conflicto por resolver (la construcción del puente). La segunda historia se encuentra en el plano de lo fantástico: un viaje en el tiempo que muestra escenas de la vida escolar del protagonista.

    En la primera parte del montaje un coro de actores se encarga de exponer el conflicto de ‘los pueblos del choclo y del queso’. Ellos portan como vestuario un sobretodo -de color neutro- que los uniformiza y fortalece la sensación de personaje-colectivo.

    La estructura del texto -conformada por breves diálogos, frases y monólogos- propone una dinámica que intercala a la narración y la representación, así como a la participación individual y grupal de los intérpretes.

    Para la segunda parte ‘Salvador’ presenta un giro en las convenciones teatrales. El diseño escénico -y escenográfico- cambia. Pasa, del espacio vacío del inicio, a la representación lúdica de un salón de clases. Ello, gracias a la presencia de tres elementos: una puerta, una pizarra y una mesa.

    Por otro lado, la acción dramática ya no está a cargo de un coro. Son personajes identificables quienes la exponen y desarrollan: el protagonista, sus compañeros de clase, los maestros.

    Finalmente, el arma narrativa deja de ser la palabra. Omitidos los diálogos y monólogos, la acción se desarrolla por medio del gesto, el ritmo, la acción física y la proxemia. De esta manera, el protagonista y sus dos compañeros exponen, con humor y ternura, la dinámica opresiva -e incluso cruel- de la educación escolar.

    El sentido dramático de esta segunda parte se constituye a partir de la acumulación de situaciones específicas. Así, por ejemplo, un niño es obligado a no usar su mano izquierda, pese a ser zurdo; una niña alegre y activa se ve forzada a tener un comportamiento tímido y pasivo; un niño juguetón y dulce es presionado para ser violento y marcial. Éstas y otras anécdotas del montaje fundan, en conjunto, la reflexión principal de la obra: la manera en que la educación escolar restringe el desarrollo de la propia personalidad.

    El director logra, pese a lo duro de la temática, evitar que el montaje posea un tono denso, melodramático o violento. Ello es conseguido gracias al cuidadoso trabajo de claun, el manejo del ritmo en cada cuadro, las variaciones sonoras entre escenas y el ya mencionado uso de la ternura y el humor.

    ‘Salvador’ concreta su ruta dramatúrgica, entre los dos planos que la conforman, con las escenas de desenlace. Ellas se inician con el rescate del protagonista por los miembros de la comunidad. A partir de ese momento, la obra decanta hacia un final feliz caracterizado por el cierre de los conflictos -se construye un túnel en lugar de un puente-, el festejo de los pueblos y la elaboración de la moraleja: cada persona es única y diferente.

    La resolución dramática de la obra presenta una doble posibilidad de análisis. Por un lado, la complejidad y sofisticación de su estructura requiere de un espectador con algún tipo de entrenamiento teatral. Y es que la presencia de historias subordinadas, el cambio de lenguajes escénicos, la abstracción conceptual de la segunda parte, la alternancia de tiempo y espacio, son características que no resultan necesariamente fáciles de decodificar para un público infantil.

    Sin embargo, si se incluye en el análisis elementos extra teatrales (como la posible dificultad del público infantil de interpretar la obra) vale la pena tener en cuenta que los niños no acuden solos a las salas de teatro. Por lo cual ‘Salvador’ es un tipo de montaje que genera la posibilidad de una necesaria dinámica post-teatral: la conversación entre niños y adultos acerca del espectáculo.

    ‘Salvador’ es un montaje que resuelve con solvencia los retos de una dramaturgia compleja. Alterna estilos, lenguajes, escenografía, diseño y color para construir dos universos identificables. Suma a éstos elementos la presencia de un personaje que compone en vivo las atmósferas sonoras que potencian el tono de cada escena.

    ‘Salvador’ destaca por el breve uso de la palabra y la adecuada resolución dramática sin ella. Las capacidades físicas, lúdicas e interpretativas de sus actores sostienen escenas largas y complejas. Ellos consiguen que el drama sea expuesto en un tono dulce y risueño.

    En ‘Salvador’ se puede identificar la intención de reconocer la presencia del público adulto (lo cual refuerza el concepto de espectáculo ‘para toda la familia’). Ello se aprecia no solo en la reflexión sobre la educación escolar, sino también en la referencia humorística de algunas de las taras de nuestra sociedad. Y es que la dinámica conformada por la dificultad para llegar a acuerdos, seguida de la búsqueda de ‘alguien’ que solucione los problemas, y la posterior insatisfacción con ese ‘salvador’, se encuentra presente en ‘los pueblos del choclo y del queso’ y en nuestra realidad social. El montaje, con su tono lúdico, opone a estas tensiones la posibilidad del acuerdo colectivo, la unión de las comunidades y un fin de fiesta con música popular.

     (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Fernando Castro Medina.

    Dramaturgia: Federico Abrill, Alexa Centurión, Eduardo Ramos.

    Concepto: Eduardo Ramos.

    En escena: Monserrat Brugué, Andrea Fernández, Eduardo Ramos, Lilia Romero, Diego Sakuray, Rolando Añorga, Diego Pérez, Sebastián Ramos.

    Asistencia de dirección: Beatriz Heredia.

    Dirección de arte: Beatriz Chung.

    Música: Lilia Romero.

    Diseño de iluminación: Julio Beltrán.

    Producción general: la Nave Producciones, Centro Cultural Universidad del Pacífico

  • CRÓNICA. Bárbaro

    El pasado 8 de junio se inauguró la XXIX edición del Festival Danza Nueva, organizado por el Instituto Cultural Peruano Norteamericano. En el tradicional auditorio de la sede de Miraflores se presentó ‘Bárbaro’; obra dirigida por Franklin Dávalos y producida por Escena Contemporánea.

    Este espectáculo, creado gracias a una residencia coreográfica en el Centro Danza Canal de Madrid (2016), está inspirado en el poema coreográfico ‘La Valse’ (1920) de Maurice Ravel. En dicha pieza los elementos melódicos aparecen por separado. Y, a medida que avanza, alternan y se superponen hasta llegar a un clímax sonoro intenso y violento. Dávalos elabora una equivalencia de la estructura de Ravel para la composición de su puesta en escena.

    La primera parte muestra a cuatro intérpretes varones alternándose en la ejecución de breves secuencias de movimiento. Éstas se caracterizan por, pese a su diferencia, poseer elementos similares en cuanto a la duración, el desplazamiento y el uso de los niveles.

    A medida que la obra avanza, la alternancia entre las secuencias se combina con la simultaneidad en su ejecución. Ello va generando una atmósfera habitada tanto por la individualidad de cada intérprete, como por la reproducción de patrones colectivos.

    El peso de lo grupal toma un nuevo cariz a medida que, con diversos gestos y acciones, surgen  momentos donde se censura la iniciativa individual. Así, las características particulares no deben alterar el molde de lo conjunto; se deben seguir las reglas lejos de cualquier muestra de disidencia.

    De esta manera, con calculada sutileza, ‘Bárbaro’ construye una atmósfera opresiva a partir de la reiteración de patrones. Para ello se vale de la imagen, cuatro varones vestidos de manera uniforme y con similar corte de cabello; el sonido, la ausencia de música genera un ritmo uniforme a partir del ruido de los pasos y los traslados; y, cómo se explicó líneas arriba, el movimiento.

    Así, en un escenario vacío, con iluminación general, y sin música de fondo, ‘Bárbaro’ nos presenta a estos cuatro hombres obligados a seguir un plan ajeno a ellos; determinados a comportarse de una manera preestablecida.

    Para la segunda parte, el espectáculo propone una atmósfera diferente. La presencia de música, diseño lumínico, y de un nuevo discurso coreográfico invitan a una experiencia más próxima a la teatralidad (entendida ésta como el espacio de lo representacional).

    Así, surgen escenas e imágenes donde la disidencia -vinculada, en un inicio, a la forma o al ritmo- se asocia a lo dramático; donde la distancia se enfrenta con contacto; donde la rigidez se confronta con la ductilidad.

    La estructura coreográfica muta y se hacen más frecuentes los momentos de relación entre los intérpretes (cargadas, contacto, contra impulsos), así como la construcción de imágenes expresionistas.

    De esta manera, el conflicto de género ante el cual gira la obra encuentra una nueva manera de mostrarse. Si en la primera parte prima una lógica de lo racional -mecánica, distante, fría-, en la segunda impera lo dramático. La lucha, la fuerza y el poder coexisten con la solidaridad, la compañía y la ternura.

    Esta convivencia entre opuestos progresa paulatinamente; pero esta vez, hasta llegar a convertirse en un solo universo. Uno donde lo individual y lo colectivo, la censura y la particularidad, lo rígido y lo tierno, alternan en un camino inexorable hacia el clímax. Éste llega en forma de belleza y devastación, con los cuatro intérpretes desbaratando un piano a golpe de martillo.

    ‘Bárbaro’ es un espectáculo inteligente y sensible; racional y emocional. Distribuye con delicadeza los elementos que construyen su sentido y, una vez expuestos, los lleva al límite.

    ‘Bárbaro’ descentra y exige al espectador. A su inicial ‘ausencia’ de luces y de música le suma una propuesta coreográfica discontinua, llena de ‘stops’ y caminatas. Propone, a lo largo del montaje, un universo del desconcierto, un rompecabezas de sentidos. Pasa de una propuesta inicial cercana a lo performático -donde se ejecuta-, a una vinculada a lo teatral -donde se interpreta-; para concluir con un espacio fronterizo (cuando destruyen el piano, ¿actúan?, ¿accionan?, ¿interpretan?).

    ‘Bárbaro’ replantea la tradicional relación entre la danza y la música académica. Se apropia de la propuesta estructural de una pieza de doce minutos para componer un montaje de alrededor de una hora.

    Asimismo, toma el sentido poético de la composición musical para plantear una abstracción reconocible y urgente de poner en discusión: la problemática del género desde lo masculino.

    De esta manera, la propuesta de Dávalos expone, con el ejemplo, contradicciones necesarias para la escena local: se puede tomar referencias tradicionales y ser de avanzada; se puede ser abstracto y tener algo que decir.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Información sobre el XXIX Festival Danza Nueva aquí.

    Creación, coreografía y dirección: Franklin Dávalos.

    Asistencia en dirección y entrenamiento en danza: Adriana Albán.

    Intérpretes: Roly Dávila, José Luis Urteaga, Nicolás Valdés, Franklin Dávalos.

    Música: Georg Philipp Telemann, Maurice Ravel.

    Atmósfera sonora: Esteban Varela.

    Diseño de piano de utilería: Juan Sebastián Domínguez.

    Realización de piano de utilería: Víctor Ayala.

    Producción General: Escena Contemporánea.

  • CRÓNICA. Macbet

    Entre el 22 de abril y el 29 de mayo se presentó ‘Macbet’ -sin h-  en el Teatro de la Universidad del Pacífico. Esta puesta en escena, escrita y dirigida por Vanessa Vizcarra, es una versión libre de ‘Macbeth’, obra de William Shakespeare.

    El montaje conserva la misma anécdota y progresión dramática del original británico; pero prescinde de algunas escenas y reduce el número de personajes. Asimismo, crea situaciones equivalentes a las planteadas por Shakespeare para adaptar la historia a un nuevo contexto: un país latinoamericano, gobernado por un dictador, en una época contemporánea a la actual.

    La nueva perspectiva que presenta esta versión se deja apreciar desde el inicio de la obra. En la primera escena ya no son unas brujas en el medio de una llanura las que inician la trama; Vizcarra propone un set de televisión con una presentadora de noticias. En la segunda, el Rey es reemplazado por un General, lo acompaña su hija -ya no un hijo varón-, y se entera de los reportes militares por medios audiovisuales. En la tercera escena, Macbet recibe las predicciones sobre su futuro en una entrevista televisiva -de boca de la presentadora-.

    Este inicio expone las particulares premisas del montaje. Así, el rol que cumple la presentadora -al cambiar la línea editorial de su programa, o al anunciar el futuro del protagonista- denota el poder de los medios de comunicación y su capacidad para adaptarse a los vaivenes de la política. Mientras tanto, el minimalismo de la escenografía y el vestuario concentran la atención dramática en los textos y los recursos audiovisuales.

    En las escenas que siguen el montaje reafirma el rol de lo audiovisual como herramienta de comunicación, mecanismo de control y arma política. Muestra de ello son los diálogos por chat de video o las comunicaciones vía circuito cerrado; así como el mensaje televisado que dirige el gobernante a los ciudadanos.

    De esta manera, a medida que avanza, ‘Macbet’ confronta al espectador con un universo híper conectado. Un lugar donde la imagen virtual es cotidiana y poderosa. Lo cuál genera que política, seguridad y medios de comunicación recorran un camino paralelo.

    A lo ya mencionado, la obra propone un elemento más en su trama de signos. Pues reta al público a poner en cuestión la propia convención teatral. Y es que la manipulación de cámaras, proyectores y otros equipos, es realizada por los mismos intérpretes a modo de técnicos o tramoyistas. Junto con ello, las imágenes proyectadas permiten ver a los actores entre bambalinas.

    Así, ‘Macbet’ se presenta como un juego de espejos. Donde el espectador puede ver directamente al actor -real- o contemplar su imagen digital, donde cada uno está invitado a escoger que es lo que quiere ver y creer (de hecho, en una historia plagada de crímenes, ninguno de ellos ‘sucede’ en el escenario).

    Hasta acá se pueden recoger los elementos que sostienen conceptualmente el montaje y que llenan de sentido la revisión de un clásico: la tecnología y los medios de comunicación como elemento de control y propaganda.

    Sin embargo, es en la concreción de este elaborado discurso donde ‘Macbet’ presenta ciertas debilidades. Pues, pese a que el montaje muestra desde el inicio -de manera directa y alegórica- la importancia del rol de los medios de comunicación, se recurre a un par de escenas excesivamente explicativas. Ello le otorga a la presentadora un prescindible peso narrativo hacia la segunda mitad de la obra (especialmente aquella donde su productor le da lecciones sobre como manipular al protagonista).

    Es, además, en esta segunda parte donde el montaje decae, tanto a nivel rítmico como expresivo. Ello se debe a la reiteración del uso del circuito cerrado en los densos monólogos del protagonista y, principalmente, a los diferentes estilos de actuación dentro del elenco. Este es un problema usual en los montajes con elenco numeroso, y genera cierta irregularidad en la percepción del tono de la obra.

    Asimismo, si bien mejoró notablemente con el paso de las funciones, se pudo percibir un estilo melodramático en más de una interpretación. Esto acentuaba innecesariamente la densidad de una obra de carácter trágico.

    ‘Macbet´es un montaje que destaca por su solidez conceptual. Vizcarra reescribe y reinterpreta el texto shakespereano. Le da un enfoque nuevo y valioso que le permite, además de la revisión de un clásico, hacer guiños a nuestra historia reciente (una pareja de gobernantes ambiciosos, un dictador que sostiene su poder en el miedo y en la herencia dinástica, un personaje de prensa que se recicla en cada nuevo gobierno).

    ‘Macbet’ es una obra que concreta en su dramaturgia dos historias paralelas. Por un lado se encuentra la progresión de la historia del protagonista: sus victorias, las predicciones, el despertar de la ambición, las traiciones, el ascenso al poder, la larga caída. Por el otro, la presencia de los medios de comunicación, cuyo eje es la presentadora. Ella, así como las brujas fueron el tránsito entre Macbeth y su destino -entre lo real y lo mágico-, es el intermediario entre el poder político y las masas.

    Es en la confrontación final entre estas dos fuerzas -la de Macbet y la de la presentadora, la del representante político y el poder mediático- donde el montaje nos dice que los gobernantes pasarán, los poderosos dejarán de serlo, pero los medios seguirán ahí: en su tarea de mostrar a los pasivos ciudadanos la lista de cadáveres, batallas y temporales gobernantes.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dramaturgia y dirección: Vanessa Vizcarra.

    En escena: Rómulo Assereto, Denise Arregui, Marcello Rivera, Alejandro Córdova, Renato Rueda, Leslie Guillén, Mariajosé Vega.

    Asistencia de dirección: Alejandro Guzmán.

    Dirección Audiovisual: Diego Vizcarra.

    Diseño de espacio escénico: Jorge Baldeón, Vanessa Vizcarra.

    Diseño de iluminación: Julio Beltrán, Leonor Estrada.

    Diseño Sonoro: Santiago Pillado-Matheu.

  • CRÓNICA. Discurso de promoción

    ‘Discurso de Promoción’ es el más reciente montaje del Grupo Cultural Yuyachkani. Esta creación colectiva, dirigida por Miguel Rubio, actualmente se encuentra en temporada en la casa del grupo, ubicada en el distrito de Magdalena del Mar.

    En la línea que distingue a este colectivo teatral, ‘Discurso de Promoción’ es una obra que indaga sobre el Perú. Esta vez, con la mirada puesta en el cercano festejo del Bicentenario de la Independencia nacional.

    En este montaje, Yuyachkani plantea el uso de dos espacios bien definidos. En el primero, utiliza diferentes ambientes de su casa, plantea una acción teatral única y recurre al costumbrismo y el expresionismo. El segundo, se desarrolla en la sala teatral y toma la convención de la primera parte para derivar por diversos universos temáticos a través de metáforas visuales y sonoras.

    Yuyachkani involucra al espectador desde el momento que éste ingresa a su casa. El primer salón se encuentra decorado con imágenes de tamaño natural de personajes ilustres de la Independencia nacional. Así, pueden apreciarse  las estampas de José de San Martín, Simón Bolívar, José de Sucre, Micaela Bastidas y Túpac Amaru II. Todas ellas inspiradas en la iconografía escolar de las láminas ‘Huascarán’ y los libros de texto.

    Los siguientes espacios serán los propios de una kermesse escolar. Alumnos y profesores del Colegio 2021 (“Rumbo al Bicentenario”) invitan a participar al público en diversos juegos -la mayoría, vinculados al imaginario patriótico-, mientras que en el patio se desarrolla el show de talentos.

    Es durante la presentación de los diferentes números artísticos, y en la interacción con los personajes, que la propuesta concreta su carácter kitsch. Este se percibe ya no exclusivamente en la decoración -las imágenes de los héroes, las banderas, los cuadros- y en el accionar expresionista de los actores; sino también en la exhibición de una serie de patrones culturales vinculados al patriotismo.

    En esta primera parte ‘Discurso de Promoción’ pone el foco en los clichés de lo patriótico. En la tradicional reiteración de actos y comportamientos que han ido perdiendo sentido a medida que se convierten en una serie de acciones grandilocuentes y superficiales; pero emotivamente efectivas. La selección musical de temas emblemáticos del cancionero nacionalista, y la irrupción de una banda escolar interpretando una marcha militar (‘Los peruanos pasan’), es la muestra final de ello.

    Esta versión naturalista y -quizá- exagerada de los comportamientos formales de la exaltación nacional concluye con el ingreso a la sala teatral; donde los alumnos del Colegio 2021 ofrecerán su discurso de promoción.

    Ya en la sala, y sin un frente fijo, los espectadores se acomodan en los bordes mientras observan a los actores accionar y desplazarse. Uno de ellos prepara el espacio, otro traslada un grupo de carpetas ordenadas a modo de escultura móvil. Todos concluyen -ataviados con el tradicional uniforme único escolar- alrededor de las carpetas. Una actriz corona la escultura cargando sobre su cabeza el Escudo Nacional.

    La convención ha cambiado. El expresionismo tradicionalista muta hacia algo todavía indefinible. Sin embargo, el montaje aún recurre a la palabra. Se propone un espacio de transición que expone y justifica el cambio de lenguajes escénicos.

    Así, en un pequeño estrado -frente al cual el público se ubica- los alumnos anuncian la presentación de una obra de teatro que han preparado. Antes de iniciar, ellos evidencian abiertamente los desacuerdos que tienen sobre el punto de inicio de su historia (que es la historia nacional). Este conflicto  llega al límite cuando se exhibe el famoso cuadro ‘La proclamación de la Independencia’ de Juan Lepiani.

    Frente a esta icónica imagen varios personajes realizan reflexiones y denuncias. Se reclama por la ausencia de indígenas, de afroperuanos y de mujeres en este histórico espacio de representación. Se hace alusión al permanente silenciamiento de estos grupos sociales en la historia oficial. Se demanda abiertamente la necesidad de contar la historia de nuevo, de negar como ha sido contada.

    Este momento, quizá demasiado retórico y excesivamente aleccionador, es la transición -o la justificación (“hay que encontrar otras maneras de contar la historia” dice uno de los personajes)- a la caravana de imágenes en que se transforma ‘Discurso de Promoción’.

    A partir de este momento, el espectáculo carece de un único frente. Ello genera que el público deba convivir en el mismo espacio con actores y personajes.

    Vale la pena hacer esta diferenciación, pues, a esta altura, ‘Discurso de Promoción’ propone la construcción de escenas cuyos universos temáticos son compuestos por elementos de diferentes lenguajes y estilos. Así, conviven la presencia y la representación; textos escritos, leídos y cantados; música en vivo y grabada; objetos como elemento utilitario y como presencia escultórica.

    Los tránsitos entre cada escena -e incluso dentro de cada una- corresponden a una partitura que apela a lo lógico y a lo sensorial. Cada escena representa una idea global, compuesta por la presencia de diferentes elementos. Pero también, estos elementos -debido a su distribución en el espacio- resultan ser estructuras unitarias con sus propias dinámicas de sentido. Así, orden y caos son aliados en la construcción de cada momento.

    Y en esta feria de los sentidos, en este discurso fragmentario y multi temático, se confunden cuerpos incompletos, vírgenes exóticas, cantantes ciegos, memorias ancestrales, muros de la vergüenza, rockeros quechuahablantes, nuevaoleros de karaoke, anuncios inverosímiles, documentos de la barbarie. Todos ellos componen un conglomerado de eventos que se quedan fuera de la historia oficial. Historias que empañan cualquier festejo posible.

    De esta manera, Yuyachkani expone -con poesía y con crudeza- el drama de los cuerpos violentados en el conflicto armado interno; las campañas de extermino a través de la política de ligadura de trompas; el ejercicio de negación y subestimación, por parte del Estado, de las comunidades andinas y amazónicas en conflicto con las empresas extractivas;  la explotación sexual de millares de niñas, jóvenes y adolescentes en los campamentos mineros de la amazonia; la pobreza y la marginalidad urbana; la discriminación vigente y legitimada en la ciudad capital.

    ‘Discurso de promoción’ propone un viaje que va de lo representacional y cotidiano a lo abstracto. Del costumbrismo reconocible a las historias negadas. Transforma las pulcras imágenes escolares de ‘La Madre Patria’ y sus ‘Héroes’ en una comparsa grotesca y violenta. Confronta la asepsia de la historia oficial con el dolor y la sangre de los dramas reales sin resolución ni justicia.

    El montaje impresiona con la belleza de sus imágenes y la dureza de sus cuestionamientos. Descoloca al observador con su propuesta multidisciplinaria, su contrapunto entre los figurativo y lo abstracto y su constante alteración del ritmo narrativo. Por momentos puede resultar ilegible y confuso (como el país que trata de contar), pero ofrece pistas para guiarse. No pretende contar una historia única, resumida y digerible -resultaría un contrasentido- sino entregar una experiencia basada en referentes (ir)reconocibles.

    Sin embargo, en algún momento el montaje intenta ser explicativo –a nivel histórico y sociológico, cuando menos-. Si bien escénicamente resulta atractivo, su abordaje de la política internacional -el ‘Plan Condor’, la presencia política y militar de E.E.U.U. en América Latina, la geopolítica mundial y el negocio de la guerra- resulta moralizante y pedagógico. Además, abre un nuevo y complejo frente temático que debe dialogar con otro ya inabarcable, cómo es la historia de este país.

    ‘Discurso de promoción’ transita por las teatralidades contemporáneas -el performance, el teatro no representacional, el objeto como valor escultórico-. Sin embargo, es deudora de convenciones tradicionales. Su necesidad de tener una anécdota -un ‘cuentito’- que justifique el tránsito del costumbrismo inicial al devenir posterior no ha logrado resolverse de manera satisfactoria. Ello genera que el montaje se vea tentado a caer en el discurso aleccionador para explicarse a sí mismo.

    Ahora bien, se puede encontrar otra lectura. Y esta tiene que ver con el contexto político y social actual. Un contexto donde se impone una agenda conservadora y corrupta, donde atentar contra los derechos de las mujeres y las minorías es un arma política, donde la negación de la memoria es un fundamento del poder. En esa -esta- realidad, ahorrarse la poesía a cambio de un poco de más que necesario manifiesto, quizá sea lo que corresponda.

    ‘Discurso de Promoción’ involucra al espectador. Genera un espacio de convivencia entre público e intérpretes. Consigue que todos los presentes sean parte de una misma ritualidad. Así, más que una obra para contemplar, el montaje resulta una experiencia.

    ‘Discurso de Promoción’ pone el cuerpo del actor como eje de la puesta. Un cuerpo entregado como destino de los pesares de la historia. Un cuerpo que se acerca metafóricamente a los cuerpos desaparecidos, esterilizados, asesinados, prostituidos. Un grupo de cuerpos multi generacionales que se preguntan sobre el teatro y sobre el país. Un país que celebra efemérides negando los cuerpos de sus ciudadanos.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sbre ‘Discurso de Promoción’ aquí.

    Concepto y dirección: Miguel Rubio Zapata.

    Directora Asistente: Lucero Medina Hu.

    En escena: Jorge Baldeón, Daniel Cano, Augusto Casafranca, Ana Correa, Ricardo Delgado, Milagros Felipe Obando, Marco Iriarte, Felipe Luck, Lucero Medina, Gabriela Paredes, Rebeca Ralli, Teresa Ralli, Alejandro Siles, Julián Vargas.

    Textos y asesoría literaria: Benjamín Sevilla.

    Asesoría en dramaturgia sonora: Pablo Sandoval Coronado.

    Diseño de iluminación: Ricardo Delgado.

  • CRÓNICA. Almacenados

    Luego de presentarse entre los meses de octubre y diciembre del año pasado, ‘Almacenados’ volvió por una breve temporada a la sala del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú – CCPUCP. Esta obra, dramaturgia del español David Desola y dirección de Marco Mühletaler, estuvo en cartelera durante dos semanas.

    La propuesta escenográfica de ‘Almacenados’ ocupa todo el escenario del CCPUCP. En él se ha ambientado un cuidado y envejecido almacén. Su apariencia pulcra y ordenada contrasta con la antigüedad de los elementos -escritorio, reloj, teléfono, y otros- que en él se encuentran.  Esta contradicción, como se verá más adelante, no resulta gratuita.

    La anécdota de ‘Almacenados’ plantea el encuentro entre el viejo y solitario jefe de un almacén, quien ejerce su última semana de funciones, y su joven reemplazo.

    Las diferencias de carácter entre estos personajes acompañarán el desarrollo de la obra. Pues, mientras el viejo posee muchas manías y obsesiones vinculadas con sus labores, el joven se toma las cosas con tranquilidad y buen humor.

    Serán la curiosidad, impaciencia e irreverencia del joven aprendiz el punto de partida para que, lo que debió ser un tranquilo traslado de funciones se convierta en la develación de una serie de absurdos  y secretos.

    Y es que sus constantes cuestionamientos acerca del porqué el almacén se encuentra vacío, de la ausencia de llamadas telefónicas, la nula presencia de camiones de carga y descarga, o la inexistencia de pedidos, no encuentran explicación razonable en las justificaciones de su jefe y compañero.

    Así, por medio de una llamada telefónica consigue enterarse que la empresa nunca ha fabricado los objetos -mástiles para veleros- que deberían almacenarse en su centro de trabajo.

    Su jefe, al verse confrontado y expuesto, revela la manera en que, pese a lo extraño de la situación, logro adaptarse a tener un trabajo ficticio durante tres décadas.

    Llegado a este punto, la dramaturgia de ‘Almacenados’ se ha desplazado con comodidad por los cauces de los arquetipos opuestos. Ello permite generar en el espectador una sensación de expectativa dentro de un universo seguro y reconocible.

    Sin embargo, la develación de los secretos del jefe -y de la empresa- y la posterior confrontación entre los dos personajes propone un vuelco dramático al interior del texto. Pues, a partir de ese momento se pone en cuestión todos los conceptos que la obra ha ido sosteniendo: la estabilidad, la repetición de una rutina y la obediencia sin cuestionamientos en el ámbito laboral.

    A ello se suma la decisión del joven aprendiz. La cual pone en evidencia la inestabilidad y pauperización del empleo, la falta de perspectivas y la resignación.

    Pese a estas complejidades del diseño dramatúrgico, el director de ‘Almacenados’ apuesta por el tono de comedia para concretar un montaje profundo e inteligente. Mühletaler potencia el juego de opuestos arquetípicos que proponen los dos personajes y lo utiliza como señuelo. Así, las oposiciones joven-viejo, gordo-flaco, responsable-irreverente, maniático-relajado guían al público por los caminos seguros de la pareja cómica (con un guiño al dibujo animado de Sam y Ralph -o el pastor ovejero y el coyote- de Looney Tunes).

    El estilo de comedia familiar no se abandona ni en los momentos más intensos del montaje. Así, ‘Almacenados’, firme en su intención de fortalecer los contrastes, cubre de ingenuidad -y vuelve más dramáticas- las patéticas confesiones y decisiones de los personajes.

    De esta manera, pese a la intensidad de las últimas escenas -la confesión del jefe, la decisión del joven de tomar un trabajo sin futuro- el montaje presenta un tono de final feliz, que sobrecoge al espectador.

    Debe mencionarse que el mencionado carácter humorístico, y el equilibrio estético, no se conseguiría sin el aporte de los actores de este montaje. Y es que el estilo naturalista de la obra, y la fuerte presencia de la palabra como guía dramática, requieren de interpretaciones solventes. Tanto Alberto Isola como Oscar Meza logran construir personajes verosímiles, opuestos, complementarios y divertidos.

    Isola compone un personaje que, pese a lo reiterativo de sus afirmaciones, su discurso vertical, y su tono mandón, transmite fragilidad y ternura. Ello, junto a sus repetitivas secuencias de acciones físicas -tics, manías y recorridos-,  termina de construir un personaje entrañable. Meza, por su parte, presenta a un joven pícaro pero respetuoso, bromista pero consciente de sus límites, en la frontera entre la curiosidad y el desinterés. Ello lo consigue a través del manejo de sus ritmos y entonaciones; además de una corporalidad opuesta a la de su compañero: expresiva, plástica y ágil.

    ‘Almacenados’ parte de un texto inteligente y provocador, que con una historia simple y metáforas sencillas guía al público hacia un desenlace inesperado, doloroso y vigente. Su escenografía logra transmitir la sensación de soledad, vacío y absurdo que la obra propone. Las actuaciones y el tono elegido por el director logran potenciar las virtudes del texto y lidian con eficiencia con los problemas de verosimilitud del mismo (la llamada telefónica). La apuesta por un estilo de comedia familiar con final feliz fortalece el dramatismo de la obra sin optar por ser redundante ni permitiéndose ser concesivo.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Otras notas sobre ‘Almacenados’ en El oficio crítico, El escenario imaginado, Las fauces de la Musa y Diario El Comercio.

    Dirección: Marco Mühletaler.

    Dramaturgia. David Desola.

    En escena: Alberto Isola, Oscar Meza.

    Diseño de iluminación: Rodolfo Acosta.

    Diseño de animación: Valicha Evans.

    Escenografía y ambientación: Ana Osorio y Xabi Gracia.

  • CRÓNICA. El dolor

    “La única respuesta que puede darse a este crimen es convertirlo en un crimen de todos. Compartirlo. Como las ideas de igualdad, de fraternidad. Para soportarlo, para tolerar la idea, compartir el crimen.”

    Marguerite Duras, ‘El dolor’.

    Concluyó la temporada de ‘El dolor’, adaptación del texto de Marguerite Duras, dirigido por Alberto Isola. Este unipersonal, interpretado por Alejandra Guerra, se presentó en distintas ciudades del país bajo la coproducción de ‘Escena Contemporánea’ y la Alianza Francesa.

    ‘El dolor’ narra los recuerdos de una mujer durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la posguerra. Ella aguarda el retorno de su esposo prisionero. Esta espera la sumerge en profundas cavilaciones y en un viaje emocional que transita por la expectativa, la incertidumbre y la desesperanza.

    El relato refleja una realidad social de caos y desinformación en la Francia de la posguerra. Muestra el lento retorno de los prisioneros liberados, la dura realidad de los deportados, el inicio de una nueva organización social y el ascenso de los vencedores al poder.

    Así, el texto de Duras es el testimonio de una mujer que espera, pero también es un manifiesto político. Las emociones y reflexiones de la protagonista evidencian el fatídico lugar que ocupan las mujeres en los conflictos bélicos, a la vez que señala a la paz como un mecanismo del olvido. Se cuestiona a la humanidad por su capacidad de cometer las barbaridades de la guerra, mientras pone en evidencia el accionar de los políticos de la derecha francesa y la iglesia católica.

    La narración es directa en sus señalamientos y extrema en sus emociones. Repasa los horrores de la guerra y, con ello, pone en juego el equilibrio emocional de la protagonista y la sensibilidad del espectador.

    Alberto Isola evita al público ciertos extremos del texto original. Así, las descripciones del estado de salud del esposo, o la relación posterior a su retorno, son omitidas en esta versión. Lo mismo sucede con los señalamientos políticos más radicales. ‘El dolor’ de Isola se centra en las emociones de la espera. Y lo hace sin prescindir de la dureza de la narración y lo contundente de las reflexiones.

    El montaje propone limpieza y sencillez. El espacio escénico es pequeño, con dos puertas a cada lado. El diseño de luces es igualmente austero. Solo un abrigo y un teléfono acompañan a la actriz. Así, la apuesta escénica se centra en la potencia del texto y el manejo de las emociones de la intérprete. Éstas, las emociones, se exponen en una frecuencia controlada. La intérprete no se somete a los extremos del texto, pues no hace falta. En lugar de redundar en el dolor, lo contiene y lo dosifica. Con ello, sus textos, entonaciones, desplazamientos y pequeñas acciones componen un trazo cuidadosamente trabajado.

    Este ritmo que propone el montaje permite que las ciertas cavilaciones del personaje tengan un lugar especial dentro del mismo. Así, al mencionar a los miles de cuerpos abandonados en las cunetas, a la paz como “el comienzo del olvido”, o a “la espera de las mujeres de todos los tiempos (…) la espera de los hombres volviendo de la guerra”, resulta difícil no asociar estas ideas con la memoria de nuestra historia reciente. Sin embargo, como esta asociación no es explícita queda a merced de la interpretación personal de cada espectador.

    Y es acá donde surge un espacio de conflicto.

    Pues, por un lado podría afirmarse que el arte -en este caso el teatro- no requiere de ser explícito. Sin embargo, como ya se mencionó anteriormente, esta versión de ‘El dolor’ omite señalamientos políticos directos presentes en el texto original. Esta edición de contenidos podría invitar a pensar que se busca evitar las afirmaciones controversiales. Y con ello, inevitablemente, que permanezcan las ideas más políticamente correctas.

    Esta decisión permite, entonces, que ciertos enunciados de la protagonista respondan a su contexto original y, si se da el caso, se asocien a nuestra historia reciente. Pero le niega a otras ideas la misma posibilidad.

    La presente reflexión no pretende ser una demanda política o ideológica sobre el montaje o su director. Aunque sí aspira a una reflexión sobre ciertas verdades asimiladas respecto a la práctica teatral, especialmente a la que parte de un texto dramático. Una de estas ‘verdades’ es la que afirma que una obra universal se dirige a todos los pueblos en todos los tiempos.

    Valdría preguntarse entonces qué define a una obra como universal. Del mismo modo cabe la reflexión sobre la importancia -o no- de potenciar en escena las posibles asociaciones locales de un texto de otro tiempo y latitud.

    En esta versión de ‘El dolor’ él texto de Duras y la intérprete habitan un universo de limpieza y austeridad. El caos introspectivo convive junto a la paradoja de un cotidiano donde la esperanza y el pesimismo viajan unidos. El trabajo de la actriz construye el trazo escénico que la contiene y le permite administrar con sensibilidad y ritmo las vibraciones emocionales de un texto potente y directo. Así, se logra componer un ambiente de mesura que evita la tentación de sumergirse en los extremos que el texto propone.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Alberto Isola.

    Dirección adjunta: Nadine Vallejo.

    Dramaturgia: Marguerite Duras.

    En escena: Alejandra Guerra.

    Diseño de iluminación: Rolando Muñoz.

    Musicalización: Alberto Ísola.

  • CRÓNICA. Grietas

    ‘Grietas’ fue una de las obras premiadas en Programa Sala de Parto del año 2014. El texto, escrito por Christian Saldívar, se viene presentando bajo la dirección de Jamil Luzuriaga en el Teatro Ensamble de Barranco.

    Al ingresar a la sala, el público se encuentra con un escenario que dispone de tres frentes y una pared de fondo. El espacio escénico es definido por un cuadrilátero de cajas de cartón, dentro del cual se ubican algunas cajas más.

    El ingreso de una joven mujer a este espacio da inicio al montaje. Ella interpreta un breve monólogo en clave poética. Concluido su texto, se inicia la interacción entre dos personajes, madre e hijo.

    Ellos comparten el mismo espacio escénico con el personaje femenino; aunque queda claro que, dentro del tiempo ficcional del montaje, ella no está ‘presente’. Así, esta convivencia permite, a medida que se desarrolla la obra, entender que esta mujer es la hija ausente de la familia y que sus participaciones corresponden a flashbacks dentro de la historia.

    El texto de ‘Grietas’ tiene como una característica principal el misterio. Éste es construido a partir de cierto nivel de caos informativo, además de la fragmentación temporal de la historia. De esta manera, las interacciones en el tiempo presente, junto a los saltos al pasado, son las que van tejiendo paulatinamente la anécdota central.

    Así, de a pocos va quedando claro que la historia se desarrolla en un ambiente de miedo y convulsión social (¿80s?, ¿90s?). Asimismo, se va esclareciendo la crisis en la que se encuentra la familia. Una crisis económica que los presiona a abandonar su casa. Y una crisis afectiva basada en las acciones de una madre controladora y enfocada en la religión; y las inacciones de un padre apostador y desinteresado por las crisis internas de su hogar.

    Del mismo modo, la información que se ofrece sobre la hija ausente -su personalidad, su partida, su relación con sus padres y su tío propietario de la casa- termina de develar un secreto de familia, y compone el cuadro de las oscuras dinámicas de silencios y temores entre los miembros de ésta.

    La mencionada convivencia del tiempo pasado y el presente se hace posible gracias al diseño escenográfico, junto a la corporalidad y energía de la actriz que interpreta al personaje de la hija.

    El primero propone, a través de la distribución de las cajas, la ubicación simbólica de diferentes espacios de la casa. Ello hace funcionar a las cajas como líneas demarcatorias de un plano, que separan físicamente los espacios. Asimismo, éstas simbolizan paredes invisibles; lo cual les otorga un valor ficcional -el público asume la presencia de una pared aunque no esté presente- y otro más simbólico relacionado con la historia -unas paredes demasiado frágiles para contener secretos-.

    Por otro lado, la energía corporal que imprime la intérprete de la hija le otorga una cuota de extrañeza que la distingue de los demás personajes; especialmente cuando sus desplazamientos suceden en paralelo a otras escenas. Esta extrañeza aporta al misterio que busca el montaje y ayuda a construir una dimensión ficcional diferenciada para los flashbacks.

    Sin embargo, esta particular energía de la intérprete debe alterarse a medida que avanza el montaje a fin de convivir con mayor discreción con los demás intérpretes. Ello no se logra del todo debido a que ‘Grietas’ presenta uno de los problemas más usuales en la escena limeña: la presencia de actores con diferente formación y registro actoral. Ello le resta organicidad al montaje.

    ‘Grietas’ nos presenta un drama familiar. Lo hace de manera fragmentaria, progresiva y alternando el tiempo entre el presente y el pasado. Construye una atmósfera de misterio y, de manera inteligente, administra la información necesaria para sostenerla mientras la historia y los secretos se develan. No obstante, por momentos presenta excesos de información -demasiados detalles sueltos que aportan más al caos que a la comprensión- y estilo -una familia en crisis y un terrible secreto develado son acompañados, sobre todo hacia el final, con densos monólogos e introspecciones-.

    La puesta en escena asume con destreza las características del espacio. Pues la composición de tres frentes aporta a nivel estético y conceptual. Sin embargo, las deficiencias acústicas de la sala -y, en algún caso, las limitaciones de técnica vocal- complican la posibilidad de escuchar adecuadamente a todos los personajes.

    ‘Grietas’ se acerca, no sin cierta timidez, al señalamiento del pasado a través de lo no visible. La calle y la universidad, como referencias de espacios de acción de la violencia, son evocadas con similar frecuencia que la hija ausente. Y es, quizá, la convivencia física con este personaje -a la vez presente e invisible- la manera en que se alude a los fantasmas con los que las familias (que podían) vivían su encierro; o a la forma en que la sociedad lidia con su pasado reciente.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Jamil Luzuriaga.

    Dramaturgia: Christian Saldívar.

    En escena: Moyra Silva, Sylvia Majo, Joaquín Escobar, Antonio Arué, Juan Manuel Calderón.

    Diseño de vestuario: Patty Q. Madueño.

    Diseño de iluminación: Mario Ráez.

    Diseño de escenografía: Adriana Bickel.

  • CRÓNICA. Curandero

    ‘Curandero’, el más reciente montaje de Angeldemonio Colectivo Escénico, se presentó en la sala de Agárrate Catalina entre el 21 y el 30 de octubre. La puesta, dirigida por Ricardo Delgado, es una creación colectiva y tiene como único intérprete a Augusto Montero.

    ‘Curandero’ expone su particular carácter desde el ingreso a la sala. En el escenario se encuentran ubicados, cual instalación plástica, los elementos con los que el intérprete desarrollará sus acciones. Los olores a agua florida y agua de rosas acompañan simbólica y sensorialmente la presencia de elementos asociados a distintas ritualidades populares: una gran sábila decorada con un listón, un balde con ruda, unas tijeras de acero, un plato con huevos crudos y una máscara-escultura de un perro peruano. Junto a ellos se encuentran un costal de rafia y una carreta, los cuales complementan las referencias al contexto de la puesta en escena.

    Y es que ‘Curandero’ -según la información que ofrece en su página de Facebook- plantea la historia de “un estibador del mercado la ‘Parada’, desilusionado del amor” que “busca la cura a su dolor por medio de la curandería, pero encuentra otro sentidos a los rituales”, los cuales “terminan por seducirlo, transformándolo en otro ser”.

    Angeldemonio parte de esta anécdota para presentar una puesta en escena estructurada por cuadros. Cada uno de éstos se construye a partir de la presencia y las acciones del intérprete, así como de su relación con los elementos-símbolo con los que trabaja. La disposición de estos cuadros a lo largo del montaje, sumada a la enunciación de algunos textos, alimenta la progresión de la anécdota.

    Sin embargo, se debe precisar que esta progresión no es literal. Y es que los cuadros-escenas de ‘Curandero’ no narran explícitamente lo que sucede con el personaje, pues no cuentan una historia a partir de la interpretación de un texto dramático. En vez de ello, parten de la anécdota para elaborar pequeñas estructuras -compuestas por acciones, imágenes, símbolos y sensaciones- que simbolizan la soledad, la tristeza, el dolor y las formas que el personaje encuentra para enfrentarlas.

    Esta manera de construir cada cuadro se ve fortalecida por la potencia simbólica de los elementos con los que se trabaja y por los valores culturales que cada uno de ellos posee. Así, por ejemplo, la sábila puede simbolizar protección, curación, ritualidad, paganismo. Lo mismo podría suceder con la máscara del perro peruano. La cual, ubicada en la pared puede interpretarse como la imagen central de un altar; mientras que siendo usada por el actor puede hacer referencia a lo cholo, lo peruano, lo ‘pelado’ o lo ‘mitad hombre, mitad bestia’ mencionado en uno de los textos.

    Ello invita a afirmar que ‘Curandero’ plantea una primera capa de sentidos a partir del vínculo cultural que el espectador tenga con el contexto que se representa y los elementos que lo definen. Esto incluye tanto a los objetos que conforman la instalación escénica como a la música chicha, los sonidos de rezos y los olores asociados a la ritualidad popular que los acompañan.

    Sin embargo, ‘Curandero’ ofrece otros niveles de sentido aun si se omitiera el valor cultural de los elementos. Pues, a ellos se suma la cuidadosa construcción de cada cuadro a nivel de acciones, elementos, imagen, ritmo e iluminación; lo cual facilita interpretaciones vinculadas a la evocación sensorial y la apreciación estética.

    Estas formas de acercarse a la obra -que probablemente no sean las únicas- comparten un concepto en común: la experiencia sensorial del espectador. Y si bien este concepto no tendría nada de particular, pues todo acto escénico lo implica, se le menciona porque ‘Curandero’ apuesta por complementar su abstracción con estímulos estéticos y sensoriales. Así, la manera en que se aborda al espectador coloca a éste más cerca de vivir una experiencia performática que de ser testigo de un ejercicio dramático.

    Esta idea se fortalece al observar el trabajo del intérprete, quien propone un doble juego entre el hacer y el representar. Pues, sus acciones al inicio del montaje -acomodando los objetos- y de interacción con el público -frotando un huevo en la palma de una mano- rompen las convenciones de la interpretación.

    Estas alteraciones en la convención son exitosas debido al estupendo trabajo del intérprete. Sus calidades de energía y su potente presencia son puestas de manifiesto durante toda la obra. Resalta especialmente su performance reinterpretando la danza de tijeras en una escena donde el personaje se muestra en estado de desesperación. Montero, al ritmo del arpa y el violín, toma los principios de la danza tradicional y los fusiona -con inteligencia y sensibilidad- con otras técnicas de movimiento. De esta manera compone un nuevo estado corporal, un Danzaq urbano, y lo pone al servicio de la puesta en escena.

    ‘Curandero’ parte de una anécdota para plantear en escena los dramas y elementos de la calle. Pero no de cualquier calle, sino de los alrededores del mercado de La Parada. Ello le permite mostrar el carácter de este pulmón de lima: cholo, mestizo, popular, pagano.

    Angeldemonio propone un montaje que juega con la polisemia, invita a diferentes (re)interpretaciones, pero sin descuidar su base conceptual. En él dialogan lo racional, lo estético y lo sensitivo. El que apele a esta conjunción de distintas sensibilidades invita a afirmar que ‘Curandero’ es una experiencia. Sin embargo, la lealtad a su anécdota -a la necesidad de contar una historia- apura la búsqueda de un final dramático -un desenlace- que desentona con el ritmo de la propuesta. Ello, si bien no afecta la apreciación general de la obra, invita a imaginar el funcionamiento del montaje prescindiendo de los textos como guía dramática.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Ricardo Delgado.

    En escena: Augusto Montero.

    Asesoría Dramatúrgica: Daniel Dillon.

    Realización Musical: Abel Castro.

    Diseño de iluminación: Ricardo Delgado, Igor Moreno.

    Asesoría en danza tradicional: Luis Clemente.

    Mascara y esculturas: Paul Colino.

  • CRÓNICA. Tito

    Entre el 27 y el 30 de octubre se presentó ‘Tito’, la cuarta puesta en escena del XIII Festival de teatro peruano norteamericano organizado por el ICPNA.

    Este montaje, dirigido y escrito por Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda, toma como referencia y reinterpreta a ‘Tito Andrónico’ de William Shakespeare y lo contextualiza dentro de una dictadura latinoamericana.

    ‘Tito’ varía ligeramente los nombres de algunos personajes del texto original, y conserva parte de sus peripecias, para presentar la lucha de dos personajes antagónicos por el control total del poder político de un país; el cuál solo será accesible destruyendo a su enemigo.

    El contexto donde se desarrolla esta pugna es expuesto, al inicio del montaje, por tres actores que conforman un coro. Estos personajes informan al público, valiéndose de la narración y la interpretación, sobre la enfermedad y muerte del dictador de una nación; y cómo esta situación plantea un nuevo escenario político en el país.

    Así, el hijo del dictador se ve obligado a proponer la idea de un gobierno de concertación que facilite el paso hacia la democracia. Para ello organiza una junta de gobierno que incluye a dos rivales irreconciliables: el principal colaborador de su padre -hombre acusado de múltiples asesinatos a enemigos políticos y población indefensa- y la líder visible de la izquierda opositora -sospechosa de vinculaciones con grupos terroristas-.

    A partir de este momento el montaje cambia. Pues, deja de lado al coro y su información sobre el contexto, para enfocarse en las pugnas entre los dos rivales políticos. De esta manera, se suceden una serie de escenas donde los contendores planifican y ejecutan sus acciones de debilitamiento del enemigo, hasta llegar al triunfo final de uno de ellos.

    Esta estructura, que viaja de una ‘mirada panorámica’ a una más focalizada -un ‘zoom in’– en los personajes, facilita la comprensión del contexto y el desarrollo de la anécdota de la obra. Sin embargo, ‘Tito’ presenta problemas de contenido. Y es que el lenguaje de los personajes -y también el de algunas situaciones- es bastante cercano a la caricatura. Así, el líder militar es un hombre desalmado, que vive en la impunidad total, no muestra dolor y repite frases cliché sobre sus enemigos políticos (“hay que matarlos desde chiquitos para que no sean terroristas” (*), por ejemplo); la líder de izquierda repite frases panfletarias y lugares comunes; y el heredero del dictador no solo es débil políticamente, sino también pusilánime al extremo.

    Estas características de los personajes, si bien pueden ser útiles durante la ‘mirada panorámica’ -discursos políticos a la prensa, contextualización de la anécdota- dejan de serlo cuando se pretende mostrar hasta donde está dispuesto a llegar cada uno para conseguir su objetivo. Pues, pese al ‘zoom in’ que expone a cada personaje en su cotidianidad, estos no muestren conflictos internos sólidos frente a su accionar. Ello genera que, ante la ausencia de dudas y la reiteración de comportamientos, las peripecias se vuelvan predecibles.

    ‘Tito’ es un montaje que apuesta por una estructura dramática efectiva. Se vale de tres mesas para componer una escenografía minimalista que, por medio de la simetría y el volumen, propone una estética de control y autoridad. Además de ello, la austeridad de elementos dinamiza los cambios de escena favoreciendo al ritmo del montaje. Su diseño lumínico aporta y fortalece a la sensación de control dictatorial y de confabulación política.

    Sin embargo, las debilidades del texto no permiten redondear con solidez la propuesta. Y si bien invita a interpretar la propuesta como una parodia -al coquetear con la realidad política local- no queda clara la dirección hacia donde ésta apuntaría.

    (*) El entrecomillado no corresponde al texto de la obra. Se ha reproducido el sentido de la frase.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    En escena: Carlos Victoria, Anahí de Cárdenas, Marco Miguel Ravines, Sebastián Rubio, Adriana Cuba, Javier Saavedra.

    Dramaturgia: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    Asistencia de dirección: Danna Ben Haim.

    Composición musical: Gabriel de la Piedra.

    Diseño de iluminación: Nelson Morales y Gean Pool Uceda.

    Diseño de vestuario: Pedro Blassia.