Categoría: teatro

  • CRÓNICA. Creoenunsolodios

    En el teatro Juan Julio Wicht de la Universidad del Pacífico se presentó ‘Creoenunsolodios’, montaje dirigido por Nishme Súmar a partir del monólogo escrito por el italiano Stefano Massini.

    El texto narra la historia de tres mujeres que, sin conocerse, comparten un territorio y un drama común: la violencia del conflicto palestino-israelí. Massini presenta los paralelos entre las vidas de una joven estudiante palestina, quien se entrena para convertirse en una mártir terrorista; una profesora judía, partidaria del diálogo con los palestinos; y una soldado norteamericana, destacada en Israel.

    La estructura del texto presenta tres características principales. La primera ha sido mencionada en el párrafo anterior, los paralelos entre los tres personajes. Éstos muestran la manera en que ciertas situaciones específicas afectan la vida de cada una de estas mujeres. La segunda, es que el texto inicia exponiendo su desenlace: la muerte de dos de las protagonistas en una fecha determinada. A partir de esa información el desarrollo de la obra se basa en conocer cómo se llega a este final ya expuesto. La tercera, es la virtual ausencia de acción. Pues la gran mayoría de los monólogos son compuestos por narraciones, descripciones y reflexiones.

    El ‘Creoenunsolodios’ de Súmar es interpretado por tres actrices, cada una de ellas representa a un personaje. Ellas habitan un espacio escénico donde se encuentra una gran mesa y dos sillas. Estos elementos serán la metáfora de un territorio común y de desencuentro. Pues, pese a la convivencia física en el escenario y la interacción – en muchas ocasiones simultánea – con los mismos elementos, cada personaje desarrolla su discurso sin vincularse con el otro.

    Esta contradicción es oportunamente explotada por la directora para la construcción de imágenes de gran teatralidad que refuerzan el conflicto latente entre los personajes. Así,  ‘Creoenunsolodios’ propone la presencia de distintos códigos escénicos y el aporte de otros lenguajes a fin de fortalecer el discurso del montaje.

    De esta manera, al despliegue de acciones físicas, el uso de elementos de gran volumen, o la composición de imágenes durante el desarrollo de cada monólogo, se suman a la presencia de impresionantes proyecciones de video de indudable belleza estética; los cuales -ubicados en el fondo del escenario- son utilizados, mayoritariamente, como aporte incidental a las escenas.

    Estos elementos visuales entran en diálogo con la propuesta rítmica del montaje. ‘Creoenunsolodios’ propone un ritmo de tensión. Sus continuos silencios -varios de los cuales son acompañados por videos-, sus tránsitos entre escenas, ‘alargan’ el tiempo y acumulan expectativa. Esta tensión se ve fortalecida por una propuesta de luces tenues, con abundancia de claroscuros, además de un impecable diseño sonoro que – apoyado por la acústica y calidad técnica del espacio – proyectan una estética de sensorialidad al espectáculo.

    Así, el texto, las interpretaciones y la parafernalia teatral, componen escenas de gran impacto por su contenido dramático y su potencia estética.

    Sin embargo, la suma de estos elementos no consigue el mismo efecto cuando se evalúa el montaje en su totalidad. Esto, aparentemente, se debe a la manera como se administra la tensión durante la puesta en escena. Pues, la tensión dramática y el ritmo del texto -sostenido en la narración- se suma a las ya mencionadas tensiones de la apuesta rítmica del montaje – junto a las de las propuestas sonora y lumínica -.

    Esta tensión acumulada, junto a la cadencia del montaje, encuentran pocos espacios para administrarse de una manera distinta; llevando a la puesta en escena hacia un estado donde redunda en la aplicación de los elementos que la potencian.

    Esta percepción se ve fortalecida por la manera en la que se resuelve la última escena; a la cual le corresponde ser uno de los puntos de fuga de la tensión. Así, si el carácter del primer atentado fue la contención devenida en sorpresa, el del segundo fue la intensidad intervenida por el silencio. Pero, el tercero y final no define con claridad cuál es su carácter y soporte; pues los gritos y desplazamientos (cambiados luego por la acción con una tela) que acompañan al texto no consiguen redondear la escena. Por el contrario, generan ruido y distracción.

    ‘Creoenunsolodios’ es un montaje que, a través del texto, propone una mirada humana –y políticamente correcta frente a lo que hoy es un genocidio– del conflicto palestino-israelí. Dos posiciones antagónicas que conviven en un mismo espacio permiten acercar al público a los complejos matices de este conflicto.

    Este montaje propone su construcción a partir de la presencia de diversos lenguajes y códigos escénicos. En algunas ocasiones logra concretar propuestas potentes y efectivas. En otras -como el caso de la presencia de la gran tela o el uso de un ambiente detrás del escenario- deja la sensación de procesos inconclusos y de abuso de la presencia de efectos.

    ‘Creoenunsolodios’ apuesta por la densidad rítmica y la construcción estética y sensorial a partir del video, el diseño sonoro y la luz. Su coherencia estética le permite concretar escenas y momentos de muy alto nivel dramático, pero le resta potencia como unidad. Ello, sin embargo, más que motivo de crítica -en tanto juicio negativo- invita al reconocimiento de los riesgos asumidos por la directora en su búsqueda de construir la puesta en escena.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Nishme Súmar.

    En escena: Jely Reátegui, Urpi Gibbons, Karen Spano.

    Dramaturiga: Stefano Massini.

    Asistente de dirección: Diego Gargurevich.

    Dirección de arte: Ana Chung.

    Diseño Sonoro: José Balado.

    Realización de video e imágenes: Germán Tejada.

  • CRÓNICA. Silencio sísmico

    ‘Silencio sísmico’ es el título del montaje teatral, dirigido por Oscar Carrillo y escrito por Eduardo Adrianzén, que se presentó en el Teatro de Lucía entre el 2 de junio y el 4 de julio.

    Esta obra está ambientada temporalmente entre la primera y la segunda vuelta de las recientes elecciones presidenciales. Toma como punto de partida el conflicto que genera, en su entorno inmediato, la decisión de una joven de abandonar el país.

    Así, los puntos de vista de su madre, su abuela y sus dos ex novios, se confrontan con el hartazgo de esta joven frente a la realidad social que le toca vivir; agudizada ante el inminente triunfo de la fuerza política a la que teme y desprecia.

    ‘Silencio sísmico’ propone una estructura de alternancia entre la historia de la joven y un grupo de escenas que muestran diferentes aspectos de la realidad limeña. Ello permite exponer los conflictos personales de la protagonista mientras se contextualiza – a través de cuatro situaciones ajenas a la historia principal – el ambiente social en que se desarrolla la acción.

    Dentro de la mencionada estructura principal existen otras estructuras internas. Así, las escenas relacionadas al conflicto de la protagonista se dividen en dos grupos. Por un lado, se aprecian los cuadros iniciales. En ellos se presenta  a los personajes, sus caracteres y puntos de vista frente a la situación planteada. Por el otro, se encuentran escenas donde la protagonista debe confrontar directamente con cada uno de los miembros de su entorno.

    En estas últimas ‘Silencio sísmico’ muestra sus mayores debilidades: la apuesta por la retórica y por el arquetipo. Y es que los personajes exponen sus conflictos desde la palabra y no desde la acción, generando que su discurso sea principalmente enunciativo y deje la sensación de no tener una direccionalidad definida. Asimismo, la estructura de la obra le otorga a cada personaje una ocasión para presentarse y otra para confrontar con la protagonista. Ello genera que sus diálogos – si bien dinámicos y, en varias ocasiones, agudos – tengan pocas posibilidades de mostrar matices, ciñéndose a un único paradigma y exponiéndose al riesgo de la caricatura involuntaria.

    En cuanto a las escenas de ‘carácter social’, la apuesta dramatúrgica se basa en componer un universo heterogéneo y actual. Así, pese a cierta debilidad conceptual en el tiempo – algunas situaciones se desarrollan durante la campaña electoral, ubicando una coyuntura específica, mientras otras resultan atemporales – y en el enfoque del sujeto  – en tres de estos cuadros se muestra como protagonista a un grupo social, mientras que el cuarto deriva en un conflicto personal – este conjunto de escenas consigue cierto grado de unidad apoyándose en su carácter costumbrista y en el sentido del humor derivado de éste.

    De esta manera, ‘Silencio sísmico’ propone una historia principal que debe verse reforzada, permeada y dinamizada por las historias paralelas que la acompañan.

    Este planteamiento consigue un éxito moderado. Pues si bien logra interpelar al público por medio de la capacidad de reír de nuestras taras sociales (racismo, achoramiento, indiferencia, pragmatismo, etc.), su unidad temática, direccionalidad y acción dramática, genera que cada retorno a la historia principal ocasione una decadencia del ritmo y evidencie las debilidades mencionadas líneas arriba.

    ‘Silencio sísmico’ es una obra teatral que aborda la coyuntura tratando de trascenderla por medio de la exposición y el análisis. Para lograrlo se vale de una situación específica – no del todo sustentada, pues no queda claro a qué precisamente teme la protagonista, ¿a la ausencia de derechos?, ¿a una actitud revanchista? – que coloca a los personajes en posiciones de discusión, abundando en la esgrima verbal e ideológica. A ello suma la presencia de un mosaico costumbrista, el cual le permite ahondar en sus propuestas teóricas e ideológicas.

    Sin embargo, esta opción por lo retórico, por la discusión desde lo verbal, en la trama principal, le resta fortaleza a la obra; tanto a nivel de ritmo, como de solidez dramática. Y es que, la agudeza expuesta en el texto, su capacidad para interpretar la realidad de ciertos sectores de la sociedad limeña, se encuentra – en diversas ocasiones – más cerca de la columna de opinión, o de un ensayo de ciencias sociales, que de un texto dramático.

    Dicho esto, debe resaltarse la resolución escénica de los actores, quienes en más de una ocasión sostienen la puesta en escena a partir de la tensión dramática de sus presencias y relaciones.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Oscar Carrillo.

    En escena: Sonia Seminario, Ximena Arroyo, Giovanni Arce, Rosella Roggero, Alaín Salinas.

    Dramaturgia: Eduardo Adrianzén.

    Asistente de dirección: Omar del Águila.

    Productora Ejecutiva: Lucía Castro.

    Diseñador de luces: Omar Quezada.

  • CRÓNICA. Nunca llueve en Lima

    El pasado fin de semana concluyó la temporada de ‘Nunca llueve en Lima’, obra escrita por Gonzalo Rodríguez Risco, dirigida por Alberto Ísola y co-producida por el Teatro Británico y Escena Contemporánea.

    Este montaje, de estilo naturalista, se desarrolla a partir de la anécdota del encuentro de dos familias en crisis. Una antigua familia aristocrática, en situación de decadencia económica, ha puesto en venta su casa pese a las objeciones del abuelo – propietario de la misma y patriarca del clan -. Durante la visita de una familia de potenciales compradores se desata una inesperada y torrencial lluvia. Esta situación obliga a ambos grupos a permanecer encerrados y convivir por un tiempo indeterminado.

    Así el trance del encierro y la convivencia forzada revela y magnifica, paulatinamente, las diferencias personales; tanto en la interacción entre ambos grupos, como – especialmente – al interior de cada uno.

    Pero, si bien el texto expone las pugnas dentro del grupo de visitantes, es en los conflictos y las contradicciones de la familia de propietarios donde el montaje se centra. De esta manera, cobran especial interés las dinámicas generadas a partir de la negativa del abuelo a vender la casa; situación que muestra su negación a comprender y aceptar su realidad y la de los suyos (hijo con problemas emocionales, sociales y laborales, nieta con sueldo de subempleo que debe sostenerlos económicamente).

    Este enfoque, que propone como eje al abuelo, opta por apoyarse en el carisma del personaje y del actor; condición que se replica con el resto del elenco y sus personajes. Ello contribuye a la construcción de un ambiente tierno y tragicómico donde, pese a lo dramático de la situación y lo patético de muchas circunstancias, se invita al espectador a la sonrisa y la empatía.

    Así, ‘Nunca llueve en Lima’ propone el desarrollo de una historia que, paradójicamente, podría acontecer en otra ciudad (real o ficticia). Y es que, al adoptar un enfoque que prioriza el carisma, la ternura y la empatía, se dejan de lado – o se tratan superficialmente – elementos y situaciones que podrían considerarse como esencial y controversialmente limeñas. Ya que frases asociadas al imaginario racista (“tú eras blanca”, “sigues siendo el mismo cholito”, “cholo pendejo”, “gringo inocente”), de diferencias de clase (“me metieron a un colegio de gringos pitucos”) o de contexto socio-político (“un par de gobiernos corruptos se encargaron de estatizar” -¿esta sería una referencia a Velasco y las nacionalizaciones?- ) resultan anecdóticas, pese a su densidad, y pierden importancia – a nivel macro – frente a la única mención de referencia geográfica (“en Lima nunca llueve”).

    La puesta en escena de ‘Nunca llueve en Lima’ se destaca por la presencia de una imponente escenografía que muestra el interior de la vieja casona. Sus dos balcones interiores, junto a las varias puertas colindantes al salón principal, aportan positivamente a la dinámica de la acción teatral. El uso del espacio escénico ofrece una apropiada composición visual, así como equilibrio entre las escenas colectivas y los momentos intimistas.

    A ello se suman el diseño lumínico, que compone atmósferas con sensibilidad y agudeza; y un gran trabajo de sonorización, que va desde efectos cercanos a la música concreta hasta piezas sonoras delicadas y cautivadoras.

    ‘Nunca llueve en Lima’ desarrolla su propuesta con inteligencia y talento. La suma de  capacidades puestas en juego componen un montaje que, apoyándose en el carisma de los actores y los personajes, resulta esperanzador y, quizá, entrañable.

    Sin embargo, no puede dejar de mencionarse que la corrección de los elementos que componen la puesta en escena dialoga con la otra corrección – la política – de su contenido (lo cual la hace irónicamente limeña).

    Y es que ‘Nunca llueve en Lima’, mientras se aleja de los contenidos más polémicos del texto, invita al espectador a identificarse – por empatía – con los personajes de la familia burguesa en decadencia; con su miedo al cambio, con su terror a la realidad. De esta manera refuerza un lugar común del discurso limeño tradicional: la nostalgia por ‘una Lima que se va’. Un discurso ‘aspiracional’ – usando el lenguaje de los publicistas – que pone a la ‘vieja Lima señorial’, a través de la añoranza, en contacto con los actuales habitantes de esta ciudad.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Alberto Ísola.

    En escena: Haydeé Aranda, Lucho Cáceres, Patricia Barreto, Carlos Tuccio, Magali Bolívar, Emanuel Soriano, Pold Gastello.

    Dramaturgia. Gonzalo Rodríguez Risco.

    Diseño de luces: Mario Raez.

    Diseño de escenografía: Marijú Núñez Malachowski.

    Realización de escenografía: Daniel Cipriano.

    Diseño y edición de sonido: José Balado.

    Selección musical: Alberto Ísola.

    Vestuario: Magnolia López de Castilla.

  • CRÓNICA. Los justos

    Bajo la dirección de Rodrigo Chávez se viene presentando ‘Los justos’, el más reciente montaje de Soma Teatro, en la sala de la Alianza Francesa de Miraflores. El texto es una versión de Daniel Amaru Silva, sobre el original del genio francés Albert Camus.

    Esta puesta en escena respeta el contexto y la anécdota principal de la obra de Camus. En ella, cinco jóvenes terroristas, en la Rusia pre revolucionaria, se preparan para la acción que concluirá en la muerte de El Gran Duque. Sin embargo, ciertos sucesos que impiden – inicialmente – que la acción se concrete ponen en evidencia las diferentes motivaciones y estados emocionales de los miembros del grupo. Ello genera que se expongan las contradicciones conceptuales y emotivas de estas personas; quienes plantean, paradójicamente, el uso de la muerte para la construcción de una mejor vida.

    El montaje propone una escenografía simétrica, sobria y funcional. Una plataforma elevada, a la que se accede por escaleras laterales, divide el escenario en dos planos y dos niveles. El espacio conformado por el primer plano, a nivel del piso, sirve como el lugar donde se desarrolla la mayor parte de la acción: el escondite de los jóvenes terroristas. Con ello se logra que cualquier otra ubicación de los actores sea el ‘afuera’, lugares de exposición y peligro – la calle, la cárcel, el cadalso -.

    Esta mención a la propuesta escenográfica no es gratuita. Pues, al definirse con rigidez un espacio principal, ausente de utilería alguna, ‘Los rendidos’ centra la atención sobre la enunciación de los textos y la relación de los personajes.

    De esta manera, la voz de Camus llega a través de la representación de estos personajes cuyo encierro no solo es físico, sino también emocional. Y es que los diálogos muestran a personas que optan con convicción por la causa revolucionaria y, simultáneamente, se saben presas de ella; que aman al pueblo, pero no se saben amados por éste; que encuentran en el compañerismo la fortaleza para seguir adelante, mientras sienten que el estar juntos es parte de una condena.

    Así, las razones y las dudas de los personajes ofrecen al espectador un acercamiento – a veces distante, a veces emotivo – a la psicología de estos terroristas. Un universo donde conviven el idealismo y el extremismo. Donde la utopía de luchar por un futuro que no se ve, que no se sabe si llegará, alterna con posturas radicales que proponen que «matar es mejor que no matar», o que la cárcel y la muerte son fines superiores y pruebas de lealtad.

    Esta exposición de contradicciones permite ver al monstruo como lo que es: una persona. Una persona en el ejercicio de sus decisiones, en la lucha con sus propios dilemas, en la construcción de sus justificaciones. Muestra también cómo en ellas – las justificaciones – pueden cimentarse las bases de un pensamiento absolutista, mezcla de misticismo (cuasi) religioso y de sujeción a la violencia.

    Por ello, debe destacarse lo pertinente de realizar este montaje – con estas temáticas – en un contexto como el peruano. En un país que ha sufrido del totalitarismo y la violencia de ‘sendero luminoso’, que tiene como herencia el negacionismo de importantes sectores de la sociedad frente a los crímenes cometidos por el Estado, o que muestra en la contienda electoral la existencia de muy pobres niveles de tolerancia y civismo, se hace urgente revisarnos en el ayer y en el hoy. Y notar cómo los discursos absolutistas no nos son ajenos; cómo la negación del ‘otro’ y la construcción de una verdad cerrada y parcial, siguen siendo parte de nuestro cotidiano social y político (representados con destreza – pero no únicamente – por el movadef, el radicalismo de izquierda, el fujimorismo y la propaganda pro extractivista).

    Este montaje de ‘Los Justos’ opta por centrarse en el texto de Camus, proponiendo una teatralidad que se sostiene en el minimalismo y la construcción/representación de los personajes – destacando especialmente la dupla de opuestos conformada por Stepan (Renato Rueda) y Yanek (Fernando Luque) -. Sin embargo, esta apuesta se fortalece en el contexto local, el cual potencia a la obra…y el montaje le devuelve al espectador una ficción de hace más de 60 años que se refracta en un trozo de realidad.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sobre el montaje aquí.

    Dirección: Rodrigo Chávez.

    En escena: Andrea Fernández, Renato Rueda, Fernando Luque, Gonzalo Molina, Gabriel Gonzalez.

    Dramaturgia: Albert Camus.

    Versión: Daniel Amaru Silva.

    Asistencia de dirección: Rodrigo Cano.

    Producción: Gabriel Gonzalez, Fernando Luque, CCPUCP, Alianza Francesa y Soma Teatro.

  • CRÓNICA. La noche árabe

    El grupo de teatro Ópalo viene presentando ‘La noche árabe’, texto del dramaturgo alemán Roland Schimmelpfenning, en la sala de Teatro Ensamble de Barranco. Este montaje, dirigido por Jorge Villanueva, vuelve a las salas de Lima luego de sus exitosas temporadas de los años 2010 y 2008, en los auditorios del ICPNA de Miraflores y del Instituto Goethe, respectivamente.

    La acción de ‘La noche árabe’ se desarrolla en un edificio multifamiliar. En un departamento del séptimo piso de este edificio viven dos mujeres. La rutina diaria de ambas es complementaria: una de ellas recibe la visita de su amante todas las noches, mientras que la otra – víctima de un hechizo que le impide recordar su gran parte de su vida – duerme profundamente luego de llegar de su trabajo.

    Distintas situaciones atraen a tres hombres hacia el departamento: la pareja de una de las mujeres, se dirige a hacer su visita diaria; el encargado del mantenimiento del edificio, recorre todos los pisos buscando la avería que impide que el agua llegue a las zonas más altas; y un vecino de un edificio contiguo, atraído por la imagen de una de las mujeres tomando una ducha.

    Las diferentes motivaciones, la forma en que se desarrollan los encuentros y el hecho que el ascensor del edificio funcione irregularmente – obligando al uso de las escaleras -, construyen un tramado de situaciones que se tornan cada vez más complejas y misteriosas.

    El uso del término ‘tramado’ no es gratuito, pues el texto de ‘La noche árabe’ propone una construcción orquestada a partir de los monólogos-testimonios de los cinco personajes; donde cada uno de ellos se expresa a nivel oral – frases dentro de una conversación – y mental – descripción de sus pensamientos y emociones – a lo largo de sus parlamentos. A ello debe agregarse que los momentos de interacción entre los personajes son escasos; por lo cual, la obra está construida de tal manera que el espectador es testigo de una historia global conformada por cinco historias independientes, pero vinculadas simultáneamente entre sí.

    Y es, justamente, ese vínculo entre las historias, ese conflicto de proximidad y distancia – personajes que no se encuentran, historias que se ‘rozan’ sin llegar a ‘tocarse’ – uno de los puntos más importantes de tensión dentro del montaje.

    Dicha tensión se ve reflejada en el accionar de los actores dentro de la puesta en escena. Rampas que suben y bajan, escaleras que van a ningún lado y plataformas a distintos niveles constituyen el espacio escénico donde los cinco personajes conviven.  De esta manera, la propuesta escenográfica de ‘La noche árabe’ construye espacios funcionales y simbólicos, acentuando los conflictos y las tensiones de la obra.

    Sin embargo, debe agregarse que, llegado a un punto, el texto dramático muta hacia terrenos de lo fantástico. Esta transición puede generar momentos de confusión; tanto por el hecho del cambio a planos que se alejan de lo real, como por la estructura acumulativa de la información que proporcionan los personajes – que no permite entender inmediatamente la transición hacia espacios de lo onírico/fantástico -.

    Pese a ello, y a cierta cadencia pesada debido al elemento descriptivo en cada uno de los parlamentos, ‘La noche árabe’ consigue guiar al espectador atento hacia su(s) desenlace(s), concretando las fábulas de lo real y lo fantástico; desentrañando los nudos creados en sus cercanías a los géneros del misterio, el policial y lo erótico.

    Este camino hacia los desenlaces no sería posible sin la articulación del trabajo de los intérpretes, pues esta pieza dramatúrgica reta a la sensibilidad de los actores al proponer un manejo colectivo del ritmo, las intenciones y la intensidad. Es en este tejido de simultaneidades, en ese laberinto de distancias y proximidades que propone el texto, la escenografía y el desplazamiento escénico, donde la capacidad de escucha y comunicación de cada intérprete fortalece una puesta en escena en la cual el protagonismo es compartido.

    Para concluir, debe mencionarse la apuesta por proponer una perspectiva bi-frontal. Pues, si bien ya se mencionó el gran aporte de la escenografía en este montaje, no puede dejarse de lado el riesgo asumido dadas las características del espacio. A ello se suma un diseño de iluminación que construye ambientes y texturas que alimentan la poética generada por las acciones de los personajes dentro de la escenografía.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sobre ‘La noche árabe’ aquí.

    Dirección: Jorge Villanueva Bustíos.

    En escena: Kareen Spano, Marcello Rivera, Nidia Bermejo, Juan Carlos morón, Juan Carlos Pastor.

    Dramaturgia: Roland Schimmelpfenning.

    Diseño de luces: Marcello Rivera.

    Escenografía: Marcello Rivera.

    Producción: Ópalo, grupo de teatro.

  • CRÓNICA. La guerra de los pañales fantasmas

    En el galpón.espacio de Pueblo Libre se viene presentando ‘La guerra de los pañales fantasmas’, montaje del colectivo escénico ‘Derramando Lisura’. Este espectáculo aborda de manera satírica el proceso de compra, por parte del Estado, de ocho millones de pañales y la posterior desaparición y destrucción de gran parte de estos bienes.

    La historia de los ‘pañales fantasmas’ es contada desde la perspectiva de  personajes que conforman parte de la plana menor de la estructura del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP): los trabajadores de un almacén donde estos pañales fueron (re)ubicados.

    Éstos, al verse encerrados en el almacén, luego de desatado el escándalo de la desaparición de millones de pañales, hacen un recuento del proceso de llegada de los mismos, a fin de definir las responsabilidades en la mencionada desaparición.

    De esta manera, un funcionario de rango menor, su asistenta y el ‘guachiman’ (que cumple roles de asistente de la asistenta), sumados a la persona encargada de llevarles diariamente sus almuerzos, recrean el proceso de compra, asignación, traslado, almacenamiento y distribución de los bienes.

    Este ejercicio de memoria satírica parte de los recursos de la realidad; la cual ha sido registrada en documentos, investigaciones periodísticas y declaraciones públicas de las autoridades implicadas. De esta manera, el absurdo de la actuación de los funcionarios estatales – en la ‘realidad’ – es un insumo vital para la construcción de un discurso escénico donde la denuncia se encuentra finamente envuelta por el humor.

    Pues, si bien ‘La guerra de los pañales fantasmas’ tiene todos los elementos de la comedia, ésta puede ser lo suficientemente aguda – y oscura – como para visibilizar el manejo informal e ineficiente de la cosa pública, el hábito continuo de la evasión de responsabilidades (laborales, civiles o penales) y la búsqueda de responsables en el eslabón más débil de la cadena de mando.

    Esto se consigue a partir de la construcción de personajes que consolidan los prejuicios sobre el trabajador estatal: un funcionario de rango menor arribista y pretendidamente ‘contactado’; una asistenta ineficiente con méritos basados en su atractivo físico; un guachimán ‘todoterreno’ que cumple roles de ‘mil oficios’ y asume el trabajo no cumplido por los demás; y una vendedora externa que no debería tener lugar dentro de las oficinas, y sin embargo se encuentra presente.

    Cabe hacer mención especial al personaje del ‘guachiman’, nombrado como ‘el cholo’. Pues resulta interesante que la naturalidad del trato de los otros personajes hacia él alejan el apelativo de una posible connotación racista (en tanto agravio a quien va dirigido el término); aplicando, más bien, el trato genérico de ‘cholo’ para el personaje de rango menor,  el sin nombre, el que se hace cargo del trabajo sucio. Mostrando, de esta manera, la normalización de la discriminación hacia el concepto de ‘cholo’ y su asociación a las labores que ‘le corresponden’.

    ‘La guerra de los pañales fantasmas’ recurre a una escenografía de pocos recursos – un escritorio y dos grupos de cajas apiñadas, las cuales funcionan como bastidores – y mínima utilería. Su diseño de iluminación es austero y funcional. Se apoya principalmente en un guión sólido y en un eficiente manejo del ritmo y la sorpresa – elementos fundamentales para el humor -.

    Sin embargo, cabe mencionar que en las pocas ocasiones que el montaje se acerca a las fronteras del absurdo el ritmo de la obra pasa por una leve caída. Y es que proponer elementos del absurdo frente a una situación que ya lo es – pañales fantasmas – es correr un riesgo innecesario.

    Asimismo, la resolución final del montaje presenta algunas debilidades en cuanto a su concreción. Pues, si bien se reconoce el mérito de mantener actualizado el montaje con respecto al estado de las investigaciones a los funcionarios públicos, el final se extiende de manera que limita la posibilidad de un remate que esté a la altura del ritmo del montaje.

    ‘La guerra de los pañales fantasmas’ es un trabajo de creación colectiva generado por jóvenes artistas que muestran que se puede ser comprometido sin ser aburrido, que se puede usar el humor sin ser tonto. Es un montaje austero de recursos técnicos, pero efectivo en cuanto a sus pretensiones artísticas y comunicativas. Devela prácticas de informalidad, irresponsabilidad e irrespeto que van desde una Ministra hasta el funcionario de menor rango, haciendo comparecer al público para contemplar – con humor – el reflejo distorsionado de nuestra convivencia ciudadana. Es la confirmación de la presencia de artistas jóvenes interesados en un teatro de temática actual. Un teatro que hable de nosotros, que hable de nuestras comedias…que son también nuestros dramas.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sobre ‘La guerra de los pañales fantasmas’ aquí y aquí.

    Dirección: Creación colectiva.

    En escena: Jesús Oro, Silvia Tomotaki, Paulo Cárdenas, Tracy Alcántara, Germán Díaz.

    Dramaturgia: Creación colectiva.

    Asistente de dirección: Gerardo Díaz.

    Producción general: Derramando Lisura.

  • CRÓNICA. Huracán

    ‘Huracán’ es la obra ganadora del segundo lugar del concurso ‘Ponemos tu obra en escena’ del Teatro Británico, en su edición del año 2014. Este montaje, escrito y dirigido por Chiara Roggero, se encuentra en su última semana de temporada.

    De carácter naturalista, ‘Huracán’ nos muestra la relación entre dos adultos, un padre y un hijo, que deben pasar juntos una noche, en un departamento de Nueva York, mientras el huracán Sandy atraviesa la ciudad.

    Esta relación, expuesta desde el inicio con diferencias, problemas de comunicación y ciertos niveles de estrés, se ve alterada con la llegada de una joven desconocida; la cual llama a la puerta del departamento en busca de refugio.

    La llegada de esta mujer origina la aparición de una nueva dinámica de tensiones entre los, ahora, tres personajes. Y es que ella, con su carácter coqueto, independiente y desenvuelto, su aire de trotamundos, y su filosofía neo hippie, va generando la aparición de nuevas actitudes en los personajes masculinos; las cuales desencadenan un estado de competencia permanente.

    Así, la relación de complicidad y ternura que genera con el padre – hombre con mayor disposición a la aventura – se opone a la tensión verbal y sexual que aparece en su vínculo con el hijo. Ello, sumado a los constantes arrebatos y cambios de ánimo e interés del personaje femenino, crea un ambiente expectante respecto a que tan lejos llegará la competencia por sus atenciones.

    Y son estos cambios de ánimo de la visitante los que guían el desarrollo de la pieza y colocan a cada uno de los personajes en diferentes situaciones. De esta manera, viajando entre el humor y el drama, ‘Huracán’ expone el mundo interno del padre, el hijo y la mujer, así como las posibilidades de relación entre ellos.

    Esta dinámica, propuesta por el texto, se suma a la calidad de las interpretaciones; otorgando frescura y agilidad al montaje. Ello genera un tránsito que resulta natural entre diferentes atmósferas emotivas.

    ‘Huracán’ se desarrolla con humor y frescura. Su cercanía a la comedia romántica dialoga sin problemas con los momentos dramáticos. Y, si bien por momentos recurre a la filosofía de autoayuda, el ritmo de su interpretación le permite sortear estos baches y discurrir con eficiencia hacia su desenlace; además de equilibrar los momentos de comedia y de drama, sin caer en excesos de uno u otro lado.

    ‘Huracán’ parte de una premisa ‘tipo’ – personajes encerrados y obligados a convivir – y dentro de ella desarrolla su anécdota con pericia. No pretende ser más de lo que es, y dentro de esa – aparente – simpleza logra entretener y conmover.

    (*) Foto tomada de aquí.

    Dirección y dramaturgia: Chiara Roggero.

    En escena: Omar García, Sergio Paris, Fiorella Pennano.

    Diseño de escenografía: María Julia Núñez Malachowski.

    Diseño de luces. Julio Beltrán.

  • CRÓNICA. Reglas para vivir

    Si bien existen situaciones cómicas que son universales, se puede afirmar que el sentido del humor es personal; no a todos les hace gracia las mismas cosas, no a todos les afecta el humor de la misma manera. Estas reflexiones surgen a partir del reciente montaje del Teatro La Plaza, ‘Reglas para vivir’; escrito por la británica Sam Holcroft y dirigida por Josué Méndez.

    En esta tragicomedia, dos hermanos son acompañados por sus respectivas parejas – esposa y novia de turno – a pasar la navidad con sus padres. Cada uno de los personajes debe elaborar su estrategia de comportamiento para, en esta emblemática y, en ocasiones, tensa  reunión familiar, no cometer errores y permitir que fluya la armonía.

    A partir de estas premisas, ‘Reglas para vivir’ se construye desde la dinámica de la comedia de situaciones. Y es a medida que avanza la interacción entre los personajes que se van develando secretos que alteran, inevitablemente, la relación familiar. Sin embargo, los mismos personajes tratan de ejercer un ‘control de daños’, haciendo el ejercicio de pasar por alto las molestias que van surgiendo entre ellos.

    Este empeño por contener las tensiones se vuelve inútil una vez descubierto el real estado de salud del padre, otrora líder castrador y dominante. A partir de ese momento, se evidencia el absurdo de fingir que ‘todo está bien’; y son inocultables las disputas, los rencores, los celos y el chantaje emocional.

    Esta estructura de presentación-tensión sostenida-explosión resulta bastante funcional para la ejecución de una comedia de situaciones. Pero no es lo único que el texto de ‘Reglas para vivir’ ofrece; pues cada uno de los personajes expone una densidad psicológica y emotiva que le otorga un importante peso dramático al montaje.

    La mencionada densidad psicológica es aprovechada por el director para construir una dinámica de complicidad con el público. Así, a través de la proyección de un tablero – que hace referencia a los videojuegos – se van conociendo las debilidades y manías de cada uno de los personajes. Esto le otorga al espectador la oportunidad de conocer mejor a cada uno de ellos, tanto a partir de lo que dicen como de lo que callan. Ello permite explorar el humor desde las contradicciones en el accionar de cada personaje.

    Sin embargo, es justamente ese contrapunto entre comedia y conflicto sicológico lo que pone en evidencia las debilidades del montaje.

    Una de las principales es la existencia de diferentes estilos en la construcción de los personajes. Estas diferencias no afectan el aspecto dramático de la obra, pero si afectan a la comedia.

    Así, Claudia Dammert da vida a una mujer neurótica, obsesionada por fingir que todo está bajo control, que apacigua su frustración con el consumo de fármacos y la obsesión por el orden y la limpieza. Dammert construye, de manera brillante, una caricatura en clave naturalista. Por otro lado, la interpretación de la joven actriz – novia de uno de los hermanos -, a cargo de Katerina D’onofrio, se apoya en el uso de gags físicos, abundante gestualidad y movimientos entrecortados. D’Onofrio también construye su personaje desde la caricatura, pero ésta es una caricatura expresionista.

    Los personajes mencionados, debido a su interpretación y forma de construcción, terminan siendo los más extremos del grupo. Por otro lado, los restantes (*) – los dos hermanos y la esposa de uno de ellos – comparte similitudes de estilo, una interpretación contenida decididamente naturalista.

    Así, las diferencias entre los dos personajes extremos – dos caricaturas de diferente estilo – y los otros tres – más homogéneos – le termina restando matices a la construcción general de la comedia. Pues ésta, si bien cuenta con diálogos entretenidos y graciosos, no define su dirección, su estilo; navegando en un ritmo irregular de momentos de humor que aparecen y desaparecen.

    Y es en esos momentos en donde no queda claro cuál es el humor sobre el que se sostiene ‘Reglas para vivir’, ¿el de los textos?, ¿el de los personajes?, ¿el de las actuaciones?

    Esta falta de claridad, si bien no determina – en términos generales – el resultado del montaje, si lo afecta en más de un momento. Quizá el más evidente es el cuadro con el que concluye el primer acto. Y es que, pese a que en los diálogos se menciona la importancia del retorno del padre enfermo, lo severo de su carácter y su imagen de prócer dominante, en el momento de su ingreso no queda claro si, con su estado de salud, se pretende construir una escena humorística, dramática o tragicómica.

    Vale mencionar que ‘Reglas para vivir’ no solo se apoya en el texto y las actuaciones. Su escenografía nos muestra el interior de una casa – sala, comedor y cocina – montados sobre un tablero de juego; el cual se mimetiza con los objetos del ambiente, mientras divide el espacio en zonas de iguales dimensiones. Ello refuerza la idea de juego-competencia que nos ofrece un video inicial, y que dialoga con el video mencionado anteriormente.

    ‘Reglas para vivir’ es un montaje complejo. Una tragicomedia con profundidad sicológica, mucho humor y momentos extremos. El desarrollo de la comedia es desigual, pero efectiva (lo cual refuerza la subjetividad que se expone en el primer párrafo de este texto). Logra, por medio de la escenografía y el video, fortalecer el concepto de competencia; la cual se desarrolla en amplitud sobre la última parte del segundo acto, en la escena del juego.

    Su mayor virtud resulta siendo su mayor dificultad, lidiar con la profundidad de los personajes hace que el montaje caiga, por momentos, en situaciones donde la retórica parece dominar sin dirección aparente.

    (*) En este análisis no se considera al personaje del padre; ya que, dada su condición de salud, el personaje ofrece pocos matices para la interpretación.

    (**) Foto tomada de aquí.

    Dirección: Josué Méndez.

    En escena: Claudia Dammert, Katerina D’Onofrio, César Ritter, Hernán Romero, Vanessa Saba, Leonardo Torres Vilar.

    Dramaturgia: Sam Holcroft.

    Traducción: Gonzalo Rodríguez Risco.

    Asistencia de dirección: Adriana Cuba.

    Gráfica y animación de paneles: Juan Carlos Yanaura.

    Realización de escenografía: Alejandro Espinoza.

  • CRÓNICA. Cartas de Chimbote

    El Grupo Yuyachkani presenta una nueva temporada de ‘Cartas de Chimbote’, creación colectiva en homenaje a José María Arguedas. Este espectáculo ofrece, a través de la recolección de documentos legados por el amauta,  un acercamiento a los últimos años de su vida. Así, la correspondencia que enviaba a su psicoanalista Lola Hoffmann y a su amigo John Murra, junto a elementos ficcionales de la novela ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’ – y los diarios y cartas que forman parte de ésta -, son parte del eje dramático que guía el montaje.

    ‘Cartas de Chimbote’ reta al espectador desde su ingreso a la sala de la casa de Yuyachkani. Al entrar se observa cómo el espacio ha sido reducido en su aforo, colocando al público en posición muy cercana al escenario. A ello se suma que el espectador puede ser testigo de la preparación de los actores en la tras escena; pues ésta – ubicada a ambos lados del fondo del escenario – se encuentra cercada por un alambrado que permite ver su interior.

    La neutralidad – alejada de cualquier impostura o deseo de representación – con que los actores se desenvuelven en la tras escena, continúa una vez que están ubicados en el escenario; donde los seis artistas se colocan tras una gran mesa, de manera frontal al público. Cada uno, sentado en una silla – y dejando una séptima libre – porta algunos papeles; los cuales son compartidos, leídos y comentados.

    Así, a medida que se desarrolla la lectura, se entiende que los actores están haciendo la presentación – o introducción – del tema: José María Arguedas.

    Es a partir de ese momento, una vez esclarecida la cuestión a tratar, que cabe preguntarse ¿qué es ‘Cartas de Chimbote’?, ¿es una conferencia?, ¿una mesa redonda?, ¿una ponencia coral?

    Y es que el trabajo de los actores – su disposición en escena, su calidad de energía y tipo de interpretación -, junto a la narración a partir de la lectura de documentos, generan que estas preguntas y dudas sean válidas.

    Sin embargo, mientras el montaje avanza, va ofreciendo matices que complejizan su percepción y ofrece distintas posibilidades de responder las preguntas planteadas líneas arriba.

    Pues, a medida que se desarrolla la obra – y sin dejar de lado su cualidad principalmente documental y expositiva – hacen su aparición breves acciones que ofrecen distintos ‘estados de representación’ y teatralidad. Estas acciones destacan, mayoritariamente, por su brevedad  y sutileza. Así, por ejemplo, el uso de un sombrero, un cambio en el tono de voz o el alejarse del grupo de actores portando una mesa – y desarmando, temporalmente, la mesa principal –, mientras se lee alguno de los textos, permite observar cierto nivel de representación ‘teatral’ (*). Ésta, una vez cumplida su función, se desvanece tan sutilmente como apareció; devolviendo al actor al estado de ‘neutralidad’ (¿o de ‘no representación’?) que guía la mayor parte del montaje.

    El modo elegido para organizar los materiales textuales de ‘Cartas de Chimbote’ es fragmentario. Así, el espectáculo propone una estructura que separa – a modo de capítulos – la correspondencia enviada a Lola Hoffmann, la de John Murra y las anotaciones – ficcionales y documentales – de la novela. Esta separación no impide que existan ciertos elementos comunes a las tres partes. Ello, sumado a los saltos en el tiempo, hace que dichos elementos en común se alejen y retornen de acuerdo a una estudiada arquitectura rítmica, temática y emotiva.

    Ya que, si bien existen diferencias entre lo compartido con Hoffmann (1962-1969) – estados de profundo desasosiego, conflictos sentimentales y sexuales, gran sentido de gratitud y dependencia emocional –  de lo escrito a Murra (1967-1969) – fascinación por Chimbote, dudas y decisiones sobre la novela -, ambas correspondencias comparten con los materiales de ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’ la presencia de pozos depresivos y picos de entusiasmo, las reflexiones sobre el impulso creativo y la exigencia vital de crear, la permanente idea del suicidio y el retorno inevitable hacia la necesidad de pensar y sentir al Perú.

    De esta manera, en los párrafos anteriores se recoge dos de los elementos principales de ‘Cartas de Chimbote’: un universo textual caracterizado por su carácter documental, y una convención escénica que parte de la neutralidad de los actores para viajar por distintos estados de representación.

    Estos elementos, enlazados a lo largo del montaje, están organizados para exponer de manera sensible la dura batalla que entabló José María Arguedas con sus propios conflictos; en especial durante sus últimos años.

    Y es el tratamiento escénico de sus textos lo que permite que el público se acerque a su voz, su personalidad y su obra final, de una manera muy próxima a lo confesional. Ello genera que, pese a lo conmovedores que pueden resultar algunos momentos o testimonios, éstos no caigan en el exceso de dramatismo; siendo profundamente dramáticos, dentro de su sobriedad.

    A esto se suma la estructura fragmentaria, que permite alternar la voz del personaje con la de los actores, los tiempos difíciles con los momentos de entusiasmo, los temas personales con los análisis sociales. De esta manera, se va organizando un adecuado manejo de las tensiones dramáticas.

    En este punto cabe señalar  que, pese a toda la complejidad del universo que propone ‘Cartas de Chimbote’ – a la cual este texto pretende acercarse -, ésta es mostrada desde la simpleza y la austeridad escénica.

    Así, un grupo de actores – acompañados de tres mesas – muestran al personaje con lealtad, admiración y franqueza. Exponen al ‘mito’ como un hombre real; con las miserias y grandezas que eso puede conllevar.

    Y si bien se le puede señalar como una obra para iniciados (la escena de los huevos), o de tener momentos excesivamente crípticos (como en la presencia de algunas canciones en quechua), ‘Cartas de Chimbote’ propone un teatro de riesgo y valentía; con el que construye una dramaturgia física y textual rica en matices y símbolos.

    Y entonces, ¿qué es ‘Cartas de Chimbote’?, ¿es una conferencia?, ¿una mesa redonda?, ¿una ponencia coral?

    Quizá la última escena del montaje pueda ofrecer un indicio para responder estas inquietudes. Pues, la ruptura de la cuarta pared, el compartir los alimentos con el público, la presencia de la imagen final, nos muestran a un grupo de artistas construyendo un ritual en homenaje a un maestro. Un ritual  – tal como lo son el teatro, la conferencia o la ceremonia de duelo – donde el público está invitado a ser parte; invitado a rendir homenaje a ese  “peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

    (*) Ello no excluye la existencia de escenas donde se aprecia una teatralidad más ‘densa’; con la  presencia de personajes construidos desde la acción corporal, la impostación vocal, el uso de elementos y la presencia de vestuario – o la aparición de personajes enmascarados -.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    En escena: Ana Correa, Augusto Casafranca, Débora Correa, Julián Vargas, Rebeca Ralli y Teresa Ralli

    Concepto y dirección: Miguel Rubio Zapata.

    Directora asistente: Milagros Felipe Obando.

    Producción general: Grupo Cultural Yuyachkani.

    Productora asociada: Socorro Naveda.

    Investigación: Grupo Cultural Yuyachkani, Luis Rodríguez Pastor.

    Musicalización: Grupo Cultural Yuyachkani.

    Diseño sonoro: José Balado.

    Equipo plástico: Edmundo Torres, Mariano Márquez, Lili Blas, Paul Colinó, Segundo Rojas, Hugo Mendoza, Juan Miguel Verástegui.

    Creación Colectiva de Yuyachkani.

  • ESPECIAL. Crítica teatral y medios digitales

    “Acá no hay crítica”, “desde que no está ALAT no tenemos críticos”, “para escribir crítica tienes que estudiar para crítico y haber visto muchísimo teatro”. Estas frases – y otras similares – solían escucharse en conversaciones de personas vinculadas a las artes escénicas, cuando asomaba el tema de la crítica teatral.

    Y, probablemente, algo de cierto tenían estas afirmaciones. Durante mucho tiempo se ha dejado de contar con textos que, periódicamente, sean referentes de reflexión acerca de los trabajos escénicos que se presentan en la ciudad.

    Esta ausencia de crítica podría explicarse – entre otros motivos – por la paulatina disminución de espacios para la difusión cultural en los medios de comunicación tradicionales. Hoy, por ejemplo, el espacio asignado en los periódicos para la sección cultural se ha visto reducido, compitiendo con noticias de espectáculo y farándula, o ha desaparecido.

    Sin embargo, las ventajas que otorga el internet han permitido la aparición de nuevas voces, interesadas en el análisis y difusión del acontecimiento teatral. Son personas provenientes de diversas formaciones – periodismo, literatura, artes escénicas, ingeniería, medicina –, quienes han encontrado en los blogs la oportunidad de compartir sus reflexiones y puntos de vista sobre los distintos montajes que se presentan en la ciudad.

    Sergio Velarde, con su blog ‘El oficio crítico’, es un referente dentro de este grupo de comunicadores digitales. Creado hace 9 años como parte de una tarea universitaria, este medio ha logrado concentrar las dos formaciones académicas de Velarde: el periodismo y las artes escénicas. Hoy, es un espacio donde se publican críticas, entrevistas e información sobre estrenos.

    Velarde explica que para escribir una crítica toma como premisa la estructura que plantean las teorías de la crítica periodística. Sin embargo afirma: “para escribir no hay una fórmula, pero si elementos (…) elementos que son parte de la experiencia teatral”. También asegura que “cada crítica es diferente (…) puede partir de una frase, una idea, una actuación (…) a veces pesa más la dramaturgia, el estilo, la iluminación”.

    Eder Guarda también es periodista. El ejercicio de sus prácticas pre-profesionales lo llevaron a la sección cultural de un diario, lo que le permitió acercarse a muchas manifestaciones artísticas y conversar con sus creadores. Culminada esa etapa, la necesidad de compartir sus reflexiones hizo que surja la idea de iniciar el blog ‘El escenario imaginado’ (2010). La ausencia de espacios de formación en crítica escénica no detuvo su impulso. Así, escribiendo fue “haciendo camino” y asistiendo a espectáculos fue “entrenando el ojo”. “Con el tiempo vas entendiendo la importancia del rol de las actuaciones, de la dirección (…) uno reconoce los estilos y tendencias en los directores (…) reconocer esa variedad te obliga a reflexionar como abordar una obra”.

    Guarda, al igual que Velarde, considera que es importante acercarse a los creadores “conocer el universo creativo de los artistas te permite entender el fenómeno y sus matices (…) tener cercanía te permite generar una réplica y ampliar el panorama”.

    Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Gabriela Javier Caballero es quien está detrás del blog ‘El teatro sabe’ (2011). A su formación universitaria le ha sumado su búsqueda autodidacta y el haber tomado algunos talleres. En sus publicaciones combina los conocimientos académicos – teorías, parámetros de análisis – con los elementos propios del fenómeno escénico; y a ello le suma el “entrenamiento de la mirada”. Javier Caballero considera que el crítico “genera conocimiento”; lo hace “al elaborar hipótesis y a través de la fundamentación de la mirada”.

    También egresado de Literatura en la UNMSM, Piero Miovich Bedregal publica desde el año 2014 en su blog ‘Las fauces de la musa’. En sus publicaciones aborda el análisis de los montajes teatrales desde la teoría y la crítica literaria; pero no para estudio exclusivo del texto teatral, pues “estas herramientas pueden ser útiles para analizar cualquier tipo de discurso (…) son las herramientas, o los sistemas de interpretación, del análisis literario aplicados a la puesta en escena”.

    Miovich menciona que “se suele decir que la crítica está para orientar al espectador, pero yo lo veo como un complemento necesario para contrastar, reafirmar o recordar la obra”.

    El interés en el análisis del fenómeno teatral no es lo único que tienen en común estos comunicadores. En todos los casos mencionados se trata de proyectos auto financiados. Así, la vocación por la comunicación, la investigación y el hecho escénico es un elemento fundamental en la existencia de estos espacios virtuales.

    Comparten también el sentido de la responsabilidad que surge al reconocer a la subjetividad propia – más allá de la formación y los recursos técnicos de cada uno – como primer elemento para la elaboración de un texto crítico.

    Asimismo, tienen en común el interés en que su trabajo sea un medio de intercambio con los creadores. Tanto recibiendo información por parte de los artistas, la cual amplía la perspectiva de los críticos; como brindando una necesaria retroalimentación sobre el trabajo escénico expuesto.

    El trabajo de la crítica es muchas veces incomprendido. Existen prejuicios que asumen al crítico como alguien concentrado en los errores o fallas, o como personas que buscan ponerse por encima del trabajo de los artistas. Nada más alejado de la realidad, los testimonios de estos comunicadores proponen la idea del crítico como una persona más del público – quizá con mayor entrenamiento en la observación – que emite una apreciación sustentada y responsable sobre la obra artística.

    Este interés en el análisis del hecho escénico no es exclusivo de los comunicadores mencionados. Existen también otras personas que, a través de medios tradicionales (Alberto Servat),  publicaciones especializadas (Percy Encinas) y, cómo no, blogs (‘El teatro de mi vida’, ‘Crítica teatral Sanmarquina’) vienen aportando a la reflexión teatral.

    No se puede finalizar sin mencionar el importante legado de Sara Joffé, teatrista que ha influido en el trabajo de más de uno de los entrevistados; así como en otras personas que también son parte de este movimiento de crítica teatral virtual.

    Sara Joffré, al igual que Alfonso La Torre (ALAT) y Hugo Salazar Del Alcázar  son referentes vitales para estas nuevas épocas; donde la posibilidad de publicar es más cercana, pero el camino es igualmente exigente.

     

    Frases:

    Las plataformas virtuales le dan a la crítica la oportunidad de crecer. Pero es una obligación hacer un trabajo de calidad para que la gente sepa que hay personas interesadas seriamente en la reflexión teatral” – Sergio Velarde.

    No sé si los críticos tengamos algún tipo de poder, como el de influir sobre el éxito o fracaso de una temporada, ni creo que sea necesario” – Sergio Velarde.

    En paralelo a ver la obra trato de conseguirme y leer los textos” – Eder Guarda.

    A veces es complicado registrar varias obras, las temporadas breves y la oferta excesiva impiden hacer un seguimiento mayor” – Eder Guarda.

    Cuando una obra no está lista, o no llegó a una fase madura, es mejor no publicar” – Eder Guarda.

    La influencia es menor quizá porque la crítica se reconoce como un ejercicio académico y la gente se acerca al teatro a partir de un elemento sensible” – Eder Guarda.

    Me interesa la continuidad de la propuesta en función a las propuestas locales y como eso se inserta en una cartografía más general” – Gabriela Javier Caballero.

    Me motiva especialmente escribir cuando se trata de una buena propuesta y no tiene la respuesta o el conocimiento del público” – Gabriela Javier Caballero.

    Existen más páginas de difusión y de recomendaciones que de crítica. Ese trabajo es necesario, pero disfrazar la difusión de crítica es un error que debería evitarse” – Gabriela Javier Caballero.

    He sido formado como un analista de discursos. Estas herramientas pueden ser útiles para analizar cualquier tipo de discurso, incluido el escénico” – Piero Miovich.

    La crítica es un proceso creativo, ligado al intelecto, al trabajo de las ideas y usa como base a otro proceso creativo previo” – Piero Miovich.

    El crítico es cómo un espectador entrenado y que siente la necesidad de generar un espacio de diálogo con los creadores” – Piero Miovich.

     

    Claves:

    Eder Guarda, blog “El escenario imaginado”. – http://elescenarioimaginado.blogspot.pe/

    Gabriela Javier Caballero, blog “El teatro sabe”. – https://elteatrosabe.wordpress.com/

    Piero Miovich Bedregal, blog “Las fauces de la musa”. – http://pieromiobe.blogspot.pe/

    Sergio Velarde, blog “El oficio crítico”. – http://eloficiocritico.blogspot.pe/

     

    Video: