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  • ENTREVISTA. Sergio Blanco

    (Probablemente muy pocas de las personas presentes saben el verdadero nombre de los actores. Pero vale la pena mencionarlos desde el inicio para acercarnos a las complejidades de este montaje).

    Un actor, Gustavo Saffores, se dirige a la platea y se presenta a sí mismo como un dramaturgo llamado ‘S’. Explica al público de qué se trata la obra que va a mostrar, y presenta a Bruno Pereyra como ‘Federico’; el actor que eligió para desarrollarla.

    A partir de ese momento ambos personajes inician un recorrido por diferentes tiempos y situaciones de representación. Así, ‘S’ y ‘Federico’ se representan a sí mismos en los procesos de creación de la obra que estamos viendo -lo cual plantea una interesante paradoja temporal-, tales como el casting y los ensayos. Además de ello, representan los encuentros entre ‘S’ y ‘Martín’, un joven recluso condenado a prisión por haber asesinado a su padre.

    Parricidio, encierro, diversas capas de representación, referencias culturales de distintas épocas, convivencia de ficción y realidad. Éstos son algunos de los conceptos y asociaciones que ‘Tebas Land’ comparte con el espectador.

    El montaje, escrito y dirigido por el uruguayo Sergio Blanco se presentó en el marco del FAE Lima 2017. Fue el Teatro de la Universidad del Pacífico el espacio que acogió esta obra que ha recorrido -y recorre- distintas ciudades del mundo.

    Advenedizo Digital conversó con Sergio Blanco acerca de ‘Tebas Land’, de cómo son sus procesos de escritura, de la auto ficción, de la narración, de la tecnología, del teatro.

    Advenedizo Digital (ADVZ): ‘Tebas Land’ propone distintos tipos de distanciamiento. En algunas ocasiones se rompe la cuarta pared y se encara al público a través de ‘lo real’; en otras, se le entregan pistas que permiten identificar que lo que se está mostrando es ficticio. ¿Cómo surge esta idea del doble juego de lo real y lo ficcional?

    Sergio Blanco: Me interesa mucho mezclar los planos de la realidad y la ficción en el teatro. Y es que el propio sistema teatral es eso. Es una mezcla. Es conjugar en un mismo cuerpo, en un mismo espacio, en un mismo tiempo; lo irreal y lo real, lo posible y lo imposible, lo que es y lo que no es.

    Y quizá ‘Tebas Land’, en su propia dramaturgia, pone mucho acento en la mezcla de esos dos planos. Es una obra muy meta teatral. Es una obra que de alguna manera se va contando a sí misma. Va contando la propia escritura de la obra.

    Y la idea es recordarle al espectador una máxima de lo que es el teatro. Que, a mi entender, está definido de forma extraordinaria por Borges en un texto muy breve. Un relato de ‘Everything is nothing’ en donde cuenta la vida de Shakespeare. Ahí,  al narrar la llegada del dramaturgo inglés a Londres, Borges desliza muy sutilmente la definición de lo que es el actor y lo que es el teatro. Dice Borges: “…se fue a Londres y escogió el oficio del actor, que es aquel que juega a ser otro ante un concurso de personas que también juega a tomarlo por ese otro”.

    Eso es lo que dice Borges y, de alguna manera, ‘Tebas Land’ se inscribe en esa dinámica. De este lado estamos jugando a ser otros, ante esa platea que también está jugando a que somos otros.

    ADVZ: Entonces, ¿no solo los actores están actuando?

    Sergio Blanco: Eso me parece muy interesante en el teatro. Esa noción de que todos estamos actuando. No solamente actúan los actores, el dramaturgo, los diseñadores, el director; sino que también los espectadores también están entrando en mecanismos de juego. Porque ellos están jugando a creer eso que están viendo. Por eso pasan por distintos estados.

    Yo siempre hablo del espectador como un constructor más. No lo veo como un agente pasivo. Sino que está construyendo el espectáculo junto con el equipo que se lo está planteando.

    Jacques Rancière habla del ‘espectador emancipado’. Esa noción en que el espectador también es un agente que está trabajando en ese campo de ficción. Rancière dice una cosa muy bonita, dice: “mirar también es un acto”. De alguna manera yo también creo que los espectadores construyen la partitura poética. Y eso hace que el espectador sea tan poeta como el poeta.

    Parte de ese encanto que tiene este texto de ‘Tebas Land’ es que acentúa mucho esa invitación a que el espectador sea un poeta. Y el espectador participa. Pero es una obra que le exige mucho al espectador, pues éste la está construyendo a partir toda esa serie de datos que le voy dando.

    ADVZ: ¿Cómo es tu proceso de escritura?, ¿trabajas con los actores y escribes después?, ¿escribes primero?

    Sergio Blanco: Generalmente cuando convoco al equipo yo ya tengo un texto escrito. Siempre trabajo con el mismo equipo de diseñadores. Los actores pueden cambiar. Aunque suelo trabajar con el mismo grupo de actores.

    El texto siempre está abierto a que pueda ir cambiando, evolucionando, en el tiempo de trabajo. El tiempo de ‘Tebas Land’ fue muy breve. Se ensayó solo cinco semanas pero de forma muy intensa.

    En ese proceso el texto no cambió mucho pero si tuvo variaciones. En eso ‘vampirizo’ mucho al actor. El actor es el último que termina escribir el texto de alguna manera. En ese sentido, soy un dramaturgo muy abierto. Porque el propio procedimiento de trabajo me va llevando a que los actores, con su propio cuerpo, con su aparato fonético, con sus vivencias, se vayan apoderando del texto y lo vayan mejorando.

    El teatro es una palabra ávida de carne. Y cuando llega al actor, que es esa carne, impone una cierta dramaturgia también.

    ADVZ: ¿De qué se trata ‘Tebas Land’?, ¿Es una historia sobre el parricidio?, ¿sobre el encierro?, ¿sobre la soledad?

    Sergio Blanco: Eso me gusta, lo de la historia de soledad. Yo creo que es muchas historias al mismo tiempo, ¿no?

    Quizá diría que la historia central es una historia de encuentro. En este mundo de desencuentros, de pronto, dos mundos muy opuestos se encuentran y en determinado momento sucede algo. ¡Tres mundos se encuentran!

    El mundo de ‘S’. Este dramaturgo solitario, apático, poco generoso, con una cierta soberbia, que se regodea en su propio saber, seguro de sí mismo. Ese mundo que se encuentra con el mundo de Martín; el mundo de lo marginal, de lo excluido, de lo que está fuera del mundo al que pertenece ‘S’. Y el tercer mundo es el de Federico; el mundo del desparpajo, del actor, de lo auténtico, de lo ingenuo.

    Yo creo que cada uno tiene una música que lo representa la pieza. Creo que el mundo de ‘S’ es el mundo de Mozart, creo que el mundo de Martín es el de Roberto Carlos, y Federico es el mundo de Bono de U2. Esta obra es el encuentro de estas tres temperaturas musicales. Son tres temperaturas muy distintas que se encuentran y que logran reconocerse en esa diferencia que tienen.  Lo que fascina a un personaje del otro es la distancia que lo separa. Y yo creo que eso es la base filosófica y política de esta obra.

    A mi entender ‘Tebas Land’ es una obra muy política. No porque aborde temas políticos sino porque plantea el tema del otro como algo imprescindible, como algo necesario. Y que ese otro, cuanto más distinto es a mí, más epifánico va a ser el encuentro, más hermoso va a ser el encuentro.

    Entonces yo creo que es el encuentro de estos tres seres. Pero también es la historia de la soledad porque son tres seres solitarios, cada uno en su mundo. Federico en el mundo de la representación. ‘S’ en el mundo de la creación y de la soledad del creador. Y Martín en la tortura y el infierno de quien comete un acto tan violento como el acto parricida.

    Son tres personajes extremadamente solitarios y quizá el más solitario de todos sea ‘S’ que está encerrado en su propia creación.

    ADVZ: En la obra también se menciona a diferentes íconos que se podrían separar en tres grupos: íconos de la antigüedad, íconos modernos e íconos contemporáneos. ¿Éstos también son equivalentes de los personajes?

    Sergio Blanco: Yo creo que la obra cita mucho. Que linkea mucho con una cultura que va desde lo antiguo, desde lo más primitivo. Cómo el mito de Edipo, que es más primitivo que la tragedia de Sófocles. Pero también cita a Sófocles, también cita a Freud,  cita a Kafka, a Passolini, a Dostoievski, a Mozart, a Roberto Carlos. Es una gran maquinaria que va citando, va linkeando, con todos estos discursos tan potentes y tan bonitos. Es una obra que está excesivamente citada.

    Quizá fue uno delas grandes desafíos que yo tenía era de lograr estos sistemas de citas, de alusiones, de palimpsestos, de re-escrituras sin caer en algo didáctico, ni pedagógico, ni profesoral, ni tedioso. Eso, como dramaturgo, quizá fue la exigencia mayor que me puse. Que estén todas esas citas con la conciencia que estamos citando.

    Y a mi modo de ver es uno de los logros más lindos que tiene esta obra. Que está permanentemente apoyándose en toda esa cultura erudita, como puede ser Freud y Mozart, o popular como puede ser Roberto Carlos.

    Y sobre todo los mitos. Es una obra que cita a los mitos. Los mitos para mí son fundamentales pues tienen la capacidad de tocar temas esenciales de forma muy simple. Entonces citar el mito de Edipo me permite convocar esos temas de forma simple sencilla. Y poder después construir mundos a partir de ese mito.

    ADVZ: ¿Qué tan importante es la tecnología en tu trabajo?

    Sergio Blanco: Lo del tecnología para mí es muy importante. Yo siempre digo “bienvenido todo esto que está pasando”. La mirada se ha diversificado. En estos últimos años el ojo ha estallado. El siglo XXI es el siglo de la mirada, el siglo XX fue el siglo de la imagen. Están las redes sociales, los sistemas fibroscopicos, endoscópicos, las cámaras, el Facebook, el control room, los reality shows. Estamos permanentemente mirando y siendo mirados.

    Y en mis obras, con mi equipo de diseñadores, investigamos para introducir en el escenario todos estos sistemas de miradas, de cámaras, de filmaciones, de panópticos, en que estamos inmersos.

    El ojo que nos viene a ver al teatro está formado y parasitado por la televisión, por los links, por el internet, las series televisivas. Nosotros no podemos oponernos a ese ojo. Los ojos que nos vienen a ver están necesitando que uno relate algo en un desparpajo de imágenes. En una poética del caos, de lo caleidoscópico. Hoy en día el ojo puede ver cuatro o cinco cosas al mismo tiempo.

    Yo creo que, en los espectadores, el ojo se ha deconstruido y mi espectáculos tratan de ser conscientes de lo que está pasando con ese ojo. Yo le llamo a eso tomar la temperatura del ojo.

    Es como esa escena de Buñuel, en ‘Un perro andaluz’, cuando abre el ojo en dos. Él había entendido que el mundo ya no se percibía de igual forma. Al mismo tiempo Picasso estaba creando el cubismo. Ese ojo, hoy en día, como yo insisto siempre, está centrifugado. Es un ojo que ha estallado y yo celebro eso. No me parece algo malo. Me parece que son mecanismos que hay que usar dentro del teatro.

    ADVZ: ¿Cuánta auto referencia hay en ‘Tebas Land’?

    Sergio Blanco: ‘Tebas Land’ es una auto ficción. Este género pertenece a la narrativa y yo un poco lo he empezado a importar al teatro. La auto ficción es la mezcla de relatos reales con relatos ficticios. Es partir de un vivido, de un acontecimiento, partir de algo que es verdad, pero ficcionalizarlo, transformarlo, poetizarlo.

    Es un género que no es nada nuevo. Parte, como siempre digo, con Sócrates con “conócete a ti mismo”. La auto ficción la encontramos en San Agustín en sus ‘Confesiones’. Él es el primero que va a usar, en un texto de 356 páginas, el ‘yo’ en primera persona. También está en San Pablo, en sus Epístolas, en Santa Teresa de Jesús. Después viene Montaigne con sus ensayos, donde dice ‘el material de trabajo voy a ser yo mismo’. Luego aparece en Rousseau con sus ‘Confesiones’. En fin. Se inscribe toda una línea que trabaja con el ‘yo’, con uno mismo, como una forma de buscar al otro.

    Es lo que también decía Rimbaud “Je est un autre”, yo es otro. De alguna manera, también yo soy otro, y en mi conviven otros.

    Eso es muy interesante en la autoficción. Partir de uno, pero buscar esa universalización; ir a la búsqueda de los demás. No cerrarse en la pequeña historia de uno. Partir de los traumas de uno pero buscando tramas. Trauma y trama tienen el mismo origen etimológico.

    Yo diría a que la auto ficción es partir de un trauma, un dolor, una herida, una felicidad -también la felicidad puede ser traumática-, pero para elaborar tramas, para elaborar relatos.

    ADVZ: ¿Siempre trabajaste la auto ficción?

    Sergio Blanco: No. Aunque yo creo que uno siempre se pone de alguna manera en sus obras. Bergman dice una cosa muy interesante. Y es que uno siempre escribe con sus vísceras, con sus emociones, con sus dolores, con sus pasiones.

    En la auto ficción hay algo más reivindicado. Uno reivindica la presencia de la historia de uno mismo en su propia producción. Y eso empezó hace unos años. Hace cuatro o cinco.

    ADVZ: ¿Siempre has escrito y dirigido tus obras?, ¿has dirigido obras de otros?, ¿tus obras han sido dirigidas por otros?

    Sergio Blanco: Si he dirigido obras de otros. He dirigido obras de Shakespeare, por ejemplo. Hay obras mías que no he dirigido pero que han dirigido otros. Eso es algo muy interesante también. Pero en los últimos tiempos me interesa mucho, inmediatamente después de escribir, llevar la obra a escena. Llevarla a encontrar esa carne que es la carne de los actores.

    Pero también me interesa dirigir textos de otros y que otros dirijan textos míos.

    ADVZ: ¿Cómo funciona aquello de que tus obras se estén montando en diferentes países?

    Sergio Blanco: Durante mucho tiempo no cedí los derechos de ‘Tebas Land’ porque tenía esta producción mía que viajo mucho por América Latina y Europa. Hace un año habilité los derechos y se ha montado con otros actores y directores. Se ha hecho en Alemania, en Luxemburgo, Inglaterra, Francia. Se estrena pronto en Buenos Aires, se estrena en Santiago de Chile, luego vienen Madrid, Grecia, Moscú, San Pablo, Oslo.

    Son otros directores con otros actores y eso para mi es una experiencia maravillosa. Esta obra, que ha viajado tanto y que me ha acompañado tantos años, ver como otros actores y otros directores la representan. Siempre otro director viene a ver un montón de cosas que uno no vio. Y eso es lo más bello del teatro. Como alguien entra en el mundo que uno creó y crea su mundo, y le hace decir sus cosas a la obra de uno.

    Una obra no dice nada en realidad. Una obra es una invitación a decir cosas. Creo que es el equipo que la toma la que le hace decir un  montón de cosas.

    ADVZ: En alguna entrevista contaste que habías trabajado en la empresa privada y cómo eso te ayudó a entender la arquitectura del lenguaje, ¿podrías explicarlo?

    Sergio Blanco: Sin lugar a dudas mi base de formación es la filología. El estudio de la lingüística, del lenguaje, de la lengua, de las letras. Eso ha sido esencial para mi formación como un dramaturgo; ese híbrido que está entre dos mundos, el mundo de las letras y el mundo del escenario. El teatro es un objeto de lectura, es un libro, pero también es la base de una representación. Me gusta mucho ese estatus híbrido que tiene el teatro.

    Sin lugar a dudas los estudios académicos han contribuido mucho a enriquecer esa parte. Pero por cuestiones de mi vida personal, he estado en dirección de personal, en la empresa privada, durante muchos años. Fue un gran aprendizaje para la gestión de la logística. No solo para gestionar nuestra compañía teatral, o nuestros montajes o proyectos pedagógicos. Sino también me ha enseñado mucho la logística a la hora de lo que es la ingeniería de escribir y trabajar. Porque el ejercicio de la escritura y la construcción teatral es un ejercicio de ingeniería: de construcción, de construcción, armado.

    Y en ese sentido, trabajar en el mundo de la empresa privada, de la gestión, de la organización, de la planificación, me ha enseñado mucho a escribir a organizarme y a estructurar. Una obra de teatro es un trabajo de gestión y de organización. Es un trabajo de combinatoria y probabilidad.

    ADVZ: Los dos montajes que has presentado en Lima -‘La ira de Narciso’ y ‘Tebas Land’- tienen un fuerte componente narrativo. ¿Cómo lidias con esta combinatoria entre la narración y el drama?

    Sergio Blanco: A mí me interesa mucho. En el teatro existe, sin lugar a dudas, lo dramático. Pero también esa instancia narrativa del relato. El teatro es un cruce de varios ejes. Un eje intra-escénico, hacia adentro de la escena; pero también hay eje extra-escénico, todo lo que pasa en la escena le está hablando a los espectadores. Yo en eso me adhiero mucho con esa necesidad de reivindicar la convivio; eso tan bello que Dubatti define como el encuentro entre la escena y sala. El espectador vino aquí a verme y yo estoy trabajando en esos ejes con él.

    Yo reivindico mucho esa convivio, reivindico mucho trabajar con ese eje que sale del escenario y va hacia el público. Lo trabajé mucho en estos días acá en Lima en el seminario que di sobre construcción y deconstrucción del monologo. Porque el monólogo tiene eso. Contrariamente a lo que se piensa, que es un momento de soledad, es un momento donde el actor o la actriz rompe esos ejes ficcionales y va a trabajar con el espectador. Y es un puro momento narrativo. A mí me interesa mucho el relato que estuvo siempre en el teatro.

    Es muy tentador relatar porque relatar supone que hay alguien que me está escuchando. Entonces volvemos al principio. Relatar es reconocer la presencia del otro. Ese otro que está ahí, a quien le estoy relatando algo y que desde ese silencio de esa mirada me está construyendo.

    Entonces yo reivindico mucho el teatro que desde la escena y lo dramático relata algo a ese público que vino a encontrarse con nosotros.

    (*) Ver entrevista completa aquí.

  • ENTREVISTA. Oscar Muñoz

    Dentro de la programación del ‘II Festival Temporada Alta en Lima’ se presentó ‘La noche justo antes de los bosques. Este monólogo, escrito por el dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès, fue protagonizado por el actor español Oscar Muñoz y dirigido por el italiano Roberto Romei.

    El texto presenta a un personaje que, en la calle, aborda a un desconocido. Su objetivo es conversar con él y, para retenerlo, recurre a todas las palabras y temas con los que cuenta. Así, en medio del monólogo surgen temas como el sentirse -o ser- extranjero, la falta de dinero, el amor, la violencia de la calle y, esencialmente, una profunda soledad.

    La propuesta de Romei y Muñoz es austera y lejana a convencionalismos. En ella, el actor aborda a un grupo de personas -el público- en los pasillos de la Alianza Francesa de Miraflores. A partir de este encuentro sorpresivo el actor se ve obligado a mantener la atención de estos desconocidos a partir del uso de su cuerpo, su voz, su energía y el manejo del texto.

    Así, el contacto visual cercano y el diálogo directo -por momentos algo tosco- confrontan al público y lo sacan de su zona de confort. Ello se potencia con los riesgos y posibilidades que plantea el presentar la obra en un espacio no controlado. Situación que, pese a algunos sucesos inesperados que pueden cambiar el foco de atención -alumnos asomándose a los balcones, profesores cerrando con firmeza sus ventanas-, es asumida por el actor; quien incorpora la realidad del espacio abierto a la dinámica de la obra.

    Oscar Muñoz guía al público por diferentes espacios, cada uno más pequeño que el anterior, y va generando una complicidad colectiva. Ésta, una vez acabada la obra, genera que no resulte extraño el hecho de terminar todos conversando y tomando cerveza.

    Advenedizo Digital conversó con Oscar Muñoz, actor de ‘La noche antes de los bosques’.

    Advenedizo Digital (ADVZ): ¿Hace mucho que trabajas con el director de la obra Roberto Romei?

    Oscar Muñoz: Mucho. Desde el 2008. Nos conocimos cuando fue mi último taller de la Escuela de teatro. Él era el profesor. Él es italiano y fue la primera cosa que hizo en Barcelona. Estuve con él en ese taller, nos entendimos bien. Y luego hicimos montajes profesionales. No hemos trabajado de manera permanente este tiempo; pero sí trabajamos desde hace mucho.

    ADVZ: ¿Cómo se encontraron con este texto?

    Oscar Muñoz: La obra vino de esa época. Al final de la carrera tenía que presentar un trabajo escénico e hice este monólogo. Yo lo hice, él lo vio, le propuse que lo dirigiera, y aceptó. Lo hicimos, pero al final nos desanimamos; principalmente yo. Me salió otro trabajo, otras cosas y también me daba un poco de miedo. Enfrentarme a este monólogo recién salido de la escuela me generaba mucho respeto.

    ADVZ: ¿Cómo te sientes ahora que ya está hecho?

    Oscar Muñoz: Bien. Contento de haberme sacado esa espina y de que ya esté hecho. Contento con el resultado y con lo que me ha dado. Con las funciones. Y todavía tiene vida. Con un monólogo la posibilidad de que continúe depende de ti. Ya lo tienes hecho. Lo llevas en la mochila.

    ADVZ: ¿Cómo ha sido tu formación?

    Oscar Muñoz: La escuela en la que me formé es muy ecléctica. No es que sigue un método concreto. Lo que puede ser una debilidad o puede ser una ventaja. Y de ahí, con lo que me quedé, aparte de las asignaturas técnicas -voz, cuerpo, dicción, acrobacia, danza, movimiento gestual- a mí, como método, lo que me tiró más fue lo que nos enseñó Roberto Romei.

    Él viene de la escuela de Moscú, ha estudiado mucho el tema de la biomecánica de Meyerhold. Viene de esta escuela que se basa mucho en lo físico, la energía, la respiración. Busca desde lo exterior hacia lo interior.

    Otro maestro, Javier Dolte, argentino, me ayudó a entender otras cosas. A ‘estar’, aquí, con lo que hay. Que me va muy bien con esta obra que es tan de estar presente.

    ADVZ: ¿En qué momento surge la idea de que el interlocutor del personaje sea el público?

    Oscar Muñoz: Cuando leíamos el texto lo veíamos muy concreto. A pesar de la poesía que tiene veíamos que se podía bajar al plano de lo terrenal, de lo cotidiano. Y para buscar más este contacto directo quisimos dirigir las palabras al público. No que el público asista a un monólogo donde alguien habla con un personaje imaginario. No, hablar directamente a ellos, decirles las palabras directamente a los ojos. Entonces el director consideró que teníamos que ir a buscar la situación real que plantea el texto; que es alguien que por la calle para a otro y lo intenta retener mediante todas las palabras que es capaz de encontrar. Y así lo hicimos.

    ADVZ: El hecho que se juegue con la interacción y que, además, suceda en la calle, abre la posibilidad de que la obra se cree en cada momento. ¿Cómo manejan eso?

    Oscar Muñoz: Es una de las características que ha quedado del montaje. Al buscar este contacto real e inmediato con el público se diluye la ficción. No sabes bien si es una obra de teatro, si te lo están diciendo de verdad, o cuando empieza y cuando termina. Todo se diluye y también es lo que buscamos.

    Por ejemplo, la obra está pasando en la calle. Las cosas que pasan en la calle pasan de verdad y yo las incluyo en la obra. Pero la obra sigue siendo un texto escrito. Sin embargo, a veces pasa algo ‘de verdad’ y el texto escrito encaja perfectamente con lo que está sucediendo y se diluye todo. Se diluye lo que es ficción y realidad. Y también jugamos deliberadamente con cómo termina la obra. ¿Ha terminado?, ¿es el personaje?, ¿es el actor?

    Esto provoca que el público se olvide que es una obra escrita por un autor, que se lo tomen más personalmente. Realmente se sienten ofendidos por lo que les estoy diciendo y como se los estoy diciendo.

    ADVZ: ¿Cómo te preparaste para estas interacciones?

    Oscar Muñoz: Un actor en su carrera va trabajando con el público de distintas maneras. Por ejemplo, estuve un tiempo haciendo un personaje en una exposición en un museo. Un personaje con un texto escrito que lleva a la gente y la guía por la exposición. Y el texto se va adaptando de acuerdo a lo que te va pasando con la gente. Entonces, algo de entrenamiento tenía. Un poco es lo mismo, entre comillas, con un texto más elevado. Un texto con más compromiso social, político y humano.

    Por otro lado, cuando lo trabajé en los ensayos siempre hubo al menos dos personas -el director y su asistente-. Y desde el principio se trabajó así, hablándoles directamente, buscándolos con la mirada. Y esperando respuesta del público aunque luego continúe yo, aunque no me contesten nada. Esperando, porque si no espero no hay comunicación.

    Luego fuimos sumando gente. Y cada vez tenía un grupo más grande. Hasta que llegó el momento de probarlo en la calle. Ahí ya fue otro tipo de ensayo.

    ADVZ: ¿Cómo les fue con eso?

    Oscar Muñoz: Uno de los momentos que más tardamos en encontrar fue el inicio. ¿Cómo empiezo esta comunicación?, ¿cómo fundo la relación que vamos a tener en una hora y cuarto? Esta fue una de las cosas que nos costó más. Con eso ya instalado el texto parece que fluye.

    ADVZ: ¿Siempre terminas conversando con el público?

    Oscar Muñoz: Sí, siempre se termina de la misma manera. Sacando las cervezas. Nos quedamos allí y hablamos; que es lo que el personaje busca. Y esto tiene relación con el principio de la obra. Pues lo que hace el actor es lo que hace el personaje. Y al final hemos logrado establecer una confianza entre unos y otros, quedarnos ahí, tomar unas cervezas y hablar. Hay algunas veces que no, que la gente se va. Pero en la mayoría de casos se han quedado.

    ADVZ: ¿Cómo fue recibida la obra en tu país a partir de los temas del desempleo y la migración?

    Oscar Muñoz: Cuando consideramos montar esta obra, cuando la releíamos, sentíamos que era perfecta. Que de lo que se estaba quejando este personaje era de lo que se quejaba la gente. Justo era el momento alto de la crisis. La gente tenía miedo, se sentía en riesgo de quedarse excluida, de perder el trabajo, perder la casa…perderlo todo. Sentíamos mucho este riesgo. Este texto se escribió en el ‘78. Quizá montado en otro momento hubiera sido distinto.

    Y en cuanto a la inmigración, el texto dice que el personaje es un inmigrante, un extranjero. Pero también dice que hay cosas que lo hacen sentirse más extranjero. Y nos agarramos más a esto. Quisimos que nuestro personaje fuera un español, un catalán, pero que se sentía extranjero. Porque ya no era solo el ser inmigrante el hecho que te pone en riesgo de ser excluido.

    ADVZ: El texto es denso, exigente, pero en el montaje hay mucho humor ¿cómo surge esto?

    Oscar Muñoz: El texto en sí tiene mucho humor. El tío este dice muchas locuras que dan risa. Pasa que como el texto es poético, muchas veces se monta de un modo poético, y entonces termina redundando y se pierde el humor. Al bajarlo al cotidiano, creo que resaltan más los juegos que hace, el humor que tiene. Y, yo, como personaje, al tratar de retener al público, uso todos los recursos con los que cuento…y uno de ellos es el humor, la simpatía. Aunque no sé si el personaje nos quiere hacer reír.

    ADVZ: Se evita la solemnidad…

    Oscar Muñoz: En una puesta en escena convencional, desde tu butaca, tú estás claramente viendo una obra de teatro. Puedes apreciar, juzgar. En este montaje quisimos huir de todo eso. Que el público no estuviera pendiente de que es una obra de teatro. Sino que entendiera lo que le estoy diciendo yo, la persona, el humano.

    ADVZ: ¿Cuáles son tus proyectos futuros?, ¿con qué tienes ganas de trabajar?

    Oscar Muñoz: Ahora vuelvo y hago este monólogo otra vez. Con Roberto Romei hemos hecho una obra sobre los Lehman Brothers de Stefano Massini y vamos a hacer funciones. También tengo trabajos de televisión y cosas así.

    Por otro lado, lo que tengo ganas es de hacer otro monólogo. Una historia bonita. Pero es algo opuesto a esto. Me gustaría en un teatro, tranquilito. Una cosa de cabaret sin poner la cuarta pared a tope. Sino que siga habiendo conexión e intercambio con el público. Pero un tema un poco más luminoso, más sensual…con música. Eso es lo que tengo ganas de hacer.

  • CRÓNICA. Almacenados

    Luego de presentarse entre los meses de octubre y diciembre del año pasado, ‘Almacenados’ volvió por una breve temporada a la sala del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú – CCPUCP. Esta obra, dramaturgia del español David Desola y dirección de Marco Mühletaler, estuvo en cartelera durante dos semanas.

    La propuesta escenográfica de ‘Almacenados’ ocupa todo el escenario del CCPUCP. En él se ha ambientado un cuidado y envejecido almacén. Su apariencia pulcra y ordenada contrasta con la antigüedad de los elementos -escritorio, reloj, teléfono, y otros- que en él se encuentran.  Esta contradicción, como se verá más adelante, no resulta gratuita.

    La anécdota de ‘Almacenados’ plantea el encuentro entre el viejo y solitario jefe de un almacén, quien ejerce su última semana de funciones, y su joven reemplazo.

    Las diferencias de carácter entre estos personajes acompañarán el desarrollo de la obra. Pues, mientras el viejo posee muchas manías y obsesiones vinculadas con sus labores, el joven se toma las cosas con tranquilidad y buen humor.

    Serán la curiosidad, impaciencia e irreverencia del joven aprendiz el punto de partida para que, lo que debió ser un tranquilo traslado de funciones se convierta en la develación de una serie de absurdos  y secretos.

    Y es que sus constantes cuestionamientos acerca del porqué el almacén se encuentra vacío, de la ausencia de llamadas telefónicas, la nula presencia de camiones de carga y descarga, o la inexistencia de pedidos, no encuentran explicación razonable en las justificaciones de su jefe y compañero.

    Así, por medio de una llamada telefónica consigue enterarse que la empresa nunca ha fabricado los objetos -mástiles para veleros- que deberían almacenarse en su centro de trabajo.

    Su jefe, al verse confrontado y expuesto, revela la manera en que, pese a lo extraño de la situación, logro adaptarse a tener un trabajo ficticio durante tres décadas.

    Llegado a este punto, la dramaturgia de ‘Almacenados’ se ha desplazado con comodidad por los cauces de los arquetipos opuestos. Ello permite generar en el espectador una sensación de expectativa dentro de un universo seguro y reconocible.

    Sin embargo, la develación de los secretos del jefe -y de la empresa- y la posterior confrontación entre los dos personajes propone un vuelco dramático al interior del texto. Pues, a partir de ese momento se pone en cuestión todos los conceptos que la obra ha ido sosteniendo: la estabilidad, la repetición de una rutina y la obediencia sin cuestionamientos en el ámbito laboral.

    A ello se suma la decisión del joven aprendiz. La cual pone en evidencia la inestabilidad y pauperización del empleo, la falta de perspectivas y la resignación.

    Pese a estas complejidades del diseño dramatúrgico, el director de ‘Almacenados’ apuesta por el tono de comedia para concretar un montaje profundo e inteligente. Mühletaler potencia el juego de opuestos arquetípicos que proponen los dos personajes y lo utiliza como señuelo. Así, las oposiciones joven-viejo, gordo-flaco, responsable-irreverente, maniático-relajado guían al público por los caminos seguros de la pareja cómica (con un guiño al dibujo animado de Sam y Ralph -o el pastor ovejero y el coyote- de Looney Tunes).

    El estilo de comedia familiar no se abandona ni en los momentos más intensos del montaje. Así, ‘Almacenados’, firme en su intención de fortalecer los contrastes, cubre de ingenuidad -y vuelve más dramáticas- las patéticas confesiones y decisiones de los personajes.

    De esta manera, pese a la intensidad de las últimas escenas -la confesión del jefe, la decisión del joven de tomar un trabajo sin futuro- el montaje presenta un tono de final feliz, que sobrecoge al espectador.

    Debe mencionarse que el mencionado carácter humorístico, y el equilibrio estético, no se conseguiría sin el aporte de los actores de este montaje. Y es que el estilo naturalista de la obra, y la fuerte presencia de la palabra como guía dramática, requieren de interpretaciones solventes. Tanto Alberto Isola como Oscar Meza logran construir personajes verosímiles, opuestos, complementarios y divertidos.

    Isola compone un personaje que, pese a lo reiterativo de sus afirmaciones, su discurso vertical, y su tono mandón, transmite fragilidad y ternura. Ello, junto a sus repetitivas secuencias de acciones físicas -tics, manías y recorridos-,  termina de construir un personaje entrañable. Meza, por su parte, presenta a un joven pícaro pero respetuoso, bromista pero consciente de sus límites, en la frontera entre la curiosidad y el desinterés. Ello lo consigue a través del manejo de sus ritmos y entonaciones; además de una corporalidad opuesta a la de su compañero: expresiva, plástica y ágil.

    ‘Almacenados’ parte de un texto inteligente y provocador, que con una historia simple y metáforas sencillas guía al público hacia un desenlace inesperado, doloroso y vigente. Su escenografía logra transmitir la sensación de soledad, vacío y absurdo que la obra propone. Las actuaciones y el tono elegido por el director logran potenciar las virtudes del texto y lidian con eficiencia con los problemas de verosimilitud del mismo (la llamada telefónica). La apuesta por un estilo de comedia familiar con final feliz fortalece el dramatismo de la obra sin optar por ser redundante ni permitiéndose ser concesivo.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    (**) Otras notas sobre ‘Almacenados’ en El oficio crítico, El escenario imaginado, Las fauces de la Musa y Diario El Comercio.

    Dirección: Marco Mühletaler.

    Dramaturgia. David Desola.

    En escena: Alberto Isola, Oscar Meza.

    Diseño de iluminación: Rodolfo Acosta.

    Diseño de animación: Valicha Evans.

    Escenografía y ambientación: Ana Osorio y Xabi Gracia.

  • CRÓNICA. El dolor

    “La única respuesta que puede darse a este crimen es convertirlo en un crimen de todos. Compartirlo. Como las ideas de igualdad, de fraternidad. Para soportarlo, para tolerar la idea, compartir el crimen.”

    Marguerite Duras, ‘El dolor’.

    Concluyó la temporada de ‘El dolor’, adaptación del texto de Marguerite Duras, dirigido por Alberto Isola. Este unipersonal, interpretado por Alejandra Guerra, se presentó en distintas ciudades del país bajo la coproducción de ‘Escena Contemporánea’ y la Alianza Francesa.

    ‘El dolor’ narra los recuerdos de una mujer durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la posguerra. Ella aguarda el retorno de su esposo prisionero. Esta espera la sumerge en profundas cavilaciones y en un viaje emocional que transita por la expectativa, la incertidumbre y la desesperanza.

    El relato refleja una realidad social de caos y desinformación en la Francia de la posguerra. Muestra el lento retorno de los prisioneros liberados, la dura realidad de los deportados, el inicio de una nueva organización social y el ascenso de los vencedores al poder.

    Así, el texto de Duras es el testimonio de una mujer que espera, pero también es un manifiesto político. Las emociones y reflexiones de la protagonista evidencian el fatídico lugar que ocupan las mujeres en los conflictos bélicos, a la vez que señala a la paz como un mecanismo del olvido. Se cuestiona a la humanidad por su capacidad de cometer las barbaridades de la guerra, mientras pone en evidencia el accionar de los políticos de la derecha francesa y la iglesia católica.

    La narración es directa en sus señalamientos y extrema en sus emociones. Repasa los horrores de la guerra y, con ello, pone en juego el equilibrio emocional de la protagonista y la sensibilidad del espectador.

    Alberto Isola evita al público ciertos extremos del texto original. Así, las descripciones del estado de salud del esposo, o la relación posterior a su retorno, son omitidas en esta versión. Lo mismo sucede con los señalamientos políticos más radicales. ‘El dolor’ de Isola se centra en las emociones de la espera. Y lo hace sin prescindir de la dureza de la narración y lo contundente de las reflexiones.

    El montaje propone limpieza y sencillez. El espacio escénico es pequeño, con dos puertas a cada lado. El diseño de luces es igualmente austero. Solo un abrigo y un teléfono acompañan a la actriz. Así, la apuesta escénica se centra en la potencia del texto y el manejo de las emociones de la intérprete. Éstas, las emociones, se exponen en una frecuencia controlada. La intérprete no se somete a los extremos del texto, pues no hace falta. En lugar de redundar en el dolor, lo contiene y lo dosifica. Con ello, sus textos, entonaciones, desplazamientos y pequeñas acciones componen un trazo cuidadosamente trabajado.

    Este ritmo que propone el montaje permite que las ciertas cavilaciones del personaje tengan un lugar especial dentro del mismo. Así, al mencionar a los miles de cuerpos abandonados en las cunetas, a la paz como “el comienzo del olvido”, o a “la espera de las mujeres de todos los tiempos (…) la espera de los hombres volviendo de la guerra”, resulta difícil no asociar estas ideas con la memoria de nuestra historia reciente. Sin embargo, como esta asociación no es explícita queda a merced de la interpretación personal de cada espectador.

    Y es acá donde surge un espacio de conflicto.

    Pues, por un lado podría afirmarse que el arte -en este caso el teatro- no requiere de ser explícito. Sin embargo, como ya se mencionó anteriormente, esta versión de ‘El dolor’ omite señalamientos políticos directos presentes en el texto original. Esta edición de contenidos podría invitar a pensar que se busca evitar las afirmaciones controversiales. Y con ello, inevitablemente, que permanezcan las ideas más políticamente correctas.

    Esta decisión permite, entonces, que ciertos enunciados de la protagonista respondan a su contexto original y, si se da el caso, se asocien a nuestra historia reciente. Pero le niega a otras ideas la misma posibilidad.

    La presente reflexión no pretende ser una demanda política o ideológica sobre el montaje o su director. Aunque sí aspira a una reflexión sobre ciertas verdades asimiladas respecto a la práctica teatral, especialmente a la que parte de un texto dramático. Una de estas ‘verdades’ es la que afirma que una obra universal se dirige a todos los pueblos en todos los tiempos.

    Valdría preguntarse entonces qué define a una obra como universal. Del mismo modo cabe la reflexión sobre la importancia -o no- de potenciar en escena las posibles asociaciones locales de un texto de otro tiempo y latitud.

    En esta versión de ‘El dolor’ él texto de Duras y la intérprete habitan un universo de limpieza y austeridad. El caos introspectivo convive junto a la paradoja de un cotidiano donde la esperanza y el pesimismo viajan unidos. El trabajo de la actriz construye el trazo escénico que la contiene y le permite administrar con sensibilidad y ritmo las vibraciones emocionales de un texto potente y directo. Así, se logra componer un ambiente de mesura que evita la tentación de sumergirse en los extremos que el texto propone.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Alberto Isola.

    Dirección adjunta: Nadine Vallejo.

    Dramaturgia: Marguerite Duras.

    En escena: Alejandra Guerra.

    Diseño de iluminación: Rolando Muñoz.

    Musicalización: Alberto Ísola.

  • CRÓNICA. Grietas

    ‘Grietas’ fue una de las obras premiadas en Programa Sala de Parto del año 2014. El texto, escrito por Christian Saldívar, se viene presentando bajo la dirección de Jamil Luzuriaga en el Teatro Ensamble de Barranco.

    Al ingresar a la sala, el público se encuentra con un escenario que dispone de tres frentes y una pared de fondo. El espacio escénico es definido por un cuadrilátero de cajas de cartón, dentro del cual se ubican algunas cajas más.

    El ingreso de una joven mujer a este espacio da inicio al montaje. Ella interpreta un breve monólogo en clave poética. Concluido su texto, se inicia la interacción entre dos personajes, madre e hijo.

    Ellos comparten el mismo espacio escénico con el personaje femenino; aunque queda claro que, dentro del tiempo ficcional del montaje, ella no está ‘presente’. Así, esta convivencia permite, a medida que se desarrolla la obra, entender que esta mujer es la hija ausente de la familia y que sus participaciones corresponden a flashbacks dentro de la historia.

    El texto de ‘Grietas’ tiene como una característica principal el misterio. Éste es construido a partir de cierto nivel de caos informativo, además de la fragmentación temporal de la historia. De esta manera, las interacciones en el tiempo presente, junto a los saltos al pasado, son las que van tejiendo paulatinamente la anécdota central.

    Así, de a pocos va quedando claro que la historia se desarrolla en un ambiente de miedo y convulsión social (¿80s?, ¿90s?). Asimismo, se va esclareciendo la crisis en la que se encuentra la familia. Una crisis económica que los presiona a abandonar su casa. Y una crisis afectiva basada en las acciones de una madre controladora y enfocada en la religión; y las inacciones de un padre apostador y desinteresado por las crisis internas de su hogar.

    Del mismo modo, la información que se ofrece sobre la hija ausente -su personalidad, su partida, su relación con sus padres y su tío propietario de la casa- termina de develar un secreto de familia, y compone el cuadro de las oscuras dinámicas de silencios y temores entre los miembros de ésta.

    La mencionada convivencia del tiempo pasado y el presente se hace posible gracias al diseño escenográfico, junto a la corporalidad y energía de la actriz que interpreta al personaje de la hija.

    El primero propone, a través de la distribución de las cajas, la ubicación simbólica de diferentes espacios de la casa. Ello hace funcionar a las cajas como líneas demarcatorias de un plano, que separan físicamente los espacios. Asimismo, éstas simbolizan paredes invisibles; lo cual les otorga un valor ficcional -el público asume la presencia de una pared aunque no esté presente- y otro más simbólico relacionado con la historia -unas paredes demasiado frágiles para contener secretos-.

    Por otro lado, la energía corporal que imprime la intérprete de la hija le otorga una cuota de extrañeza que la distingue de los demás personajes; especialmente cuando sus desplazamientos suceden en paralelo a otras escenas. Esta extrañeza aporta al misterio que busca el montaje y ayuda a construir una dimensión ficcional diferenciada para los flashbacks.

    Sin embargo, esta particular energía de la intérprete debe alterarse a medida que avanza el montaje a fin de convivir con mayor discreción con los demás intérpretes. Ello no se logra del todo debido a que ‘Grietas’ presenta uno de los problemas más usuales en la escena limeña: la presencia de actores con diferente formación y registro actoral. Ello le resta organicidad al montaje.

    ‘Grietas’ nos presenta un drama familiar. Lo hace de manera fragmentaria, progresiva y alternando el tiempo entre el presente y el pasado. Construye una atmósfera de misterio y, de manera inteligente, administra la información necesaria para sostenerla mientras la historia y los secretos se develan. No obstante, por momentos presenta excesos de información -demasiados detalles sueltos que aportan más al caos que a la comprensión- y estilo -una familia en crisis y un terrible secreto develado son acompañados, sobre todo hacia el final, con densos monólogos e introspecciones-.

    La puesta en escena asume con destreza las características del espacio. Pues la composición de tres frentes aporta a nivel estético y conceptual. Sin embargo, las deficiencias acústicas de la sala -y, en algún caso, las limitaciones de técnica vocal- complican la posibilidad de escuchar adecuadamente a todos los personajes.

    ‘Grietas’ se acerca, no sin cierta timidez, al señalamiento del pasado a través de lo no visible. La calle y la universidad, como referencias de espacios de acción de la violencia, son evocadas con similar frecuencia que la hija ausente. Y es, quizá, la convivencia física con este personaje -a la vez presente e invisible- la manera en que se alude a los fantasmas con los que las familias (que podían) vivían su encierro; o a la forma en que la sociedad lidia con su pasado reciente.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Jamil Luzuriaga.

    Dramaturgia: Christian Saldívar.

    En escena: Moyra Silva, Sylvia Majo, Joaquín Escobar, Antonio Arué, Juan Manuel Calderón.

    Diseño de vestuario: Patty Q. Madueño.

    Diseño de iluminación: Mario Ráez.

    Diseño de escenografía: Adriana Bickel.

  • ENTREVISTA. Mario Ráez

    Mario Ráez es uno de los más destacados diseñadores de iluminación de nuestro medio. Versátil en sus propuestas, Ráez es solicitado para trabajar en montajes de teatro, danza y musical; tanto en los de la escena independiente como en las grandes producciones.

    Además de ello, ha trabajado como asesor de diseño e instalación de la técnica teatral en más de veinte salas de todo el país. Actualmente, sus conocimientos como diseñador de iluminación y especialista en técnica teatral son compartidos con los alumnos de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático.

    Advenedizo Digital conversó con Mario Ráez, quien saltando entre la seriedad y la ironía compartió sus experiencias acerca de su trabajo con iluminador, su mirada de la escena local y la forma en que aborda sus procesos.

    Advenedizo Digital (ADVZ): ¿Hace cuánto empezaste en el diseño de luces?

    Mario Ráez: Son más o menos 35 años. Yo primero hice sonido, por varios años. Sonido para cine y varias cosas más. Y después ya empecé a hacer luces.

    ADVZ: ¿Cuánto han cambiado las cosas en estos 35 años?

    Mario Ráez: Lo que más ha cambiado es que se ha ordenado la cosa en todo sentido. Por ejemplo, antes el pata que actuaba y dirigía creía que la hacía de productor. Y podía ser muy buen actor y director, pero como productor era un desastre. Y eso se notaba en todas las producciones. Ahora le encargan la producción a alguien que hasta ha estudiado producción. Eso ha ido cambiando en todos los campos.

    ADVZ: ¿Cómo se ha manifestado ese cambio en la técnica?

    Mario Ráez: En la parte técnica, de luces específicamente, el avance ha sido tremendo. Tanto en equipos como en instalaciones. Los equipos que tenían las salas hace 20 años eran una desgracia. Todavía quedan algunas salas en esas condiciones, que tienes muy poco equipo para instalar.

    Trabajar en esas condiciones te agudiza el ingenio, te obliga a aprender de todo -desde electricidad hasta mecánica-, a resolver con pocos recursos. A mí todo eso me parece valioso. Pero también te limita un poco lo que puedes hacer. Hay cosas que puedes hacer con poco, hay cosas que no se pueden.

    ADVZ: ¿Y en cuanto a las instalaciones?

    Mario Ráez: A veces me encuentro con teatros que no han cambiado sus instalaciones en 40 años. Y eso, además de ser peligrosísimo, es extraordinariamente ineficiente. Esas salas se quedaron en la prehistoria. Pero tienes otras salas que están súper modernas, o modernas y bien equipadas. Eso ha mejorado muchísimo.

    ADVZ: ¿Cómo te formaste?, ¿empíricamente?

    Mario Ráez: Empíricamente. Y bueno, yo siempre he sido medio chanconcito, medio nerd. Entonces, cuando empecé a trabajar en sonido, toda revista que llegaba sobre equipos me la leía de arriba abajo. Las revistas estaban en inglés, así que aprendí inglés para poder leerlas. Y en luces igual. Así que ha sido una formación empírica pero siempre me interesó saber cómo funcionaban las cosas. Entonces siempre estuve auto enseñándome.

    ADVZ: En ese tiempo las revistas, los folletos, fueron tu biblioteca.

    Mario Ráez: Así es. Yo pedía los folletos, los catálogos, por correo y las compañías te los mandaban. Seguramente pensando en que los recibía alguien interesado en comprar y sin saber que estaban ayudando a mi formación académica.

    Ahora, Lo que más te ayuda a ordenar lo que sabes es empezar a enseñar. Hace como doce años empecé a dar talleres. Ese ha sido mi segundo gran paso para aprender. Si alguien quiere aprender algo debe intentar enseñarlo.

    ADVZ: Me has contado acerca de tu formación técnica, ¿cuál fue tu entrenamiento creativo?

    Mario Ráez: La gran ventaja que he tenido es que mis dos papás son profesores de arte. Así que en la casa la creatividad era parte del cotidiano. No se nos cortó la creatividad, hemos seguido jugando siempre.

    Y, además de eso, yo siempre tengo que agradecer a los primeros directores con los que trabajé. Porque me dejaron hacer lo que he querido con sus obras. Con Jaime Nieto, con David Carillo, hemos hecho locuras con sus obras. Siempre estuvieron muy dispuestos a escuchar, a ver, a analizar las distintas propuestas. Yo a veces digo que he aprendido a diseñar malogrando las obras de mis amigos.

    Después, al momento de enseñar, que he consiguiendo libros, que he investigado, he aprendido técnicas que no conocía, he aprendido nombres de técnicas que no sabía cómo se llamaban y he descubierto que hay técnicas que las he creado yo mismo. Como tiene que ser, ¿no?

    ADVZ: ¿Cómo definirías el trabajo creativo?

    Mario Ráez: El trabajo creativo tiene que ver con que tu siempre estés cuestionando lo que ves y que siempre estés viendo con tus ojos. El ser humano está acostumbrando a ver según lo que le han enseñado. Y cuando tú encasillas lo que estás viendo, según lo que alguien te ha dicho que era, dejas de ver todas las otras cosas que también puede ser. Entonces, procuro cultivar una actitud de pregunta a lo que veo.

    ADVZ: ¿Cómo haces cuando vas a diseñar un montaje?

    Mario Ráez: A veces leo el texto después, a veces antes. Hace un tiempo que prefiero, cuando los plazos lo permiten, ver la pasada antes. Porque trato de ver la obra con ojos nuevos, sin pegarme al texto. Yo rescato que en una obra de teatro el público va a ver ese montaje por primera vez. Por eso, trato de registrar mi primera impresión de la primera pasada lo más fielmente posible, ya que imagino que esa experiencia es lo que más se puede acercar a la experiencia del espectador.

    ADVZ: Entonces, ¿no te guías por el texto?

    Mario Ráez: Como te dije, eso depende de que tenga el tiempo suficiente. En caso haya poco tiempo entre la pasada y el montaje, pues me sostengo en el libreto. Pero hay que decir que el libreto teatral no es teatro. El libreto teatral es una partitura. El teatro es puesta en escena, el teatro no es texto. El texto le da todas las dimensiones filosóficas que quieras, pero eso no es teatro.

    ADVZ: ¿Y cómo abordas la iluminación de un espectáculo de danza?

    Mario Ráez: Una cosa importante es conversar con el director o el coreógrafo, tanto en el teatro como en la danza. Pero en la danza, por lo general, la luz juega otro papel. La gente de danza está más habituada al aporte narrativo, además de estético, de la luz. Ahora, el aporte estético no es que se vea bonito, sino que la iluminación corresponda con lo que quieras decir en el escenario.

    Creo que la gente que hace danza toma las luces más en serio que la gente que hace teatro. Conozco gente que hace teatro, que enseña teatro, que todavía cree que la luz en el teatro sirve para que la obra se vea. Y eso pasa porque no toda la gente de teatro tiene tan claro cuál puede ser el papel de la luz en escena.

    ADVZ: ¿Y cuál puede ser?

    Mario Ráez: Puede ser varias cosas. La luz cumple varias funciones. Una de ellas es la visibilidad. Que no es que se vea, sino que se vea lo que tú quieres que se vea. Otra es el establecimiento, que en el sentido más básico sirve para darte cuenta si es de día o es de noche. Pero no tiene que ser así de básico. Puede ser que ayude a darte cuenta que lo que ocurre no es real, o que lo que se está mostrando ya pasó…puede tener grados de sutilezas mayores. Otra es ayudar narrativamente a la historia. También sirve para darle el mood; es decir, definir que esta es una escena alegre, triste, esperanzadora, que es algo interior, que le hablo al público, que me hablo a mí.

    Todas estas cosas pueden ser muy básicas o muy sutiles. Y todos esos diferentes usos que te puede dar la luz están interrelacionados.

    ADVZ: ¿Qué es lo más difícil del diálogo con los directores?

    Mario Ráez: La parte más difícil de hacer un diseño, de una pieza única, de un trabajo de otro es meterte en la cabeza del otro.

    ADVZ: A lo largo de los últimos años has diseñado para obras muy distintas entre sí, ¿tú crees que se puede tener un estilo como diseñador de luces?

    Mario Ráez: Yo creo que sí se puede tener. Yo creo que yo no lo tengo. Creo que me he convertido en un mercenario (risas). Hay cosas que me gustan más, hay algunas cosas que me gustaría hacer y hay como regalos. Por ejemplo, cuando me convocan para ‘Full Monty’ y me explican cómo va a ser la escenografía…trabajar con un ventanal de catorce metros de ancho por cinco de alto, ¡eso es un regalo para cualquier iluminador! O cuando hicimos ‘Una historia original’, el escenógrafo Eduardo Camino planteó ese espacio neutral y te da la posibilidad de jugar con colores, texturas y todas las cosas que se te ocurran.

    ADVZ: ¿Qué es lo que más disfrutas de tu trabajo?

    Mario Ráez: La parte más linda de mi trabajo es que yo voy a una sala de ensayo pelada, donde los actores están con su jean o su buzo. Los veo actuar en esa primera pasada, tomo mis apuntes. En algún momento logro imaginar cómo va a ser esa escena, como quiero que se vea. La dibujo, la negocio con el director. Pasa algún tiempo en los ensayos, hago mi plano, cuelgo mi reflector, le pongo su filtro…y semanas después tienes a 200 o 500 personas viendo en una sala lo que yo tenía en mi cerebro hacía pocos meses. Eso es mágico.

  • CRÓNICA. Curandero

    ‘Curandero’, el más reciente montaje de Angeldemonio Colectivo Escénico, se presentó en la sala de Agárrate Catalina entre el 21 y el 30 de octubre. La puesta, dirigida por Ricardo Delgado, es una creación colectiva y tiene como único intérprete a Augusto Montero.

    ‘Curandero’ expone su particular carácter desde el ingreso a la sala. En el escenario se encuentran ubicados, cual instalación plástica, los elementos con los que el intérprete desarrollará sus acciones. Los olores a agua florida y agua de rosas acompañan simbólica y sensorialmente la presencia de elementos asociados a distintas ritualidades populares: una gran sábila decorada con un listón, un balde con ruda, unas tijeras de acero, un plato con huevos crudos y una máscara-escultura de un perro peruano. Junto a ellos se encuentran un costal de rafia y una carreta, los cuales complementan las referencias al contexto de la puesta en escena.

    Y es que ‘Curandero’ -según la información que ofrece en su página de Facebook- plantea la historia de “un estibador del mercado la ‘Parada’, desilusionado del amor” que “busca la cura a su dolor por medio de la curandería, pero encuentra otro sentidos a los rituales”, los cuales “terminan por seducirlo, transformándolo en otro ser”.

    Angeldemonio parte de esta anécdota para presentar una puesta en escena estructurada por cuadros. Cada uno de éstos se construye a partir de la presencia y las acciones del intérprete, así como de su relación con los elementos-símbolo con los que trabaja. La disposición de estos cuadros a lo largo del montaje, sumada a la enunciación de algunos textos, alimenta la progresión de la anécdota.

    Sin embargo, se debe precisar que esta progresión no es literal. Y es que los cuadros-escenas de ‘Curandero’ no narran explícitamente lo que sucede con el personaje, pues no cuentan una historia a partir de la interpretación de un texto dramático. En vez de ello, parten de la anécdota para elaborar pequeñas estructuras -compuestas por acciones, imágenes, símbolos y sensaciones- que simbolizan la soledad, la tristeza, el dolor y las formas que el personaje encuentra para enfrentarlas.

    Esta manera de construir cada cuadro se ve fortalecida por la potencia simbólica de los elementos con los que se trabaja y por los valores culturales que cada uno de ellos posee. Así, por ejemplo, la sábila puede simbolizar protección, curación, ritualidad, paganismo. Lo mismo podría suceder con la máscara del perro peruano. La cual, ubicada en la pared puede interpretarse como la imagen central de un altar; mientras que siendo usada por el actor puede hacer referencia a lo cholo, lo peruano, lo ‘pelado’ o lo ‘mitad hombre, mitad bestia’ mencionado en uno de los textos.

    Ello invita a afirmar que ‘Curandero’ plantea una primera capa de sentidos a partir del vínculo cultural que el espectador tenga con el contexto que se representa y los elementos que lo definen. Esto incluye tanto a los objetos que conforman la instalación escénica como a la música chicha, los sonidos de rezos y los olores asociados a la ritualidad popular que los acompañan.

    Sin embargo, ‘Curandero’ ofrece otros niveles de sentido aun si se omitiera el valor cultural de los elementos. Pues, a ellos se suma la cuidadosa construcción de cada cuadro a nivel de acciones, elementos, imagen, ritmo e iluminación; lo cual facilita interpretaciones vinculadas a la evocación sensorial y la apreciación estética.

    Estas formas de acercarse a la obra -que probablemente no sean las únicas- comparten un concepto en común: la experiencia sensorial del espectador. Y si bien este concepto no tendría nada de particular, pues todo acto escénico lo implica, se le menciona porque ‘Curandero’ apuesta por complementar su abstracción con estímulos estéticos y sensoriales. Así, la manera en que se aborda al espectador coloca a éste más cerca de vivir una experiencia performática que de ser testigo de un ejercicio dramático.

    Esta idea se fortalece al observar el trabajo del intérprete, quien propone un doble juego entre el hacer y el representar. Pues, sus acciones al inicio del montaje -acomodando los objetos- y de interacción con el público -frotando un huevo en la palma de una mano- rompen las convenciones de la interpretación.

    Estas alteraciones en la convención son exitosas debido al estupendo trabajo del intérprete. Sus calidades de energía y su potente presencia son puestas de manifiesto durante toda la obra. Resalta especialmente su performance reinterpretando la danza de tijeras en una escena donde el personaje se muestra en estado de desesperación. Montero, al ritmo del arpa y el violín, toma los principios de la danza tradicional y los fusiona -con inteligencia y sensibilidad- con otras técnicas de movimiento. De esta manera compone un nuevo estado corporal, un Danzaq urbano, y lo pone al servicio de la puesta en escena.

    ‘Curandero’ parte de una anécdota para plantear en escena los dramas y elementos de la calle. Pero no de cualquier calle, sino de los alrededores del mercado de La Parada. Ello le permite mostrar el carácter de este pulmón de lima: cholo, mestizo, popular, pagano.

    Angeldemonio propone un montaje que juega con la polisemia, invita a diferentes (re)interpretaciones, pero sin descuidar su base conceptual. En él dialogan lo racional, lo estético y lo sensitivo. El que apele a esta conjunción de distintas sensibilidades invita a afirmar que ‘Curandero’ es una experiencia. Sin embargo, la lealtad a su anécdota -a la necesidad de contar una historia- apura la búsqueda de un final dramático -un desenlace- que desentona con el ritmo de la propuesta. Ello, si bien no afecta la apreciación general de la obra, invita a imaginar el funcionamiento del montaje prescindiendo de los textos como guía dramática.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Ricardo Delgado.

    En escena: Augusto Montero.

    Asesoría Dramatúrgica: Daniel Dillon.

    Realización Musical: Abel Castro.

    Diseño de iluminación: Ricardo Delgado, Igor Moreno.

    Asesoría en danza tradicional: Luis Clemente.

    Mascara y esculturas: Paul Colino.

  • CRÓNICA. Tito

    Entre el 27 y el 30 de octubre se presentó ‘Tito’, la cuarta puesta en escena del XIII Festival de teatro peruano norteamericano organizado por el ICPNA.

    Este montaje, dirigido y escrito por Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda, toma como referencia y reinterpreta a ‘Tito Andrónico’ de William Shakespeare y lo contextualiza dentro de una dictadura latinoamericana.

    ‘Tito’ varía ligeramente los nombres de algunos personajes del texto original, y conserva parte de sus peripecias, para presentar la lucha de dos personajes antagónicos por el control total del poder político de un país; el cuál solo será accesible destruyendo a su enemigo.

    El contexto donde se desarrolla esta pugna es expuesto, al inicio del montaje, por tres actores que conforman un coro. Estos personajes informan al público, valiéndose de la narración y la interpretación, sobre la enfermedad y muerte del dictador de una nación; y cómo esta situación plantea un nuevo escenario político en el país.

    Así, el hijo del dictador se ve obligado a proponer la idea de un gobierno de concertación que facilite el paso hacia la democracia. Para ello organiza una junta de gobierno que incluye a dos rivales irreconciliables: el principal colaborador de su padre -hombre acusado de múltiples asesinatos a enemigos políticos y población indefensa- y la líder visible de la izquierda opositora -sospechosa de vinculaciones con grupos terroristas-.

    A partir de este momento el montaje cambia. Pues, deja de lado al coro y su información sobre el contexto, para enfocarse en las pugnas entre los dos rivales políticos. De esta manera, se suceden una serie de escenas donde los contendores planifican y ejecutan sus acciones de debilitamiento del enemigo, hasta llegar al triunfo final de uno de ellos.

    Esta estructura, que viaja de una ‘mirada panorámica’ a una más focalizada -un ‘zoom in’– en los personajes, facilita la comprensión del contexto y el desarrollo de la anécdota de la obra. Sin embargo, ‘Tito’ presenta problemas de contenido. Y es que el lenguaje de los personajes -y también el de algunas situaciones- es bastante cercano a la caricatura. Así, el líder militar es un hombre desalmado, que vive en la impunidad total, no muestra dolor y repite frases cliché sobre sus enemigos políticos (“hay que matarlos desde chiquitos para que no sean terroristas” (*), por ejemplo); la líder de izquierda repite frases panfletarias y lugares comunes; y el heredero del dictador no solo es débil políticamente, sino también pusilánime al extremo.

    Estas características de los personajes, si bien pueden ser útiles durante la ‘mirada panorámica’ -discursos políticos a la prensa, contextualización de la anécdota- dejan de serlo cuando se pretende mostrar hasta donde está dispuesto a llegar cada uno para conseguir su objetivo. Pues, pese al ‘zoom in’ que expone a cada personaje en su cotidianidad, estos no muestren conflictos internos sólidos frente a su accionar. Ello genera que, ante la ausencia de dudas y la reiteración de comportamientos, las peripecias se vuelvan predecibles.

    ‘Tito’ es un montaje que apuesta por una estructura dramática efectiva. Se vale de tres mesas para componer una escenografía minimalista que, por medio de la simetría y el volumen, propone una estética de control y autoridad. Además de ello, la austeridad de elementos dinamiza los cambios de escena favoreciendo al ritmo del montaje. Su diseño lumínico aporta y fortalece a la sensación de control dictatorial y de confabulación política.

    Sin embargo, las debilidades del texto no permiten redondear con solidez la propuesta. Y si bien invita a interpretar la propuesta como una parodia -al coquetear con la realidad política local- no queda clara la dirección hacia donde ésta apuntaría.

    (*) El entrecomillado no corresponde al texto de la obra. Se ha reproducido el sentido de la frase.

    (**) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    En escena: Carlos Victoria, Anahí de Cárdenas, Marco Miguel Ravines, Sebastián Rubio, Adriana Cuba, Javier Saavedra.

    Dramaturgia: Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda.

    Asistencia de dirección: Danna Ben Haim.

    Composición musical: Gabriel de la Piedra.

    Diseño de iluminación: Nelson Morales y Gean Pool Uceda.

    Diseño de vestuario: Pedro Blassia.

  • CRÓNICA. Ropa íntima

    ‘Ropa íntima’ es el tercer montaje presentado dentro del marco del XIII Festival de teatro peruano norteamericano organizado por el ICPNA. La obra de la norteamericana Lynn Nottage, ganadora del Premio Pulitzer por ‘Ruined’, fue dirigida por Talía Coloma y se presentó entre el 20 y el 23 de octubre.

    La historia de ‘Ropa íntima’ está ambientada en Nueva York a inicios del siglo pasado. Toma como eje la vida de una mujer afroamericana de 35 años -de clase trabajadora- y sus vínculos con las personas de su entorno: su casera, mujer mayor que funge como consejera; una de sus clientas, blanca y de clase acomodada; su mejor amiga, artista en decadencia que se dedica a la prostitución; y su proveedor de telas, hombre judío, atento y solitario.

    La vida de la protagonista transcurre dentro de una monotonía sin sobresaltos. Trabaja cosiendo ropa íntima, atiende a su clientela y cuida su dinero. Lo único que podría alterar esta rutina es la posibilidad de concretar alguno de sus dos anhelos: tener su propio salón de belleza o conocer un hombre y casarse.

    Es precisamente el inicio de una relación sentimental, por correspondencia, el hecho que altera la dinámica de su vida y sus relaciones con los otros personajes. Pues, además de compartir sus expectativas con su mejor amiga, debe hacerlo con su clienta y su casera. Y es que, como la protagonista no sabe leer y escribir, son ellas quienes le leen las cartas y le ayudan con las respuestas. Así, a medida que la relación avanza hasta concretarse, y posteriormente fracasar, se exponen las diferentes miradas de cada uno de los personajes.

    La puesta en escena de ‘Ropa íntima’ plantea diferentes ambientaciones dentro del escenario del teatro. Cada una tiene como eje un mueble -una cama, un piano, un mueble de tocador, un exhibidor de telas, una máquina de coser- y cuenta con una cuidada presencia de utilería con la que los personajes se relacionan.

    La protagonista recorre estos espacios a medida que se desarrolla su relación con cada personaje y que se va haciendo más presente -y posible- su romance a distancia. Así, con prudencia, corrección y cierta rigidez, el montaje evoluciona según la pauta del texto dramático.

    El abordaje del texto propone al primer acto como un universo de complicidades e inocencias, donde los personajes femeninos comparten confidencias y sueños. Asimismo, se presenta con aire romántico la tensión sexual existente entre la protagonista y el vendedor de telas.

    Toda esta ingenuidad, esta coquetería casi infantil (no se entienda acá lo infantil como algo peyorativo), se ve rasgada a medida que la presencia masculina del amante epistolar toma forma en el segundo acto. De esta manera, la obra avanza lentamente hacia un desenlace dramático; donde la protagonista ve como sus sueños se desvanecen y debe reiniciar su vida.

    La mención al tono del primer y segundo acto permite resaltar la delicadeza y el cuidado del planteamiento de ‘Ropa íntima’. Y es que la contención y dulzura de la actriz protagónica dialoga con fluidez en su relación con cada uno sus compañeros. Por ello, a medida que se presenta cada escena, cada interacción, se construye tanto la estructura dramática de la obra como el carácter sensible de la puesta en escena.

    Este cuidado, esta delicadeza, se encuentra presente también en el vestuario y la utilería. Y si bien el escenario puede resultar algo sobrecargado de elementos escenográficos, el adecuado diseño de luces centra la mirada del espectador en cada uno de los espacios; ambientándolos de tal manera que el carácter de cada escena se impone.

    El montaje cuenta, además, con una ambientación sonora ejecutada en vivo. Ésta cumple roles incidentales y de acompañamiento. Y si bien es efectiva, la combinación de estilos e instrumentos -piano, cuerdas, percusión- no termina de concretarse como unidad estética.

    ‘Ropa íntima’ apuesta por una dirección que propone una estética naturalista, delicada y convencional. Apela a la fortaleza dramática del texto para contar su historia y lo hace con éxito. Evita excesos y esquiva las situaciones controversiales. Elude la toma de posición y confía en que la obra hable sola.

    Sin embargo, estas decisiones alejan al montaje de varios de sus conflictos más importantes. Pues, si bien el texto ofrece aproximaciones a los conflictos de clase y de raza, estos quedan relegados a un segundo plano. Lo mismo sucede con la imposibilidad de los diferentes personajes de cambiar su destino; condenados a vivir, y sufrir, las vicisitudes de la realidad social que le tocó.

    Así, el montaje ofrece una lectura conservadora del texto. Una lectura cercana al fatalismo romántico latinoamericano. Ese lugar donde una mujer, víctima del amor, es tratada con condescendencia por ser incapaz de enfrentar a su destino.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: Talía Coloma.

    En escena: Alicia Olivares, Rosita Guzmán, Cecilia Monserrate, Leticia Narvarte, Daniel Zarauz, Anaí Padilla, Gabriel Ledesma.

    Dramaturgia: Lynn Nottage.

    Traducción: Marianella Pantoja Castilla.

    Asistencia de dirección: Leticia Narvarte, Gilda Alvarado.

    Diseño de luces: Mario Ráez.

    Diseño de arte: Karen Calderón.

  • CRÓNICA. Ipacankure

    Como parte del XIII Festival de teatro peruano norteamericano, organizado por el ICPNA, se presentó ‘Ipacankure’; la emblemática obra del dramaturgo arequipeño César Vega Herrera. Las funciones de este montaje, dirigido por José Antonio Buendía, se realizaron entre el 13 y el 16 de octubre.

    El texto dramático de ‘Ipacankure’ presenta la relación de dos hombres que comparten habitación, comida y cama en medio de un ambiente de pobreza y precariedad. Son dos mercachifles, sobrevivientes de sí mismos y de la realidad social de su tiempo.

    Los diálogos y monólogos de los personajes combinan información, reflexión y misterio; y es este último el detonador del conflicto dramático. Pues, la mención de ‘Ipacankure’ -y la imposibilidad de explicar quién es o qué significa- da inicio a las reflexiones e intercambios entre los protagonistas.

    De esta manera, el texto devela cercanías y distancias entre los dos personajes, así como cierta extraña complementariedad. Muestra las diferencias de personalidad, y como de ellas surge el afecto y la violencia. Del mismo modo, expone la miseria, la amistad, la soledad, el desvelo y la solidaridad.

    Además de lo descrito, un elemento importante del texto dramático es lo que no dice, lo que sugiere o lo que dice a medias. Desde la presencia inicial de un concepto indefinible -‘Ipacankure’- hasta los saltos entre diálogo y monólogo interior -o las frases aparentemente inconexas-, el texto de Vega Herrera destila misterio; mientras delinea un mapa social que no es visible -pues la acción se desarrolla dentro de la habitación- pero sí perceptible.

    Así, la obra usa la palabra para informar y, a la vez, construir atmósferas. Es, de manera simultánea, diálogo y confusión, información y poesía. Poesía urbana. Poema urbano marginal.

    El ‘Ipacankure’ presentado en la sala del IPCNA transcurre con corrección a partir de la enunciación del texto, de la relación de los personajes y de la presencia de los elementos de utilería que el texto solicita.

    La puesta en escena toma una porción del centro del escenario. Define el espacio escénico con una pequeña tarima sobre la cual se ubica el catre que comparten los protagonistas. Fuera de éste solo queda lugar para colocar sus pocas pertenencias. De esta manera, la tarima y el catre, en medio de un espacio de dimensiones mayores, presentan a los personajes aislados de cualquier posible entorno. Ello potencia la sensación de soledad, encierro y atemporalidad.

    Dirigida la mirada del espectador hacia el reducido espacio donde los personajes se relacionan, el montaje de Buendía desarrolla la anécdota de los dos personajes, va hacia adelante y confía en la solvencia dramática de la obra de Vega Herrera.

    Sin embargo, este texto requiere de una lectura que trascienda su anécdota. Demanda una mirada que atienda a sus tensiones y contradicciones; una valoración de su sonoridad, su poética, sus saltos entre el diálogo y el monólogo interior. Solicita pausas, detenciones y silencios. El texto de ‘Ipacankure’ invita a develar su misterio. Un misterio que no se resuelve con explicaciones o interpretaciones racionales; sino en la exposición de su carácter fragmentario, de su densidad, de la incomodidad frente a lo incomprensible.

    El ‘Ipacankure’ de José Antonio Buendía, es  un montaje que opta por la corrección para contar una historia; y logra su objetivo. El director pone atención a la puesta en escena y a desarrollar una adecuada complementación entre los actores. A partir de ello, confía en el discurrir del texto que han elegido.

    No obstante, la densidad de la obra de Vega Herrera pone en aprietos al montaje, pues le exige riesgos que no son asumidos. Así, el montaje aborda con apuro la exposición de la anécdota -la historia de dos desdichados- y omite la necesidad del silencio para develar latencias del texto dramático.

    (*) Imagen tomada de aquí.

    Dirección: José Antonio Buendía.

    En escena: Mario La Riva, Anthony Carrillo.

    Dramaturgia: César Vega Herrera.

    Producción: Nazaret Ortiz.