Etiqueta: teatro peruano

  • CRÓNICA. Curandero

    ‘Curandero’, el más reciente montaje de Angeldemonio Colectivo Escénico, se presentó en la sala de Agárrate Catalina entre el 21 y el 30 de octubre. La puesta, dirigida por Ricardo Delgado, es una creación colectiva y tiene como único intérprete a Augusto Montero.

    ‘Curandero’ expone su particular carácter desde el ingreso a la sala. En el escenario se encuentran ubicados, cual instalación plástica, los elementos con los que el intérprete desarrollará sus acciones. Los olores a agua florida y agua de rosas acompañan simbólica y sensorialmente la presencia de elementos asociados a distintas ritualidades populares: una gran sábila decorada con un listón, un balde con ruda, unas tijeras de acero, un plato con huevos crudos y una máscara-escultura de un perro peruano. Junto a ellos se encuentran un costal de rafia y una carreta, los cuales complementan las referencias al contexto de la puesta en escena.

    Y es que ‘Curandero’ -según la información que ofrece en su página de Facebook- plantea la historia de “un estibador del mercado la ‘Parada’, desilusionado del amor” que “busca la cura a su dolor por medio de la curandería, pero encuentra otro sentidos a los rituales”, los cuales “terminan por seducirlo, transformándolo en otro ser”.

    Angeldemonio parte de esta anécdota para presentar una puesta en escena estructurada por cuadros. Cada uno de éstos se construye a partir de la presencia y las acciones del intérprete, así como de su relación con los elementos-símbolo con los que trabaja. La disposición de estos cuadros a lo largo del montaje, sumada a la enunciación de algunos textos, alimenta la progresión de la anécdota.

    Sin embargo, se debe precisar que esta progresión no es literal. Y es que los cuadros-escenas de ‘Curandero’ no narran explícitamente lo que sucede con el personaje, pues no cuentan una historia a partir de la interpretación de un texto dramático. En vez de ello, parten de la anécdota para elaborar pequeñas estructuras -compuestas por acciones, imágenes, símbolos y sensaciones- que simbolizan la soledad, la tristeza, el dolor y las formas que el personaje encuentra para enfrentarlas.

    Esta manera de construir cada cuadro se ve fortalecida por la potencia simbólica de los elementos con los que se trabaja y por los valores culturales que cada uno de ellos posee. Así, por ejemplo, la sábila puede simbolizar protección, curación, ritualidad, paganismo. Lo mismo podría suceder con la máscara del perro peruano. La cual, ubicada en la pared puede interpretarse como la imagen central de un altar; mientras que siendo usada por el actor puede hacer referencia a lo cholo, lo peruano, lo ‘pelado’ o lo ‘mitad hombre, mitad bestia’ mencionado en uno de los textos.

    Ello invita a afirmar que ‘Curandero’ plantea una primera capa de sentidos a partir del vínculo cultural que el espectador tenga con el contexto que se representa y los elementos que lo definen. Esto incluye tanto a los objetos que conforman la instalación escénica como a la música chicha, los sonidos de rezos y los olores asociados a la ritualidad popular que los acompañan.

    Sin embargo, ‘Curandero’ ofrece otros niveles de sentido aun si se omitiera el valor cultural de los elementos. Pues, a ellos se suma la cuidadosa construcción de cada cuadro a nivel de acciones, elementos, imagen, ritmo e iluminación; lo cual facilita interpretaciones vinculadas a la evocación sensorial y la apreciación estética.

    Estas formas de acercarse a la obra -que probablemente no sean las únicas- comparten un concepto en común: la experiencia sensorial del espectador. Y si bien este concepto no tendría nada de particular, pues todo acto escénico lo implica, se le menciona porque ‘Curandero’ apuesta por complementar su abstracción con estímulos estéticos y sensoriales. Así, la manera en que se aborda al espectador coloca a éste más cerca de vivir una experiencia performática que de ser testigo de un ejercicio dramático.

    Esta idea se fortalece al observar el trabajo del intérprete, quien propone un doble juego entre el hacer y el representar. Pues, sus acciones al inicio del montaje -acomodando los objetos- y de interacción con el público -frotando un huevo en la palma de una mano- rompen las convenciones de la interpretación.

    Estas alteraciones en la convención son exitosas debido al estupendo trabajo del intérprete. Sus calidades de energía y su potente presencia son puestas de manifiesto durante toda la obra. Resalta especialmente su performance reinterpretando la danza de tijeras en una escena donde el personaje se muestra en estado de desesperación. Montero, al ritmo del arpa y el violín, toma los principios de la danza tradicional y los fusiona -con inteligencia y sensibilidad- con otras técnicas de movimiento. De esta manera compone un nuevo estado corporal, un Danzaq urbano, y lo pone al servicio de la puesta en escena.

    ‘Curandero’ parte de una anécdota para plantear en escena los dramas y elementos de la calle. Pero no de cualquier calle, sino de los alrededores del mercado de La Parada. Ello le permite mostrar el carácter de este pulmón de lima: cholo, mestizo, popular, pagano.

    Angeldemonio propone un montaje que juega con la polisemia, invita a diferentes (re)interpretaciones, pero sin descuidar su base conceptual. En él dialogan lo racional, lo estético y lo sensitivo. El que apele a esta conjunción de distintas sensibilidades invita a afirmar que ‘Curandero’ es una experiencia. Sin embargo, la lealtad a su anécdota -a la necesidad de contar una historia- apura la búsqueda de un final dramático -un desenlace- que desentona con el ritmo de la propuesta. Ello, si bien no afecta la apreciación general de la obra, invita a imaginar el funcionamiento del montaje prescindiendo de los textos como guía dramática.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Ricardo Delgado.

    En escena: Augusto Montero.

    Asesoría Dramatúrgica: Daniel Dillon.

    Realización Musical: Abel Castro.

    Diseño de iluminación: Ricardo Delgado, Igor Moreno.

    Asesoría en danza tradicional: Luis Clemente.

    Mascara y esculturas: Paul Colino.

  • CRÓNICA. Tito

    Entre el 27 y el 30 de octubre se presentó ‘Tito’, la cuarta puesta en escena del XIII Festival de teatro peruano norteamericano organizado por el ICPNA.

    Este montaje, dirigido y escrito por Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda, toma como referencia y reinterpreta a ‘Tito Andrónico’ de William Shakespeare y lo contextualiza dentro de una dictadura latinoamericana.

    ‘Tito’ varía ligeramente los nombres de algunos personajes del texto original, y conserva parte de sus peripecias, para presentar la lucha de dos personajes antagónicos por el control total del poder político de un país; el cuál solo será accesible destruyendo a su enemigo.

    El contexto donde se desarrolla esta pugna es expuesto, al inicio del montaje, por tres actores que conforman un coro. Estos personajes informan al público, valiéndose de la narración y la interpretación, sobre la enfermedad y muerte del dictador de una nación; y cómo esta situación plantea un nuevo escenario político en el país.

    Así, el hijo del dictador se ve obligado a proponer la idea de un gobierno de concertación que facilite el paso hacia la democracia. Para ello organiza una junta de gobierno que incluye a dos rivales irreconciliables: el principal colaborador de su padre -hombre acusado de múltiples asesinatos a enemigos políticos y población indefensa- y la líder visible de la izquierda opositora -sospechosa de vinculaciones con grupos terroristas-.

    A partir de este momento el montaje cambia. Pues, deja de lado al coro y su información sobre el contexto, para enfocarse en las pugnas entre los dos rivales políticos. De esta manera, se suceden una serie de escenas donde los contendores planifican y ejecutan sus acciones de debilitamiento del enemigo, hasta llegar al triunfo final de uno de ellos.

    Esta estructura, que viaja de una ‘mirada panorámica’ a una más focalizada -un ‘zoom in’– en los personajes, facilita la comprensión del contexto y el desarrollo de la anécdota de la obra. Sin embargo, ‘Tito’ presenta problemas de contenido. Y es que el lenguaje de los personajes -y también el de algunas situaciones- es bastante cercano a la caricatura. Así, el líder militar es un hombre desalmado, que vive en la impunidad total, no muestra dolor y repite frases cliché sobre sus enemigos políticos (“hay que matarlos desde chiquitos para que no sean terroristas” (*), por ejemplo); la líder de izquierda repite frases panfletarias y lugares comunes; y el heredero del dictador no solo es débil políticamente, sino también pusilánime al extremo.

    Estas características de los personajes, si bien pueden ser útiles durante la ‘mirada panorámica’ -discursos políticos a la prensa, contextualización de la anécdota- dejan de serlo cuando se pretende mostrar hasta donde está dispuesto a llegar cada uno para conseguir su objetivo. Pues, pese al ‘zoom in’ que expone a cada personaje en su cotidianidad, estos no muestren conflictos internos sólidos frente a su accionar. Ello genera que, ante la ausencia de dudas y la reiteración de comportamientos, las peripecias se vuelvan predecibles.

    ‘Tito’ es un montaje que apuesta por una estructura dramática efectiva. Se vale de tres mesas para componer una escenografía minimalista que, por medio de la simetría y el volumen, propone una estética de control y autoridad. Además de ello, la austeridad de elementos dinamiza los cambios de escena favoreciendo al ritmo del montaje. Su diseño lumínico aporta y fortalece a la sensación de control dictatorial y de confabulación política.

    Sin embargo, las debilidades del texto no permiten redondear con solidez la propuesta. Y si bien invita a interpretar la propuesta como una parodia -al coquetear con la realidad política local- no queda clara la dirección hacia donde ésta apuntaría.

    (*) El entrecomillado no corresponde al texto de la obra. Se ha reproducido el sentido de la frase.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    En escena: Carlos Victoria, Anahí de Cárdenas, Marco Miguel Ravines, Sebastián Rubio, Adriana Cuba, Javier Saavedra.

    Dramaturgia: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    Asistencia de dirección: Danna Ben Haim.

    Composición musical: Gabriel de la Piedra.

    Diseño de iluminación: Nelson Morales y Gean Pool Uceda.

    Diseño de vestuario: Pedro Blassia.

  • CRÓNICA. Ropa íntima

    ‘Ropa íntima’ es el tercer montaje presentado dentro del marco del XIII Festival de teatro peruano norteamericano organizado por el ICPNA. La obra de la norteamericana Lynn Nottage, ganadora del Premio Pulitzer por ‘Ruined’, fue dirigida por Talía Coloma y se presentó entre el 20 y el 23 de octubre.

    La historia de ‘Ropa íntima’ está ambientada en Nueva York a inicios del siglo pasado. Toma como eje la vida de una mujer afroamericana de 35 años -de clase trabajadora- y sus vínculos con las personas de su entorno: su casera, mujer mayor que funge como consejera; una de sus clientas, blanca y de clase acomodada; su mejor amiga, artista en decadencia que se dedica a la prostitución; y su proveedor de telas, hombre judío, atento y solitario.

    La vida de la protagonista transcurre dentro de una monotonía sin sobresaltos. Trabaja cosiendo ropa íntima, atiende a su clientela y cuida su dinero. Lo único que podría alterar esta rutina es la posibilidad de concretar alguno de sus dos anhelos: tener su propio salón de belleza o conocer un hombre y casarse.

    Es precisamente el inicio de una relación sentimental, por correspondencia, el hecho que altera la dinámica de su vida y sus relaciones con los otros personajes. Pues, además de compartir sus expectativas con su mejor amiga, debe hacerlo con su clienta y su casera. Y es que, como la protagonista no sabe leer y escribir, son ellas quienes le leen las cartas y le ayudan con las respuestas. Así, a medida que la relación avanza hasta concretarse, y posteriormente fracasar, se exponen las diferentes miradas de cada uno de los personajes.

    La puesta en escena de ‘Ropa íntima’ plantea diferentes ambientaciones dentro del escenario del teatro. Cada una tiene como eje un mueble -una cama, un piano, un mueble de tocador, un exhibidor de telas, una máquina de coser- y cuenta con una cuidada presencia de utilería con la que los personajes se relacionan.

    La protagonista recorre estos espacios a medida que se desarrolla su relación con cada personaje y que se va haciendo más presente -y posible- su romance a distancia. Así, con prudencia, corrección y cierta rigidez, el montaje evoluciona según la pauta del texto dramático.

    El abordaje del texto propone al primer acto como un universo de complicidades e inocencias, donde los personajes femeninos comparten confidencias y sueños. Asimismo, se presenta con aire romántico la tensión sexual existente entre la protagonista y el vendedor de telas.

    Toda esta ingenuidad, esta coquetería casi infantil (no se entienda acá lo infantil como algo peyorativo), se ve rasgada a medida que la presencia masculina del amante epistolar toma forma en el segundo acto. De esta manera, la obra avanza lentamente hacia un desenlace dramático; donde la protagonista ve como sus sueños se desvanecen y debe reiniciar su vida.

    La mención al tono del primer y segundo acto permite resaltar la delicadeza y el cuidado del planteamiento de ‘Ropa íntima’. Y es que la contención y dulzura de la actriz protagónica dialoga con fluidez en su relación con cada uno sus compañeros. Por ello, a medida que se presenta cada escena, cada interacción, se construye tanto la estructura dramática de la obra como el carácter sensible de la puesta en escena.

    Este cuidado, esta delicadeza, se encuentra presente también en el vestuario y la utilería. Y si bien el escenario puede resultar algo sobrecargado de elementos escenográficos, el adecuado diseño de luces centra la mirada del espectador en cada uno de los espacios; ambientándolos de tal manera que el carácter de cada escena se impone.

    El montaje cuenta, además, con una ambientación sonora ejecutada en vivo. Ésta cumple roles incidentales y de acompañamiento. Y si bien es efectiva, la combinación de estilos e instrumentos -piano, cuerdas, percusión- no termina de concretarse como unidad estética.

    ‘Ropa íntima’ apuesta por una dirección que propone una estética naturalista, delicada y convencional. Apela a la fortaleza dramática del texto para contar su historia y lo hace con éxito. Evita excesos y esquiva las situaciones controversiales. Elude la toma de posición y confía en que la obra hable sola.

    Sin embargo, estas decisiones alejan al montaje de varios de sus conflictos más importantes. Pues, si bien el texto ofrece aproximaciones a los conflictos de clase y de raza, estos quedan relegados a un segundo plano. Lo mismo sucede con la imposibilidad de los diferentes personajes de cambiar su destino; condenados a vivir, y sufrir, las vicisitudes de la realidad social que le tocó.

    Así, el montaje ofrece una lectura conservadora del texto. Una lectura cercana al fatalismo romántico latinoamericano. Ese lugar donde una mujer, víctima del amor, es tratada con condescendencia por ser incapaz de enfrentar a su destino.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Talía Coloma.

    En escena: Alicia Olivares, Rosita Guzmán, Cecilia Monserrate, Leticia Narvarte, Daniel Zarauz, Anaí Padilla, Gabriel Ledesma.

    Dramaturgia: Lynn Nottage.

    Traducción: Marianella Pantoja Castilla.

    Asistencia de dirección: Leticia Narvarte, Gilda Alvarado.

    Diseño de luces: Mario Ráez.

    Diseño de arte: Karen Calderón.

  • CRÓNICA. Ipacankure

    Como parte del XIII Festival de teatro peruano norteamericano, organizado por el ICPNA, se presentó ‘Ipacankure’; la emblemática obra del dramaturgo arequipeño César Vega Herrera. Las funciones de este montaje, dirigido por José Antonio Buendía, se realizaron entre el 13 y el 16 de octubre.

    El texto dramático de ‘Ipacankure’ presenta la relación de dos hombres que comparten habitación, comida y cama en medio de un ambiente de pobreza y precariedad. Son dos mercachifles, sobrevivientes de sí mismos y de la realidad social de su tiempo.

    Los diálogos y monólogos de los personajes combinan información, reflexión y misterio; y es este último el detonador del conflicto dramático. Pues, la mención de ‘Ipacankure’ -y la imposibilidad de explicar quién es o qué significa- da inicio a las reflexiones e intercambios entre los protagonistas.

    De esta manera, el texto devela cercanías y distancias entre los dos personajes, así como cierta extraña complementariedad. Muestra las diferencias de personalidad, y como de ellas surge el afecto y la violencia. Del mismo modo, expone la miseria, la amistad, la soledad, el desvelo y la solidaridad.

    Además de lo descrito, un elemento importante del texto dramático es lo que no dice, lo que sugiere o lo que dice a medias. Desde la presencia inicial de un concepto indefinible -‘Ipacankure’- hasta los saltos entre diálogo y monólogo interior -o las frases aparentemente inconexas-, el texto de Vega Herrera destila misterio; mientras delinea un mapa social que no es visible -pues la acción se desarrolla dentro de la habitación- pero sí perceptible.

    Así, la obra usa la palabra para informar y, a la vez, construir atmósferas. Es, de manera simultánea, diálogo y confusión, información y poesía. Poesía urbana. Poema urbano marginal.

    El ‘Ipacankure’ presentado en la sala del IPCNA transcurre con corrección a partir de la enunciación del texto, de la relación de los personajes y de la presencia de los elementos de utilería que el texto solicita.

    La puesta en escena toma una porción del centro del escenario. Define el espacio escénico con una pequeña tarima sobre la cual se ubica el catre que comparten los protagonistas. Fuera de éste solo queda lugar para colocar sus pocas pertenencias. De esta manera, la tarima y el catre, en medio de un espacio de dimensiones mayores, presentan a los personajes aislados de cualquier posible entorno. Ello potencia la sensación de soledad, encierro y atemporalidad.

    Dirigida la mirada del espectador hacia el reducido espacio donde los personajes se relacionan, el montaje de Buendía desarrolla la anécdota de los dos personajes, va hacia adelante y confía en la solvencia dramática de la obra de Vega Herrera.

    Sin embargo, este texto requiere de una lectura que trascienda su anécdota. Demanda una mirada que atienda a sus tensiones y contradicciones; una valoración de su sonoridad, su poética, sus saltos entre el diálogo y el monólogo interior. Solicita pausas, detenciones y silencios. El texto de ‘Ipacankure’ invita a develar su misterio. Un misterio que no se resuelve con explicaciones o interpretaciones racionales; sino en la exposición de su carácter fragmentario, de su densidad, de la incomodidad frente a lo incomprensible.

    El ‘Ipacankure’ de José Antonio Buendía, es  un montaje que opta por la corrección para contar una historia; y logra su objetivo. El director pone atención a la puesta en escena y a desarrollar una adecuada complementación entre los actores. A partir de ello, confía en el discurrir del texto que han elegido.

    No obstante, la densidad de la obra de Vega Herrera pone en aprietos al montaje, pues le exige riesgos que no son asumidos. Así, el montaje aborda con apuro la exposición de la anécdota -la historia de dos desdichados- y omite la necesidad del silencio para develar latencias del texto dramático.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: José Antonio Buendía.

    En escena: Mario La Riva, Anthony Carrillo.

    Dramaturgia: César Vega Herrera.

    Producción: Nazaret Ortiz.

  • CRÓNICA. El rostro

    La semana pasada se dio inicio al ‘XIII Festival de teatro peruano norteamericano’, organizado por el ICPNA y desarrollado en su sede de Miraflores. El primer espectáculo en presentarse fue ‘El rostro’, texto escrito por Ricardo Olivares -con el cual obtuvo el cuarto puesto en el Concurso Nacional de Dramaturgia 2014 del Ministerio de Cultura- y dirigido por Yanira Dávila y Alejandro Guzmán.

    La estructura del texto de ‘El rostro’ presenta ciertas particularidades que el montaje expone al público desde los momentos iniciales. Así, al ingresar a la sala, un ambiente sonoro que remite a un universo onírico acompaña la presencia, dentro del espacio escénico, de un misterioso personaje femenino cuyo rostro es cubierto por una media máscara neutra.

    Posteriormente -retirado el mencionado personaje  y una vez ‘oficializado’ el inicio del espectáculo- se aprecia la discusión -con un arma de por medio- de dos personajes masculinos. El diálogo entre éstos no permite comprender con claridad que es lo que sucede, pues resulta necesario contar con más información.

    Esta aparente ausencia de contexto en ambos momentos iniciales -mujer misteriosa, discusión con un arma- es parte de la bienvenida a una obra cuya estructura es un juego fragmentario. Y es que la dramaturgia de ‘El rostro’ propone, a lo largo de su desarrollo, alternancias a nivel de tiempo (presente-pasado) y de percepción (sueño-realidad).

    El montaje, para construir los universos que propone el texto y hacerlos fluir a través de los diferentes espacios temporales, se apoya en el uso de distintos elementos. Para lo primero se vale del diseño de luces. Éste crea una atmósfera en penumbras -con iluminación puntual y lateral- para los momentos oníricos donde la mujer enmascarada hace su ingreso. En cuanto a los cambios de tiempo, la dirección confía en la dinámica de información que propone el texto dramático a través de diálogos, monólogos y la alternancia de escenas.

    Además de ello, el uso del espacio escénico aporta claridad en la evolución de la obra. Pues, al estar definido por un cuadrilátero de menores dimensiones que el escenario de la sala, se propone una convención en donde la acción transcurre al interior del mismo. Así, los personajes que no participan de una determinada escena se retiran del cuadrilátero.

    Esta convención -si bien resulta básica- es transgredida a medida que los conflictos aumentan en complejidad. Ello revalora el espacio escénico cuando, hacia la segunda mitad del montaje, se construyen escenas donde todos los personajes se ubican físicamente en el mismo lugar aunque dramáticamente se encuentren en planos distintos.

    Así, a partir de las opciones tomadas para la puesta en escena, ‘El rostro’ presenta la historia de dos viajes. El primero, basado en la anécdota inicial de la obra, el de un prestigioso arqueólogo que retorna al Perú y tiene como compromiso escribir sus memorias. El segundo, que resulta ser el conflicto principal, es el viaje personal, onírico y psicoanalítico del protagonista en la búsqueda de conocer detalles de su pasado.

    Vale mencionar que la importancia del conflicto psicológico del protagonista se va develando paulatinamente a lo largo del montaje. Pues, la estructura del texto genera espacios de tensión y misterio que varían el foco de atención. Así, además de descubrir quién es la mujer enmascarada o comprender la lógica de la discusión de la primera escena, el espectador se sorprende con la inesperada aparición de un nuevo personaje femenino.

    Sin embargo, a medida que se resuelven los misterios, y la importancia de los conflictos interiores del protagonista se fortalece, la presencia de los personajes secundarios se debilita. Y es que, por ejemplo, no resultan claras las intenciones, motivaciones y decisiones del psicoanalista. Tampoco se conoce demasiado acerca del personaje de la madre, solo que su carácter era dulce, atento y cariñoso; además de la sospecha -no del todo clara- de que se prostituía. Y, finalmente, la información que se brinda sobre la joven estudiante-amante-prostituta resulta superficial.

    Todo ello convierte a estos personajes en elementos utilitarios para el desarrollo del conflicto del protagonista. En muchas ocasiones su lenguaje es narrativo y expositivo. Cumplen, dentro de la estructura dramatúrgica -y también de la escénica- el rol de otorgar información sobre el personaje principal (los monólogos del psicoanalista frente a su grabadora, las conversaciones de la madre con el niño) o de reforzar la complejidad psicológica de éste (la amante-prostituta que hace referencia a la madre).

    Estas características de los personajes secundarios afectan, inevitablemente, a la puesta en escena. Pues mientras el protagonista adquiere mayor complejidad dramática -relaciones clandestinas, aparición del ‘Complejo de Edipo’, ansiedad galopante- el resto de personajes la pierden. Ello resta densidad a las interpretaciones e impide que el elenco ofrezca un comportamiento escénico homogéneo.

    Dávila y Guzmán asumen un texto con una estructura compleja. Esta complejidad es abordada y resuelta desde la puesta en escena. La escenografía monocromática y minimalista realza al diseño escénico, y éste resulta efectivo para la convención que los directores proponen e intervienen.

    Sin embargo, las debilidades del texto dramático participan decididamente sobre el resultado final. Pues, a la superficialidad de los personajes secundarios se suman las dificultades propias de un texto con un alto componente narrativo e inmerso en un discurso psicoanalítico.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Yanira Dávila y Alejandro Guzmán.

    En escena: Carlos Acosta, Eduardo Ramos, Alicia Mercado.

    Dramaturgia: Ricardo Olivares.

    Dirección de arte: Vanessa Geldres.

    Iluminación: Vanessa Geldres.

  • CRÓNICA. Creoenunsolodios

    En el teatro Juan Julio Wicht de la Universidad del Pacífico se presentó ‘Creoenunsolodios’, montaje dirigido por Nishme Súmar a partir del monólogo escrito por el italiano Stefano Massini.

    El texto narra la historia de tres mujeres que, sin conocerse, comparten un territorio y un drama común: la violencia del conflicto palestino-israelí. Massini presenta los paralelos entre las vidas de una joven estudiante palestina, quien se entrena para convertirse en una mártir terrorista; una profesora judía, partidaria del diálogo con los palestinos; y una soldado norteamericana, destacada en Israel.

    La estructura del texto presenta tres características principales. La primera ha sido mencionada en el párrafo anterior, los paralelos entre los tres personajes. Éstos muestran la manera en que ciertas situaciones específicas afectan la vida de cada una de estas mujeres. La segunda, es que el texto inicia exponiendo su desenlace: la muerte de dos de las protagonistas en una fecha determinada. A partir de esa información el desarrollo de la obra se basa en conocer cómo se llega a este final ya expuesto. La tercera, es la virtual ausencia de acción. Pues la gran mayoría de los monólogos son compuestos por narraciones, descripciones y reflexiones.

    El ‘Creoenunsolodios’ de Súmar es interpretado por tres actrices, cada una de ellas representa a un personaje. Ellas habitan un espacio escénico donde se encuentra una gran mesa y dos sillas. Estos elementos serán la metáfora de un territorio común y de desencuentro. Pues, pese a la convivencia física en el escenario y la interacción – en muchas ocasiones simultánea – con los mismos elementos, cada personaje desarrolla su discurso sin vincularse con el otro.

    Esta contradicción es oportunamente explotada por la directora para la construcción de imágenes de gran teatralidad que refuerzan el conflicto latente entre los personajes. Así,  ‘Creoenunsolodios’ propone la presencia de distintos códigos escénicos y el aporte de otros lenguajes a fin de fortalecer el discurso del montaje.

    De esta manera, al despliegue de acciones físicas, el uso de elementos de gran volumen, o la composición de imágenes durante el desarrollo de cada monólogo, se suman a la presencia de impresionantes proyecciones de video de indudable belleza estética; los cuales -ubicados en el fondo del escenario- son utilizados, mayoritariamente, como aporte incidental a las escenas.

    Estos elementos visuales entran en diálogo con la propuesta rítmica del montaje. ‘Creoenunsolodios’ propone un ritmo de tensión. Sus continuos silencios -varios de los cuales son acompañados por videos-, sus tránsitos entre escenas, ‘alargan’ el tiempo y acumulan expectativa. Esta tensión se ve fortalecida por una propuesta de luces tenues, con abundancia de claroscuros, además de un impecable diseño sonoro que – apoyado por la acústica y calidad técnica del espacio – proyectan una estética de sensorialidad al espectáculo.

    Así, el texto, las interpretaciones y la parafernalia teatral, componen escenas de gran impacto por su contenido dramático y su potencia estética.

    Sin embargo, la suma de estos elementos no consigue el mismo efecto cuando se evalúa el montaje en su totalidad. Esto, aparentemente, se debe a la manera como se administra la tensión durante la puesta en escena. Pues, la tensión dramática y el ritmo del texto -sostenido en la narración- se suma a las ya mencionadas tensiones de la apuesta rítmica del montaje – junto a las de las propuestas sonora y lumínica -.

    Esta tensión acumulada, junto a la cadencia del montaje, encuentran pocos espacios para administrarse de una manera distinta; llevando a la puesta en escena hacia un estado donde redunda en la aplicación de los elementos que la potencian.

    Esta percepción se ve fortalecida por la manera en la que se resuelve la última escena; a la cual le corresponde ser uno de los puntos de fuga de la tensión. Así, si el carácter del primer atentado fue la contención devenida en sorpresa, el del segundo fue la intensidad intervenida por el silencio. Pero, el tercero y final no define con claridad cuál es su carácter y soporte; pues los gritos y desplazamientos (cambiados luego por la acción con una tela) que acompañan al texto no consiguen redondear la escena. Por el contrario, generan ruido y distracción.

    ‘Creoenunsolodios’ es un montaje que, a través del texto, propone una mirada humana –y políticamente correcta frente a lo que hoy es un genocidio– del conflicto palestino-israelí. Dos posiciones antagónicas que conviven en un mismo espacio permiten acercar al público a los complejos matices de este conflicto.

    Este montaje propone su construcción a partir de la presencia de diversos lenguajes y códigos escénicos. En algunas ocasiones logra concretar propuestas potentes y efectivas. En otras -como el caso de la presencia de la gran tela o el uso de un ambiente detrás del escenario- deja la sensación de procesos inconclusos y de abuso de la presencia de efectos.

    ‘Creoenunsolodios’ apuesta por la densidad rítmica y la construcción estética y sensorial a partir del video, el diseño sonoro y la luz. Su coherencia estética le permite concretar escenas y momentos de muy alto nivel dramático, pero le resta potencia como unidad. Ello, sin embargo, más que motivo de crítica -en tanto juicio negativo- invita al reconocimiento de los riesgos asumidos por la directora en su búsqueda de construir la puesta en escena.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Nishme Súmar.

    En escena: Jely Reátegui, Urpi Gibbons, Karen Spano.

    Dramaturiga: Stefano Massini.

    Asistente de dirección: Diego Gargurevich.

    Dirección de arte: Ana Chung.

    Diseño Sonoro: José Balado.

    Realización de video e imágenes: Germán Tejada.

  • CRÓNICA. Silencio sísmico

    ‘Silencio sísmico’ es el título del montaje teatral, dirigido por Oscar Carrillo y escrito por Eduardo Adrianzén, que se presentó en el Teatro de Lucía entre el 2 de junio y el 4 de julio.

    Esta obra está ambientada temporalmente entre la primera y la segunda vuelta de las recientes elecciones presidenciales. Toma como punto de partida el conflicto que genera, en su entorno inmediato, la decisión de una joven de abandonar el país.

    Así, los puntos de vista de su madre, su abuela y sus dos ex novios, se confrontan con el hartazgo de esta joven frente a la realidad social que le toca vivir; agudizada ante el inminente triunfo de la fuerza política a la que teme y desprecia.

    ‘Silencio sísmico’ propone una estructura de alternancia entre la historia de la joven y un grupo de escenas que muestran diferentes aspectos de la realidad limeña. Ello permite exponer los conflictos personales de la protagonista mientras se contextualiza – a través de cuatro situaciones ajenas a la historia principal – el ambiente social en que se desarrolla la acción.

    Dentro de la mencionada estructura principal existen otras estructuras internas. Así, las escenas relacionadas al conflicto de la protagonista se dividen en dos grupos. Por un lado, se aprecian los cuadros iniciales. En ellos se presenta  a los personajes, sus caracteres y puntos de vista frente a la situación planteada. Por el otro, se encuentran escenas donde la protagonista debe confrontar directamente con cada uno de los miembros de su entorno.

    En estas últimas ‘Silencio sísmico’ muestra sus mayores debilidades: la apuesta por la retórica y por el arquetipo. Y es que los personajes exponen sus conflictos desde la palabra y no desde la acción, generando que su discurso sea principalmente enunciativo y deje la sensación de no tener una direccionalidad definida. Asimismo, la estructura de la obra le otorga a cada personaje una ocasión para presentarse y otra para confrontar con la protagonista. Ello genera que sus diálogos – si bien dinámicos y, en varias ocasiones, agudos – tengan pocas posibilidades de mostrar matices, ciñéndose a un único paradigma y exponiéndose al riesgo de la caricatura involuntaria.

    En cuanto a las escenas de ‘carácter social’, la apuesta dramatúrgica se basa en componer un universo heterogéneo y actual. Así, pese a cierta debilidad conceptual en el tiempo – algunas situaciones se desarrollan durante la campaña electoral, ubicando una coyuntura específica, mientras otras resultan atemporales – y en el enfoque del sujeto  – en tres de estos cuadros se muestra como protagonista a un grupo social, mientras que el cuarto deriva en un conflicto personal – este conjunto de escenas consigue cierto grado de unidad apoyándose en su carácter costumbrista y en el sentido del humor derivado de éste.

    De esta manera, ‘Silencio sísmico’ propone una historia principal que debe verse reforzada, permeada y dinamizada por las historias paralelas que la acompañan.

    Este planteamiento consigue un éxito moderado. Pues si bien logra interpelar al público por medio de la capacidad de reír de nuestras taras sociales (racismo, achoramiento, indiferencia, pragmatismo, etc.), su unidad temática, direccionalidad y acción dramática, genera que cada retorno a la historia principal ocasione una decadencia del ritmo y evidencie las debilidades mencionadas líneas arriba.

    ‘Silencio sísmico’ es una obra teatral que aborda la coyuntura tratando de trascenderla por medio de la exposición y el análisis. Para lograrlo se vale de una situación específica – no del todo sustentada, pues no queda claro a qué precisamente teme la protagonista, ¿a la ausencia de derechos?, ¿a una actitud revanchista? – que coloca a los personajes en posiciones de discusión, abundando en la esgrima verbal e ideológica. A ello suma la presencia de un mosaico costumbrista, el cual le permite ahondar en sus propuestas teóricas e ideológicas.

    Sin embargo, esta opción por lo retórico, por la discusión desde lo verbal, en la trama principal, le resta fortaleza a la obra; tanto a nivel de ritmo, como de solidez dramática. Y es que, la agudeza expuesta en el texto, su capacidad para interpretar la realidad de ciertos sectores de la sociedad limeña, se encuentra – en diversas ocasiones – más cerca de la columna de opinión, o de un ensayo de ciencias sociales, que de un texto dramático.

    Dicho esto, debe resaltarse la resolución escénica de los actores, quienes en más de una ocasión sostienen la puesta en escena a partir de la tensión dramática de sus presencias y relaciones.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Oscar Carrillo.

    En escena: Sonia Seminario, Ximena Arroyo, Giovanni Arce, Rosella Roggero, Alaín Salinas.

    Dramaturgia: Eduardo Adrianzén.

    Asistente de dirección: Omar del Águila.

    Productora Ejecutiva: Lucía Castro.

    Diseñador de luces: Omar Quezada.

  • CRÓNICA. Nunca llueve en Lima

    El pasado fin de semana concluyó la temporada de ‘Nunca llueve en Lima’, obra escrita por Gonzalo Rodríguez Risco, dirigida por Alberto Ísola y co-producida por el Teatro Británico y Escena Contemporánea.

    Este montaje, de estilo naturalista, se desarrolla a partir de la anécdota del encuentro de dos familias en crisis. Una antigua familia aristocrática, en situación de decadencia económica, ha puesto en venta su casa pese a las objeciones del abuelo – propietario de la misma y patriarca del clan -. Durante la visita de una familia de potenciales compradores se desata una inesperada y torrencial lluvia. Esta situación obliga a ambos grupos a permanecer encerrados y convivir por un tiempo indeterminado.

    Así el trance del encierro y la convivencia forzada revela y magnifica, paulatinamente, las diferencias personales; tanto en la interacción entre ambos grupos, como – especialmente – al interior de cada uno.

    Pero, si bien el texto expone las pugnas dentro del grupo de visitantes, es en los conflictos y las contradicciones de la familia de propietarios donde el montaje se centra. De esta manera, cobran especial interés las dinámicas generadas a partir de la negativa del abuelo a vender la casa; situación que muestra su negación a comprender y aceptar su realidad y la de los suyos (hijo con problemas emocionales, sociales y laborales, nieta con sueldo de subempleo que debe sostenerlos económicamente).

    Este enfoque, que propone como eje al abuelo, opta por apoyarse en el carisma del personaje y del actor; condición que se replica con el resto del elenco y sus personajes. Ello contribuye a la construcción de un ambiente tierno y tragicómico donde, pese a lo dramático de la situación y lo patético de muchas circunstancias, se invita al espectador a la sonrisa y la empatía.

    Así, ‘Nunca llueve en Lima’ propone el desarrollo de una historia que, paradójicamente, podría acontecer en otra ciudad (real o ficticia). Y es que, al adoptar un enfoque que prioriza el carisma, la ternura y la empatía, se dejan de lado – o se tratan superficialmente – elementos y situaciones que podrían considerarse como esencial y controversialmente limeñas. Ya que frases asociadas al imaginario racista (“tú eras blanca”, “sigues siendo el mismo cholito”, “cholo pendejo”, “gringo inocente”), de diferencias de clase (“me metieron a un colegio de gringos pitucos”) o de contexto socio-político (“un par de gobiernos corruptos se encargaron de estatizar” -¿esta sería una referencia a Velasco y las nacionalizaciones?- ) resultan anecdóticas, pese a su densidad, y pierden importancia – a nivel macro – frente a la única mención de referencia geográfica (“en Lima nunca llueve”).

    La puesta en escena de ‘Nunca llueve en Lima’ se destaca por la presencia de una imponente escenografía que muestra el interior de la vieja casona. Sus dos balcones interiores, junto a las varias puertas colindantes al salón principal, aportan positivamente a la dinámica de la acción teatral. El uso del espacio escénico ofrece una apropiada composición visual, así como equilibrio entre las escenas colectivas y los momentos intimistas.

    A ello se suman el diseño lumínico, que compone atmósferas con sensibilidad y agudeza; y un gran trabajo de sonorización, que va desde efectos cercanos a la música concreta hasta piezas sonoras delicadas y cautivadoras.

    ‘Nunca llueve en Lima’ desarrolla su propuesta con inteligencia y talento. La suma de  capacidades puestas en juego componen un montaje que, apoyándose en el carisma de los actores y los personajes, resulta esperanzador y, quizá, entrañable.

    Sin embargo, no puede dejar de mencionarse que la corrección de los elementos que componen la puesta en escena dialoga con la otra corrección – la política – de su contenido (lo cual la hace irónicamente limeña).

    Y es que ‘Nunca llueve en Lima’, mientras se aleja de los contenidos más polémicos del texto, invita al espectador a identificarse – por empatía – con los personajes de la familia burguesa en decadencia; con su miedo al cambio, con su terror a la realidad. De esta manera refuerza un lugar común del discurso limeño tradicional: la nostalgia por ‘una Lima que se va’. Un discurso ‘aspiracional’ – usando el lenguaje de los publicistas – que pone a la ‘vieja Lima señorial’, a través de la añoranza, en contacto con los actuales habitantes de esta ciudad.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Alberto Ísola.

    En escena: Haydeé Aranda, Lucho Cáceres, Patricia Barreto, Carlos Tuccio, Magali Bolívar, Emanuel Soriano, Pold Gastello.

    Dramaturgia. Gonzalo Rodríguez Risco.

    Diseño de luces: Mario Raez.

    Diseño de escenografía: Marijú Núñez Malachowski.

    Realización de escenografía: Daniel Cipriano.

    Diseño y edición de sonido: José Balado.

    Selección musical: Alberto Ísola.

    Vestuario: Magnolia López de Castilla.

  • CRÓNICA. Los justos

    Bajo la dirección de Rodrigo Chávez se viene presentando ‘Los justos’, el más reciente montaje de Soma Teatro, en la sala de la Alianza Francesa de Miraflores. El texto es una versión de Daniel Amaru Silva, sobre el original del genio francés Albert Camus.

    Esta puesta en escena respeta el contexto y la anécdota principal de la obra de Camus. En ella, cinco jóvenes terroristas, en la Rusia pre revolucionaria, se preparan para la acción que concluirá en la muerte de El Gran Duque. Sin embargo, ciertos sucesos que impiden – inicialmente – que la acción se concrete ponen en evidencia las diferentes motivaciones y estados emocionales de los miembros del grupo. Ello genera que se expongan las contradicciones conceptuales y emotivas de estas personas; quienes plantean, paradójicamente, el uso de la muerte para la construcción de una mejor vida.

    El montaje propone una escenografía simétrica, sobria y funcional. Una plataforma elevada, a la que se accede por escaleras laterales, divide el escenario en dos planos y dos niveles. El espacio conformado por el primer plano, a nivel del piso, sirve como el lugar donde se desarrolla la mayor parte de la acción: el escondite de los jóvenes terroristas. Con ello se logra que cualquier otra ubicación de los actores sea el ‘afuera’, lugares de exposición y peligro – la calle, la cárcel, el cadalso -.

    Esta mención a la propuesta escenográfica no es gratuita. Pues, al definirse con rigidez un espacio principal, ausente de utilería alguna, ‘Los rendidos’ centra la atención sobre la enunciación de los textos y la relación de los personajes.

    De esta manera, la voz de Camus llega a través de la representación de estos personajes cuyo encierro no solo es físico, sino también emocional. Y es que los diálogos muestran a personas que optan con convicción por la causa revolucionaria y, simultáneamente, se saben presas de ella; que aman al pueblo, pero no se saben amados por éste; que encuentran en el compañerismo la fortaleza para seguir adelante, mientras sienten que el estar juntos es parte de una condena.

    Así, las razones y las dudas de los personajes ofrecen al espectador un acercamiento – a veces distante, a veces emotivo – a la psicología de estos terroristas. Un universo donde conviven el idealismo y el extremismo. Donde la utopía de luchar por un futuro que no se ve, que no se sabe si llegará, alterna con posturas radicales que proponen que «matar es mejor que no matar», o que la cárcel y la muerte son fines superiores y pruebas de lealtad.

    Esta exposición de contradicciones permite ver al monstruo como lo que es: una persona. Una persona en el ejercicio de sus decisiones, en la lucha con sus propios dilemas, en la construcción de sus justificaciones. Muestra también cómo en ellas – las justificaciones – pueden cimentarse las bases de un pensamiento absolutista, mezcla de misticismo (cuasi) religioso y de sujeción a la violencia.

    Por ello, debe destacarse lo pertinente de realizar este montaje – con estas temáticas – en un contexto como el peruano. En un país que ha sufrido del totalitarismo y la violencia de ‘sendero luminoso’, que tiene como herencia el negacionismo de importantes sectores de la sociedad frente a los crímenes cometidos por el Estado, o que muestra en la contienda electoral la existencia de muy pobres niveles de tolerancia y civismo, se hace urgente revisarnos en el ayer y en el hoy. Y notar cómo los discursos absolutistas no nos son ajenos; cómo la negación del ‘otro’ y la construcción de una verdad cerrada y parcial, siguen siendo parte de nuestro cotidiano social y político (representados con destreza – pero no únicamente – por el movadef, el radicalismo de izquierda, el fujimorismo y la propaganda pro extractivista).

    Este montaje de ‘Los Justos’ opta por centrarse en el texto de Camus, proponiendo una teatralidad que se sostiene en el minimalismo y la construcción/representación de los personajes – destacando especialmente la dupla de opuestos conformada por Stepan (Renato Rueda) y Yanek (Fernando Luque) -. Sin embargo, esta apuesta se fortalece en el contexto local, el cual potencia a la obra…y el montaje le devuelve al espectador una ficción de hace más de 60 años que se refracta en un trozo de realidad.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sobre el montaje aquí.

    Dirección: Rodrigo Chávez.

    En escena: Andrea Fernández, Renato Rueda, Fernando Luque, Gonzalo Molina, Gabriel Gonzalez.

    Dramaturgia: Albert Camus.

    Versión: Daniel Amaru Silva.

    Asistencia de dirección: Rodrigo Cano.

    Producción: Gabriel Gonzalez, Fernando Luque, CCPUCP, Alianza Francesa y Soma Teatro.

  • CRÓNICA. La noche árabe

    El grupo de teatro Ópalo viene presentando ‘La noche árabe’, texto del dramaturgo alemán Roland Schimmelpfenning, en la sala de Teatro Ensamble de Barranco. Este montaje, dirigido por Jorge Villanueva, vuelve a las salas de Lima luego de sus exitosas temporadas de los años 2010 y 2008, en los auditorios del ICPNA de Miraflores y del Instituto Goethe, respectivamente.

    La acción de ‘La noche árabe’ se desarrolla en un edificio multifamiliar. En un departamento del séptimo piso de este edificio viven dos mujeres. La rutina diaria de ambas es complementaria: una de ellas recibe la visita de su amante todas las noches, mientras que la otra – víctima de un hechizo que le impide recordar su gran parte de su vida – duerme profundamente luego de llegar de su trabajo.

    Distintas situaciones atraen a tres hombres hacia el departamento: la pareja de una de las mujeres, se dirige a hacer su visita diaria; el encargado del mantenimiento del edificio, recorre todos los pisos buscando la avería que impide que el agua llegue a las zonas más altas; y un vecino de un edificio contiguo, atraído por la imagen de una de las mujeres tomando una ducha.

    Las diferentes motivaciones, la forma en que se desarrollan los encuentros y el hecho que el ascensor del edificio funcione irregularmente – obligando al uso de las escaleras -, construyen un tramado de situaciones que se tornan cada vez más complejas y misteriosas.

    El uso del término ‘tramado’ no es gratuito, pues el texto de ‘La noche árabe’ propone una construcción orquestada a partir de los monólogos-testimonios de los cinco personajes; donde cada uno de ellos se expresa a nivel oral – frases dentro de una conversación – y mental – descripción de sus pensamientos y emociones – a lo largo de sus parlamentos. A ello debe agregarse que los momentos de interacción entre los personajes son escasos; por lo cual, la obra está construida de tal manera que el espectador es testigo de una historia global conformada por cinco historias independientes, pero vinculadas simultáneamente entre sí.

    Y es, justamente, ese vínculo entre las historias, ese conflicto de proximidad y distancia – personajes que no se encuentran, historias que se ‘rozan’ sin llegar a ‘tocarse’ – uno de los puntos más importantes de tensión dentro del montaje.

    Dicha tensión se ve reflejada en el accionar de los actores dentro de la puesta en escena. Rampas que suben y bajan, escaleras que van a ningún lado y plataformas a distintos niveles constituyen el espacio escénico donde los cinco personajes conviven.  De esta manera, la propuesta escenográfica de ‘La noche árabe’ construye espacios funcionales y simbólicos, acentuando los conflictos y las tensiones de la obra.

    Sin embargo, debe agregarse que, llegado a un punto, el texto dramático muta hacia terrenos de lo fantástico. Esta transición puede generar momentos de confusión; tanto por el hecho del cambio a planos que se alejan de lo real, como por la estructura acumulativa de la información que proporcionan los personajes – que no permite entender inmediatamente la transición hacia espacios de lo onírico/fantástico -.

    Pese a ello, y a cierta cadencia pesada debido al elemento descriptivo en cada uno de los parlamentos, ‘La noche árabe’ consigue guiar al espectador atento hacia su(s) desenlace(s), concretando las fábulas de lo real y lo fantástico; desentrañando los nudos creados en sus cercanías a los géneros del misterio, el policial y lo erótico.

    Este camino hacia los desenlaces no sería posible sin la articulación del trabajo de los intérpretes, pues esta pieza dramatúrgica reta a la sensibilidad de los actores al proponer un manejo colectivo del ritmo, las intenciones y la intensidad. Es en este tejido de simultaneidades, en ese laberinto de distancias y proximidades que propone el texto, la escenografía y el desplazamiento escénico, donde la capacidad de escucha y comunicación de cada intérprete fortalece una puesta en escena en la cual el protagonismo es compartido.

    Para concluir, debe mencionarse la apuesta por proponer una perspectiva bi-frontal. Pues, si bien ya se mencionó el gran aporte de la escenografía en este montaje, no puede dejarse de lado el riesgo asumido dadas las características del espacio. A ello se suma un diseño de iluminación que construye ambientes y texturas que alimentan la poética generada por las acciones de los personajes dentro de la escenografía.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Más información sobre ‘La noche árabe’ aquí.

    Dirección: Jorge Villanueva Bustíos.

    En escena: Kareen Spano, Marcello Rivera, Nidia Bermejo, Juan Carlos morón, Juan Carlos Pastor.

    Dramaturgia: Roland Schimmelpfenning.

    Diseño de luces: Marcello Rivera.

    Escenografía: Marcello Rivera.

    Producción: Ópalo, grupo de teatro.